Opel Speedster

Hay algo en el Speedster que engancha irremediablemente. Guiado únicamente por los sentidos, uno nunca llegaría a saber qué es. El poder adictivo de este endemoniado vehículo tiene que ver con los sentimientos, con las sensaciones únicas que se experimenta cuando se va en él a gran velocidad.

Opel Speedster
Opel Speedster

Uno siempre se pregunta cómo será conducir un coche de carreras. Una buena aproximación a la respuesta nos la da el Speedster. El roadster de Opel es un automóvil incómodo, bruto, duro de conducir, absolutamente inútil para viajar o llevar cosas de un lado a otro, espartano y carente de lujos. Sin embargo, comparte con las máquinas de competición la belleza única que se genera con la conducción llamada deportiva, algo que no está realmente al alcance de todos sus rivales. Audaz de línea, emparentado con el Lotus Elise, de cuyo concepto y bastidor deriva, el Speedster no pasa inadvertido. Un paseo con él por la ciudad convierte al conductor en objeto de todas las miradas. Claro que, para dar ese paseo, conductor y acompañante habrán debido pasar por la prueba atlética que supone introducirse en un coche cuya alzada máxima es de 111 centímetros.

Una vez dentro, sólo hay bacquets, volante y pedales deportivos, radio-cassette y espejo retrovisor. Por no haber, no hay ni cenicero. El aluminio reina en el escueto habitáculo y los ocupantes se sorprenden al ver las manetas de las ventanillas de toda la vida, eso sí, en aluminio. También hay que citar algunos plásticos de poca calidad. Llama la atención un botón que hay en el salpicadero: es el encargado de poner en marcha el motor.

Esta ausencia de todo lo superfluo tiene su recompensa: el coche pesa 800 kilogramos. Es un auténtico peso mosca de la carretera, pero tiene la pegada de un peso pesado.