Así se consiguió la vacuna contra la COVID-19

Diez años, ocho meses y 16 días, ese es el tiempo que transcurre por término medio desde que se empieza a experimentar con una vacuna hasta que se autoriza su uso. Pero ahora los investigadores han encontrado  en pocos meses una protección contra el nuevo coronavirus. Te contamos cómo se ha logrado este éxito histórico.

Mundo Geo

Diez años, ocho meses y 16 días, ese es el tiempo que transcurre por término medio desde que se empieza a experimentar con una vacuna. La del COVID-19 se logró en pocos meses.
Diez años, ocho meses y 16 días, ese es el tiempo que transcurre por término medio desde que se empieza a experimentar con una vacuna. La del COVID-19 se logró en pocos meses.

Una mañana del mes de junio Denise Abranches tuvo la sensación de que por fin habíamos encontrado algo con lo que enfrentarnos al virus. Estaba en una reunión del Hospital Universitario de São Paulo en Brasil. Llevaba meses trabajando sin descanso, tratando a pacientes graves de coronavirus en calidad de cirujana bucal. Cosiendo las heridas provocadas por la intubación, limpiando mucosas, tratando infecciones. 

Cuando un médico asistente dudaba a la hora de meter la mano en la boca de un enfermo grave lo hacía ella misma. Exclamando “yes we can!” para darse ánimos. Nunca decía que ella también tenía miedo de intervenir en la cavidad faríngea donde el virus se reproduce de forma explosiva. Tampoco contó a nadie que en una ocasión vio tres ambulancias desde la ventana. Tuvieron que aparcar en segunda fila porque ya había cinco coches fúnebres estacionados delante de la clínica. Cada vez pensaba más a menudo: “A lo mejor no lo logramos”.

La cirujana Denise Abranches es la primera voluntaria de un estudio en fase 3 en Sudamérica.
La cirujana Denise Abranches es la primera voluntaria de un estudio en fase 3 en Sudamérica.

Aquel día de junio, durante la reunión, Abranches todavía notaba los efectos tardíos de las pastillas que había empezado a tomar para dormir. Entonces el director médico anunció que la Universidad de Oxford iba a probar muy pronto una vacuna contra el SARS-CoV-2 en Brasil. Buscaban voluntarios. Los sujetos de prueba tenían que ser mayores de 18 años y enfrentarse diariamente al virus. El corazón de Abranches empezó a latir fuerte en el pecho. Solo tenía una idea en la cabeza: “¡Yo, yo, yo!”

Hoy en día se refiere al resto de aquella reunión matutina como “los 30 minutos más largos de mi vida”. Después Abranches se marchó pitando de la clínica sin despedirse de nadie. Bajó la calle a toda prisa entre bocinazos, vagabundos y puestos de comida rápida dejando atrás los 200 metros que separan el hospital del centro de pruebas. Allí se plantó sin previo aviso en la oficina de la directora del ensayo y exclamó: “¡Señora profesora, espero que el estudio no esté completo! ¡Quiero presentarme voluntaria!” 

Y después se quedó sin aliento. 

Desde hace meses se va sumando un hito tras otro en la lucha contra el coronavirus. Algunos de esos hitos son presentados al mundo entero por los medios de comunicación mientras que otros apenas llaman la atención. Un equipo de investigadores prueba una vacuna contra el coronavirus en hurones. Una empresa fabricante de vacunas de Tubinga (Alemania) empieza a hacer estudios con seres humanos. La cirujana Denise Abranches es la primera voluntaria de un estudio en fase 3 en Sudamérica.

Y finalmente llegan las noticias más esperanzadoras: la vacuna de Moderna alcanza el 95 por ciento de eficacia. Gran Bretaña es el primer país del mundo que aprueba una vacuna, la de Pfizer y Biontech. Le siguen las agencias reguladoras de Estados Unidos y Europa, donde se crean cientos de centros de vacunación en pocas semanas. Mientras tanto, unas 200 empresas y grupos de investigadores trabajan para encontrar más vacunas candidatas.

A veces nos parece demasiado obvio que cooperen países del todo el mundo, que surjan vacunas con mecanismos de acción nunca utilizados hasta ahora, que se inviertan miles de millones de euros. Que se secuencie un virus, se diseñen nuevas moléculas, se encuentren decenas de miles de voluntarios, se construyan laboratorios, se escriban programas y se preparen campañas de vacunación a escala mundial como jamás se habían visto antes. Un equipo de GEO se ha puesto en marcha para reunirse con las personas que hay detrás de todo esto que se da por sobreentendido. Algunas solo corren una etapa de esta carrera histórica, otras llevaban dos décadas esperando que llegara su momento, algunos han afrontado riesgos personales.

Pero casi todos dicen: la vacuna que espera el mundo no será perfecta pero sí será la mejor que podemos tener.

Cómo un investigador chino descubrió la “enfermedad X”

En el año 2017 investigadores de todo el mundo se reunieron en un congreso celebrado en Ginebra del que la opinión pública apenas tuvo conocimiento. Estos científicos tenían que confeccionar una lista de enfermedades que son lo suficientemente peligrosas y contagiosas como para paralizar países enteros a fin de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) pudiera armarse para afrontar una situación de emergencia.

Los investigadores seleccionaron el virus Zika que deforma el cráneo de los fetos. El MERS, que vuelve porosos los pulmones como si fueran esponjas. El virus Nipah que causa inflamaciones de las meninges. Nueve enfermedades en total. Y al final anotaron en la lista: “Disease X”, la enfermedad X. Era un espacio reservado para un peligro desconocido que todos sabían que estaba al acecho en algún lugar ahí fuera.

COVID-19 e investigación
En el año 2017 investigadores de todo el mundo se reunieron para determinar una lista de enfermedades peligrosas. En la lista anotaron la enfermedad X, que resultó ser la COVID-19

Aproximadamente tres años y medio después un hombre saluda a la cámara de su ordenador. Es sábado, un día laborable habitual para el virólogo Yong-Zhen Zhang del Instituto de Salud Pública de Shangai, China. Cuando Zhang ajusta el objetivo se ve en la pared una frase del fundador de la nación Mao Zedong. Antes de que Zhang se hiciera investigador trabajó como secretario de un comité de desarrollo del Partido Comunista. 

Cuenta cómo el 3 de enero de 2020 llegó una caja metálica a su laboratorio. Contenía fluido extraído de los pulmones de pacientes de Wuhan enfriado con nitrógeno líquido. Los médicos lo habían obtenido al realizar una exploración, un lavado broncoalveolar. Al equipo de Zhang le tocaba realizar un trabajo rutinario: determinar genéticamente el patógeno causante de la enfermedad. Zhang no sabía que una de las muestras era especial.

Yong-Zhen Zhang gestiona una red de vigilancia virológica con estaciones en todo el país. Las autoridades sanitarias locales le envían periódicamente pulmones de ratas, corazones de murciélagos y a veces también muestras recogidas en humanos, 10.000 al año.

Él las analiza para detectar la presencia de agentes patógenos de nuevo cuño, una tarea que no le deja ningún fin de semana libre desde hace 20 años. Zhang sueña con desarrollar una especie de predicción meteorológica para virus. Quiere que llegue el día en que se pueda pronosticar cuándo mutará un virus y cuándo va a producirse el subsiguiente salto del animal al ser humano...

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