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El coche de cartón cumple 50 años

El mítico Trabi, símbolo automovilístico de la República Democrática Alemana (RDA), celebró hoy su medio siglo de vida, pues hace 50 años vio la luz en Zwickau (este) el primero de estos elementales utilitarios cuya carrocería se fabricaba a partir de una mezcla de algodón, resina y serrín que le ganó el sobrenombre de "cartón de carreras".
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El coche de cartón cumple 50 años
El mítico Trabi, símbolo automovilístico de la República Democrática Alemana (RDA), celebró ayer su medio siglo de vida, pues hace 50 años vio la luz en Zwickau (este) el primero de estos elementales utilitarios cuya carrocería se fabricaba a partir de una mezcla de algodón, resina y serrín que le ganó el sobrenombre de "cartón de carreras".

La ciudad de Zwickau festejó el aniversario con un acto solemne en el ayuntamiento, al que seguirá este fin de semana una fiesta popular.

El ingenioso Duroplast, nombre del material ideado por los ingenieros de la fábrica VEB Sachsenring Automobilwerke Zwickau en sustitución a la chapa, permitió la producción de automóviles en la RDA sorteando la práctica inexistencia de la industria metalúrgica y aprovechar los excedentes de la madera.

Se trataba del vehículo más barato al que podía acceder un ciudadano germano-oriental, dada la escasez de oferta, y, a pesar de tener cabida para cuatro personas y algunas maletas, su motor de dos tiempos era más parecido al de una motocicleta que al de un coche.

Concebido en su origen como un vehículo de tres ruedas, entre noviembre de 1957 y el 30 de abril de 1991, las cadenas de montaje de Zwickau dieron a luz a 3.096.099 Trabis de los que cerca de 52.000 aún recorren las carreteras alemanas.

Convertidos en vehículos de culto, los "cartones de carreras", que apenas alcanzaban los cien kilómetros por hora, cuentan con decenas de clubs de fans en Alemania además de en otros países como la República Checa, Italia, Holanda, Polonia, Brasil, Inglaterra o Estados Unidos.

Incluso se celebran concursos de Trabis, construidos con factura casera, y en la última feria del automóvil de Leipzig un alemán consiguió vender uno de estos vehículos, en versión futurista y "tuneada" y capaz de alcanzar los 220 kilómetros por hora, por 48.000 euros.

Pequeño, incómodo y lento pero, al mismo tiempo, entrañable y asequible para los bolsillos obreros, con un precio de 4.000 marcos, el Trabant se convirtió en el primer utilitario para generaciones de alemanes que crecieron en el lado oriental del telón de acero.

El nombre de Trabant - satélite en alemán- fue elegido por votación popular en homenaje al primer satélite que Rusia colocó en órbita en 1957, el "Sputnik", con el que consiguió adelantarse a EEUU en la carrera espacial.

El tiempo medio de espera para recibir uno de los deseados utilitarios era de unos quince años, de ahí que los de segunda mano fueran mucho más caros dado que podían adquirirse de inmediato.

Con 3,375 metros de largo, 1,5 metros de ancho y 1,4 metros de alto, el Trabi fue el primer medio de transporte para miles de familias germano-orientales durante años, a pesar de su incomodidad y escasez de prestaciones.

Además, los añorados Trabant olían a combustible (mezcla de gasolina y aceite), y su nivel de carburante se medía con el infalible sistema de levantar el capó, desenroscar el tapón del depósito y meter una varilla para controlar el consumo.

Con un motor de dos cilindros y 22 caballos, se produjo casi sin modificaciones significativas durante treinta años, dado lo barato de la producción, manteniendo su insólita carrocería, que ni se reblandecía con la lluvia ni se oxidaba pero que, en caso de colisión, se resquebrajaba.

El tierno Trabi fue un eterna fuente de chistes y contradicciones incluso en el aspecto medioambiental ya que, por un lado, emitía cinco veces más dióxido de carbono que cualquier otro utilitario pero, por el otro, fue el primer coche fabricado, en gran medida, a partir de material reciclado.

Los Trabis, que muchos germano-orientales cambiaron a la primera de cambio por un moderno coche occidental tras la caída del Muro de Berlín (1989), sigue recordándose con nostalgia por los antiguos germano-orientales como emblema de la cara amable de la RDA, junto con los puestos de trabajo vitalicios o las guarderías gratuitas.

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