Chevrolet 3100 Stepside de Luxe

Esta pick up Chevrolet posee la cualidad de trasladarnos al instante a un entorno muy cinematográfico, la segunda mitad de los años cincuenta en los Estados Unidos. Son vehículos que aparecen en cualquier película ambientada en esa época y, por extensión, en anuncios televisivos de pantalones, helados o lo que sea, seguramente por su estética muy cuidada para tratarse de una camioneta.

Chevrolet 3100 Stepside de Luxe
Chevrolet 3100 Stepside de Luxe

Con el paso del tiempo, estos derivados de los turismos fueron adquiriendo una personalidad propia, en buena parte gracias a que sus cifras de producción y ventas igualaban y muy a menudo superaban a las de muchos turismos convencionales. Así llegamos a la gama correspondiente al año 1956, en cuyos pick up se percibe un avance más en la revolución estética experimentada por todos los modelos fabricados por Chevrolet. Fruto de la inspiración del diseñador Harley Earl nos encontramos con un parabrisas panorámico que fue novedad en la segunda serie de 1955, abundan los cromados y entre los colores de carrocería disponibles hay varias combinaciones a dos tonos. En comparación con los pick up previos a 1955, se aprecia que el estilo de la carrocería es más cuadrado, con mayor proporción de trazos rectilíneos.Sin embargo, lo más destacable del asunto es que los beneficiados por la nueva estética eran los casi siempre olvidados vehículos industriales, que contaban asimismo con la posibilidad de elegir entre dos tipos de motores, cajas de cambio manuales, automáticas o con overdrive y una larga lista de accesorios, o sea, con tantas opciones y alternativas como las que solían ofrecerse en los turismos. Los motores disponibles eran el veterano y robusto seis cilindros en línea Stovebolt, cuyo diseño básico se remonta a 1929, aunque rebautizado como Blue Flame por las mejoras aplicadas en 1953, y el novísimo V8 supercuadrado Turbofire, con taqués hidráulicos y culatas intercambiables. La unidad que les mostramos en las fotografías pertenece al madrileño Ignacio Bernal, quien la adquirió en un estado lamentable y equipada con un motor V8 gripado que no era el seis cilindros de origen que le correspondía. Como Ignacio poseía por entonces un Chevrolet Bel Air de 1956 pintado en los mismos colores y que ya presentamos hace años en esta revista, estaba entusiasmado de haber encontrado un ejemplar de ese mismo año. Lo que él quería era dirigir su restauración al completo, como ya había hecho con el Bel Air, encargando los procesos que requerían maquinaria específica a profesionales de reconocida calidad. Comenzó por desmontar concienzudamente la pick up y procedió a rehacer las piezas aprovechables, al tiempo que encargaba los componentes que no se podían recuperar a los diferentes proveedores norteamericanos. "Han sido cinco años intensos, pero he disfrutado mucho y al final voy tranquilo a cualquier sitio porque sé cómo está hecho todo", nos comenta Ignacio Bernal con la seguridad que produce un trabajo bien terminado.Efectuamos la sesión fotográfica en una soleada y aún fresca mañana de agosto, aprovechando la luz limpia y generosa que durante el verano acostumbra a brillar en la localidad manchega de Puerto Lápice. En la cochera aguarda la Chevrolet rojiblanca recién terminada de restaurar y con todos los trámites de matriculación ya superados. Como se ha matriculado con placa histórica, no ha sido obligatorio instalarle cinturones de seguridad, aunque su dueño le haya colocado unos de color rojo en consonancia con uno de los dos tonos de la tapicería.
También se le ha permitido conservar las luces de intermitencia en sus colores originales, blancas las delanteras y rojas las traseras. Oficialmente está considerada como un camión de caja abierta que deberá pasar la ITV cada cinco años y está exenta del cumplimiento de los límites establecidos en la prueba de análisis de humos, pero que nadie se alarme: el uso que Ignacio va a hacer de este vehículo es muy ocasional (en el momento de la prueba llevaba recorridas 344 millas) y por tanto va a expulsar a la atmósfera mucho menos dióxido de carbono que cualquier automóvil ultramoderno de utilización diaria. Desde los orígenes de la automoción en los Estados Unidos, siempre se percibió la búsqueda de las aplicaciones más prácticas para el nuevo invento. Estaba claro que, al menos en aquel inmenso país, el mayor filón comercial no iba a estribar en la creación de lujosos carruajes con motor al servicio de la realeza, la nobleza y la burguesía, sino más bien en la producción de vehículos sencillos que superasen en rentabilidad a los carros tirados por caballos.En el caso concreto de Chevrolet, la firma creada en 1911 por William C. Durant y Louis Chevrolet e integrada en General Motors desde 1918, a partir de este último año comienza a fabricar su propia gama de automóviles pensados para el transporte de mercancías, formada en un principio por dos versiones con capacidad para 500 y 1000 kg, respectivamente. En su primer año de producción se llegan a fabricar 879 ejemplares, una cifra que en 1919 crecerá hasta alcanzar las 8.179 unidades producidas de unos vehículos ideados para que un conductor transportase cualquier tipo de mercancías, colocadas sobre una plataforma en la que, salvo en la zona reservada para el chófer, toda la superficie estaba dispuesta para la carga. En los años siguientes, General Motors siguió utilizando para sus furgonetas ligeras los mismos bastidores y motores que en sus turismos, limitándose a atornillar las diferentes carrocerías que convertían al bastidor Chevrolet en un microbús, una furgoneta de reparto o un coche de bomberos.

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