Polaris Slingshot: prueba de manejo

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Por Manuel Fernández (@Mfer_89)   Fotos: Carlos Quevedo.

 

Eran los últimos días de 2015 y el buen editor de nuestra revista hermana Motociclismo vino a ofrecernos una prueba para las páginas de Automóvil. Quien escribe estas líneas es muy ajeno a las motos, todo hay que admitirlo... Pero esto, pareciéndose desde ciertos ángulos a una moto y así se matricule como tal, tiene más de coche: vamos sentados dentro de él, tiene un volante y unos pedales.

 

 

Al siguiente lunes ya estaban listas las llaves, agregándose un casco y unos guantes prestados. Y una acompañante para hacer más real la experiencia del potencial propietario de lo que, literalmente, es un juguete, cuya única razón para existir es la de gozar. Y eso es gran parte de su carisma.

 

 

Sobra comentar una apariencia que ya dice que nos enfrentaremos a algo muy distinto a lo convencional, entre todo lo que solemos conducir al año. Por lo menos, dos personas lo asociaron a Batman de alguna manera e influyó el tono negro que, además, le daba cierto aire intimidante (varios con sólo verlo en el retrovisor ya le abrían paso).

 

 

Abordamos una cabina sencilla, al grano: no hay puertas, casi no existe el parabrisas y nos reciben unos asientos impermeables (no hay techo, evidentemente) y un volante (salido y muy vertical) con la curiosidad de lucir mucho más sencillos y rústicos de lo que son, pues cumplen cabalmente su labor. La postura de manejo es como la de un buen roadster: pedales profundos, buen soporte, brazos bien ubicados y cercanía al suelo. Empezamos bien.

 

El encendido procede girando la ignición y después presionando un botón rojo que se alumbra en la consola frontal, el cual convive con mandos como el de las luces o el sistema de audio, ese casi prescindible en la mayoría de ocasiones a bordo de este auto-moto.

 

 

Para el precio habríamos esperado una instrumentación mejor conseguida o que el plástico decorativo del tablero estuviera mejor pintado, aunque eso pasa a segundo (o tercer) plano cuando la impaciencia por manejar nos invade.

 

Primera sorpresa: un embrague corto y preciso nos arranca con bríos. Los cambios suceden a través de una palanca de tacto firme, claro y lo suficientemente corto en sus recorridos. Se disfruta.

 

 

Ya encaminados, va quedando clarísimo que el Slingshot merece un mejor motor. El 2.4 l sacado de un Solstice o un HHR peca de demasiado normal en un vehículo muy lejos de serlo. Para evitar una respuesta laxa, hay que mantenerlo arriba de 3,500 o incluso 4,000 vueltas constantemente. El corte de inyección llega en la frontera de los 7,000 con un ruido de fondo que pecaría de convencional, de no ser por la amplificación vía escapes que lo hace cantar con una tonada más ronca, sumándose al muy evidente sonido de la admisión al acelerar a plena carga.

 

 

Las relaciones de transmisión tampoco ayudan y tras un arranque agradable en primera y segunda, la abrupta caída de tercera a cuarta resiente el progreso, quedando la quinta como un desahogo a velocidades constantes.

 

Pero no todo el panorama se ensombrece por esa planta de cuatro cilindros; la dirección eléctrica, pese a lo ligera, se percibe intuitiva y poco nerviosa a ritmos altos de carreteras, cuyos asfaltos distan de ser perfectos. Traza con muchísima precisión y sin delicadezas innecesarias, virtud clave para afrontar un comportamiento al límite que requiere costumbre e inyecta mucha de la adrenalina presente en el Slingshot.

 

 

Esa única rueda detrás de las dos plazas, además de encargarse de propulsarnos, brinda mucho del apoyo al afrontar los giros. Exigiéndolo en tramos sinuosos, después de un levísimo quejido del eje frontal, la cola empieza a querer redondear marcadamente la trayectoria y con algún brinco de esa única rueda posterior, cuando llega a perderse el agarre y éste se recupera de nuevo. La suspensión no peca de blanda y contiene bien las inercias, siendo el único obvio sacrificio un andar en ciudad tirando a tosco, una característica natural mas no un defecto.

 

Esa zaga tan viva se manifiesta de paso en detenciones bruscas, aún con el volante poco girado o al retener con mucha agresividad. Sacar el embrague en un rebaje de cambios sin efectuar un punta-tacón que suavice la retención, podría significar una insinuación de sobreviraje. Este Polaris tiene mucho carácter y cuando nos adaptamos a sus curiosos modales resulta gratificante.

 

 

A todo eso hay que sumarle frenos de poca mordiente, con un pedal de largo recorrido que exige mucho esfuerzo y anticipación. Hay un ABS un tanto abrupto en su operación, que al final nos mantiene en un buen margen de seguridad.

 

 

El Slingshot no solo es caprichoso en cómo se ve, sino en cómo se maneja. Un adicto a la adrenalina apreciará esa conducción exigente y llena de carácter, que se contradice en forma de una planta motriz que no está a la altura del propositivo conjunto. Aun así, el goce está asegurado sea perfecta o no la experiencia.

 

 

Unidad probada

524,900 pesos (a fecha de la prueba)

 

 

 

NOS GUSTA

-      Que sea distinto a todo

-      Tacto de la caja manual

-      Postura al volante

 

NOS GUSTARÍA

-      Un motor más enérgico

-      Relación de cambio más cerrada

-      Frenos más contundentes

 

 

Resumen técnico

MOTOR

Tipo/cilindrada: L4, 2.4 l

Potencia máxima: 173 hp a 6,200 rpm

Par máximo: 225 Nm a 4,700 rpm

TRANSMISIÓN

Caja: Manual, cinco velocidades

Tracción: Trasera

DIMENSIONES

Largo x ancho x alto: 380 x 196 x 131 cm

Distancia entre ejes: 266 cm

Peso vacío: 793 kg

RENDIMIENTOS OFICIALES

0 a 100 km/h: 5.7 s

Consumo medio: 10.84 km/l

 

 

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