Citroën C5 3.0 V6 Aut. / Renault Laguna 3.0 24v Aut.

Mecánicas de seis cilindros, cambios automáticos, equipamientos excepcionales. Con estas armas, C5 y Laguna plantean su forma de ver el lujo y la sofisticación a precios razonables.
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Citroën C5 3.0 V6 Aut. / Renault Laguna 3.0 24v Aut.
Citroën C5 3.0 V6 Aut. / Renault Laguna 3.0 24v Aut.

Si la capacidad de rodar a buenas velocidades, con excelente agilidad, es generosa y más que similar en ambos modelos, su comportamiento en carretera no deja de sorprender dado el tamaño y peso de sus carrocerías. El C5 disfruta de una suspensión hidroneumática de lo más sofisticada, capaz de variar la altura de suspensión y su firmeza en función de los gustos y necesidades de su conductor, mientras que el Laguna opta por soluciones mucho clásicas con muelles y amortiguadores. Sobre la carretera, la sensación de seguridad percibida es absoluta. Ambos bastidores pueden gestionar sobradamente los doscientos y pico caballos de sus motores, tamizados por la transmisión automática. Su comportamiento genera una total facilidad de conducción, aunque el Laguna resulta tener una dirección inducida en el tren trasero bastante acusada, mientras que el Citroën, forzado al máximo, levanta la rueda posterior interior del viraje. La traducción de ambos comportamientos es que, una vez agotadas las posibilidades direccionales delanteras, los dos generan con sus ruedas posteriores un cambio de trayectoria que cierra el viraje, potenciando aún más las posibilidades de negociar el viraje. El Laguna cuenta con el dispositivo ESP que corrige los deslizamientos excesivos, tanto del tren delantero como del trasero, y este plus de seguridad puede ser definitivo en caso de que las cosas se tuerzan en un momento dado. Los frenos contribuyen con su granito de arena a potenciar aún más la seguridad activa. El Laguna se detiene en una distancia corta mientras que el C5 sólo necesita 4,5 metros más para detenerse desde 140 km/h. En cualquiera de los dos caso, la nota es de notable más que alto, rozando el sobresaliente en el modelo del rombo.

Lo más destacado de este panorama de seguridad es que se ha conseguido sin afectar al confort de marcha. En especial, el Laguna es impresionante en este apartado. La suavidad de suspensión obliga a pensar cómo han podido conseguir una estabilidad tan satisfactoria. El coche digiere las irregularidades sin pestañear y el habitáculo parece totalmente aislado de lo que ocurre bajo las ruedas. No sólo las vibraciones brillan por su ausencia sino que el silencio reina en el habitáculo. Los asientos son buenos, pero nada más. Para nuestro gusto el respaldo debería mejorarse, pues no se acomoda a todas las espaldas y presenta una poco entendible dureza a la altura de los omóplatos.

El C5 casi no tiene nada que envidiar al Laguna en lo concerniente a la suavidad de rodaje, aunque los cortes bruscos del asfalto se notan un poquito más que en su rival. El aislamiento general del habitáculo no es tan impecable y, en particular, el nivel sonoro resulta claramente más audible que en el Renault. Con relación a los asientos de éste, nos gusta más su respaldo pero menos su banqueta. El espacio habitable es generoso en ambos coches y las diferencias más acusadas se encuentran en la anchura interior, pocos centímetros a favor del C5. La terminación interior en ambos es pareja. Es difícil discernir qué sobrevive mejor a una comparación con los gallitos de la categoría. Desde luego, su enfrentamiento con Audi, BMW o Mercedes se traduce en una derrota sin paliativos. Esto no significa que no se encuentre a la altura de su precio, pero, por cinco millones, la verdad es que hubiera gustado un poco más de esmero en la elección de las calidades visuales y los remates entre piezas de plástico. El equipamiento es generoso en ambos, con muchos elementos que dejan nuestra lista de equipamientos coja, destacando detalles como la frenada de emergencia, control de presión de neumáticos, airbag de cortina o el limpiaparabrisas automático.

