Renault Mégane II 1.5 dCi

En Renault están convencidos de que esta versión del Mégane, la motorizada con el 1.5 dCi, va a ser, con mucho, la más vendida. La experiencia de este motor los avala, lo mismo que el mercado, cada vez más invadido por el Diesel. Sin embargo, con esta mecánica, el Mégane está lejos de las cotas de eficacia que consigue con otras. Por decirlo rápido y duro, el motor se queda pequeño.
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Renault Mégane II 1.5 dCi
Renault Mégane II 1.5 dCi

Nobleza de cuna
Al volante, exprimiendo mucho el motor, todavía es posible pasar buenos ratos con este Mégane II. Su bastidor se revela como una pieza equilibrada en todos los sentidos, con lo que el comportamiento del coche va en esa línea. Las suspensiones son blandas, así que el coche cabecea algo más de lo que nos gustaría, pero no es nada grave: cuando se apoya, lo hace con mucha firmeza y eso elimina ya cualquier resto de inseguridad que pudiera provocarnos el balanceo inicial.

Una vez apoyado y trazando, el Mégane es un vehículo muy estable, de gran nobleza, sin más vicios que un leve subviraje que aparece tarde y se corrige con facilidad. Sólo si el asfalto está muy roto, con baches o fragmentos rizados, el eje trasero muestra una ligera tendencia a rebotar. Esta mala costumbre, achacable quizá al reparto de pesos, no es preocupante, pues el eje no se descoloca, pero quita seguridad a la hora de atacar con decisión las zonas de curvas. El control de estabilidad, opcional, viene muy bien para aquellos que quieran explotar las cualidades dinámicas al máximo. A cambio, cuando el firme está liso, el coche traza como un compás.
En esas condiciones, y por carreteras de montaña bien pavimentadas, resulta hasta divertido. La dirección eléctrica se adapta muy bien a estos recorridos, pues resulta rápida y directa cuando se gira constantemente (no es así para ir recto, pues la asistencia varía mucho a partir de los primeros grados), con un volante que uno no se cansa nunca de empuñar por lo bien hecho que está; el cambio responde también con presteza y los frenos parecen incansables. Como el motor tiene cierta pegada a regímenes bajos, se sale de las curvas a buen paso y se intuye lo que podía dar de sí este Mégane con un motor de mayores dimensiones.

En autopistas y carreteras fáciles todo cambia: el Mégane se traga el mundo con un rodar aplomado, fácil y estilizado. Ya hemos visto que no es muy rápido, pero sí lo suficiente como para viajar cómodamente. El coche en estos terrenos es de lo más agradable y sólo la dirección se adapta mal a este tipo de trayectos, pues la asistencia eléctrica no permite dosificar bien los suaves giros que hacen falta en estas vías rápidas.

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