Opel Speedster

Pocos coches del mercado proporcionan tanto placer de conducción como este Speedster. Tantas sensaciones —y tan puras— como inconvenientes objetivos. Todos ellos olvidados cuando se pulsa el botón de arranque en el salpicadero.

Opel Speedster
Opel Speedster

En marcha, de nuevo sorprende la altura a la que nos movemos; un Golf circulando al lado parece una furgoneta y un todo-terreno, un camión. Allá donde vayamos, pasemos por donde pasemos, somos el foco de atención. No es fácil acostumbrarse a tantos gestos, dedos que nos señalan y bocas abiertas. El espectáculo se llama Speedster. Pero no se mueve mal en estos primeros compases. A pesar de carecer de asistencia, la dirección no es dura gracias a los estrechos neumáticos delanteros y se muestra manejable, aunque el coche gire poco. Pero donde el Speedster destapa el tarro de las esencias es cuando salimos a carretera. Por autopista ya empieza a mostrarnos su alegría, viveza y agilidad. Se mueve a ras de suelo con rapidez, acelera de forma brillante y recupera bien. A medida que vamos aumentando la velocidad, el ruido se incrementa de forma exponencial. El motor suena, pero las múltiples rendijas entre cristal y el techo, entre el techo y las juntas o entre juntas en general se ponen de acuerdo para gritarnos al unísono. Definitivamente sería duro hacer viajar a alguien con nosotros durante más de 200 km. Además, la escasa autonomía debida a un depósito de 40 litros difícil de llenar a tope lo hace todavía menos apropiado. La dirección a alta velocidad se vuelve demasiado sensible, dando impresión de que el coche flota, que duda, aunque finalmente entra en la curva. Nos pide a gritos salir a una zona más virada. Y allí es donde realmente se disfruta. Y de qué manera. El virus del Speedster se nos mete en el cuerpo y comenzamos a enlazar curvas a una velocidad endiablada sin que ni siquiera se quejen los neumáticos. Apuramos una recta agotando marchas, con un cambio rápido y preciso, de recorridos un poco largos y con un ruido metálico que entusiasma. Nos acercamos a la curva objetivamente "pasados", frenamos casi encima a la vez que realizamos una cascada de marchas -ahora hacia abajo-, pedal del freno casi a fondo, punta-tacón a granel, hasta que no hay más remedio: girar y esperar un acusado subviraje. Pero no. Entra como si tal cosa, así que aceleramos a fondo esperando en este caso el sobreviraje con las manos preparadas para combatirlo. Pero tampoco. El límite está más alto, muy alto, así que repetimos la operación forzando un poco más las cosas. Como esperábamos, es el eje delantero el que se queja primero, porque al trasero, con los neumáticos de 225 milímetros de sección y el par disponible, resulta difícil hacerlo patinar a la salida de la curva en seco. Un comportamiento buscado a propósito para civilizarlo, aunque le reste un poco de diversión. Si el Speedster se basa en el Lotus Elise, ahora lleva dosis de seriedad con el emblema Opel. Ni levantando el pie del acelerador en apoyo nos va a sorprender. La dirección en este tipo de curvas parece otra: transmite, es rápida y tiene buen tacto. Todo ayuda en esos momentos. Los asientos casi sin mullido sujetan el cuerpo, las suspensiones trabajan a la perfección, con recorridos cortos e impecables amortiguadores Bilstein que ni siquiera hacen el coche incómodo, aunque "lean" la carretera con precisión. El chasis da muestras de sobrada rigidez y el ruido acompaña las escaladas de régimen. Esta es la razón de ser de este coche: la efectividad y diversión al conducir en terreno virado. No tiene aire acondicionado, ni aireadores frontales y además resulta caluroso. Tampoco dispone de guantera, ni cenicero, ni… ¿y qué? ¿Acaso lo haría más efectivo? Bastante que tiene calefacción y un maletero razonable. Para mayor disfrute podemos retirar el sencillo techo de lona, enrollarlo y guardarlo tras los asientos. Como techo deja bastante que desear por diseño, material y ajuste, pero, al menos, quitarlo y ponerlo es menos complicado de lo que parece. Descubierto da todavía más placer y el ruido es casi el mismo que con techo, pero más disculpable y, con las ventanillas subidas, no se producen excesivos remolinos. Es un coche que se disfruta mucho conduciéndolo, pero en el que hay que sacrificar a cambio muchas comodidades a las que nos hemos acostumbrado. Racionalmente no tiene sentido, pero pasionalmente lo tiene todo.