Como resultado global, son modelos parejos. Quizás la estética, o la falta de ella, según gustos, pueda reflejar las más profundas diferencias. Amplios, muy confortables y seguros, rápidos y cómodos. La pregunta surge de inmediato: ¿vale la pena pagar el suplemento millonario que supondría tener a nuestra puerta un coche con estrella, hélice o aros? La respuesta puede que esté en la etiqueta de nuestra ropa.

Si la capacidad de rodar a buenas velocidades, con excelente agilidad, es generosa y más que similar en ambos modelos, su comportamiento en carretera no deja de sorprender dado el tamaño y peso de sus carrocerías. El C5 disfruta de una suspensión hidroneumática de lo más sofisticada, capaz de variar la altura de suspensión y su firmeza en función de los gustos y necesidades de su conductor, mientras que el Laguna opta por soluciones mucho clásicas con muelles y amortiguadores. Sobre la carretera, la sensación de seguridad percibida es absoluta. Ambos bastidores pueden gestionar sobradamente los doscientos y pico caballos de sus motores, tamizados por la transmisión automática. Su comportamiento genera una total facilidad de conducción, aunque el Laguna resulta tener una dirección inducida en el tren trasero bastante acusada, mientras que el Citroën, forzado al máximo, levanta la rueda posterior interior del viraje. La traducción de ambos comportamientos es que, una vez agotadas las posibilidades direccionales delanteras, los dos generan con sus ruedas posteriores un cambio de trayectoria que cierra el viraje, potenciando aún más las posibilidades de negociar el viraje. El Laguna cuenta con el dispositivo ESP que corrige los deslizamientos excesivos, tanto del tren delantero como del trasero, y este plus de seguridad puede ser definitivo en caso de que las cosas se tuerzan en un momento dado. Los frenos contribuyen con su granito de arena a potenciar aún más la seguridad activa. El Laguna se detiene en una distancia corta mientras que el C5 sólo necesita 4,5 metros más para detenerse desde 140 km/h. En cualquiera de los dos caso, la nota es de notable más que alto, rozando el sobresaliente en el modelo del rombo.

Lo más destacado de este panorama de seguridad es que se ha conseguido sin afectar al confort de marcha. En especial, el Laguna es impresionante en este apartado. La suavidad de suspensión obliga a pensar cómo han podido conseguir una estabilidad tan satisfactoria. El coche digiere las irregularidades sin pestañear y el habitáculo parece totalmente aislado de lo que ocurre bajo las ruedas. No sólo las vibraciones brillan por su ausencia sino que el silencio reina en el habitáculo. Los asientos son buenos, pero nada más. Para nuestro gusto el respaldo debería mejorarse, pues no se acomoda a todas las espaldas y presenta una poco entendible dureza a la altura de los omóplatos.

El C5 casi no tiene nada que envidiar al Laguna en lo concerniente a la suavidad de rodaje, aunque los cortes bruscos del asfalto se notan un poquito más que en su rival. El aislamiento general del habitáculo no es tan impecable y, en particular, el nivel sonoro resulta claramente más audible que en el Renault. Con relación a los asientos de éste, nos gusta más su respaldo pero menos su banqueta. El espacio habitable es generoso en ambos coches y las diferencias más acusadas se encuentran en la anchura interior, pocos centímetros a favor del C5. La terminación interior en ambos es pareja. Es difícil discernir qué sobrevive mejor a una comparación con los gallitos de la categoría. Desde luego, su enfrentamiento con Audi, BMW o Mercedes se traduce en una derrota sin paliativos. Esto no significa que no se encuentre a la altura de su precio, pero, por cinco millones, la verdad es que hubiera gustado un poco más de esmero en la elección de las calidades visuales y los remates entre piezas de plástico. El equipamiento es generoso en ambos, con muchos elementos que dejan nuestra lista de equipamientos coja, destacando detalles como la frenada de emergencia, control de presión de neumáticos, airbag de cortina o el limpiaparabrisas automático.

Como resultado global, son modelos parejos. Quizás la estética, o la falta de ella, según gustos, pueda reflejar las más profundas diferencias. Amplios, muy confortables y seguros, rápidos y cómodos. La pregunta surge de inmediato: ¿vale la pena pagar el suplemento millonario que supondría tener a nuestra puerta un coche con estrella, hélice o aros? La respuesta puede que esté en la etiqueta de nuestra ropa.

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