El Consejo de Granos norteamericano (U.S. Grains Council) en conjunto con la Asociación Mexicana para la Movilidad Sustentable (AMMS), nos invitaron a conocer el avance y desarrollo que han logrado los granjeros estadounidenses en la producción del biocombustible del futuro, el etanol.
Por Edmundo Cano Texto:Gilberto Samperio Fotos: Archivo En vísperas de la autorización del uso de bioetanol como oxigenante al 10% de las gasolinas comercializadas en las zonas metropolitanas de CDMX, Guadalajara y Monterrey (hoy no se encuentra autorizado en estas plazas, pero en el resto del país sí), por parte de la Comisión Reguladora de Energía (CRE), apegada a la actualización de la NOM-016, cuya intención es reducir el nivel de emisiones de CO2 y contaminantes de los actuales carburantes, tuvimos la gran oportunidad de conocer de primera mano la capacidad de fabricación de uno de los mayores productores norteamericanos de bioetanol, la Asociación de Productores de Maíz y Soya de Indiana, Estados Unidos. Lo interesante de esta invitación de un organismo estadounidense es que anticipa lo que puede ser la tendencia nacional de la próxima década en consumo de combustibles para uso de transporte motorizado tanto privado como público.
El trasfondo
Si bien el etanol hoy se puede adquirir abiertamente (basta recordar la crisis del huachicol de este 2019), su comercialización mediante el esquema tradicional vía estaciones formales de servicio no se encuentra debidamente autorizado ni ha resultado rentable para los inversionistas por el famoso impuesto IEPS. Por lo tanto, su compra ocurre bajo el seudónimo de “aditivo” y en garrafones, no por bombeo, para evitar las sanciones de las autoridades correspondientes. Así, los productores de bioetanol de la región están preparándose en los posibles frentes para acometer una creciente demanda de bioenergéticos, cuya cualidad “verde” –hasta 39% menos de CO2 y un 50% menos de partículas finas y smog según la Universidad de California en Riverside–, los hace deseables en estos tiempos de preocupación medioambiental.
Y si bien ya existen productores mexicanos (según datos de CRE, hay 67 permisos ya autorizados), la demanda estimada por CRE para los años venideros apunta a ser muy alta: unos 4,370 millones de litros anuales sólo para conformar el 10% de los carburantes vendidos en todo el país, incluidas las Zonas Metropolitanas (ZM).
Condiciones
La producción local de bioetanol estimada por SENER (Secretaria de Energía) para 2020 oscila entre los 460 y 790 millones de litros provenientes de caña de azúcar, a los cuales se agregarían otros 370 millones de otras fuentes. Un total mínimo y máximo que rondaría los 830 y 1,160 millones de litros. En términos muy optimistas, los productores nacionales cubrirían una cuarta parte del máximo posible en la siguiente década. Para comparar: a estas alturas de 2019, el consumo de gasolina en México –Magna y Premium–, apunta a unos 729 mil barriles por día, aproximadamente unos 116 millones de litros diarios, una cifra que asusta. No hay que hacer muchos números para darse cuenta de que la E10 –que sería la primer gasolina con oxigenante natural al 10%–, tiene mucho camino para recorrer así como una gran oportunidad comercial.
La visita
La granja que visitamos se encuentra en las vecindades norteñas de Indianápolis, ciudad famosa por su autódromo donde se corren las célebres 500 millas. ¿Cómo lo producen? La planta de bioetanol a la que tuvimos acceso produce unos 80 millones de litros al año. Su principal insumo de maíz proviene de un radio estimado de 30 millas a la redonda –unos 50 km–, de granjas como la de Josh Miller, que cultiva unos dos mil acres –unas 809 ha– y destina de su producción total estimada en unas 900 toneladas anuales, unos cuatro mil bushels, es decir 101.6 toneladas, a la fabricación de etanol.
El primer paso es revisar el maíz, que llega en furgones específicos de carga. Se revisa, se pesa y, tras su aprobación, es vertido a un silo de concreto donde se lava, y limpian las cáscaras y otras basuras. Posteriormente pasa a un molino que lo deja prácticamente como una harina; de aquí se lleva a unos enormes tanques de fermentación donde se humedecerá y reposará durante 90 horas a unos 90º F –32º C–, generando el destilado que se irá recolectando y pasando a un procesamiento de enfriamiento y desecación antes de ser almacenado en otros tanques, desde los cuales se despacha el bioetanol en pipas de gran capacidad.
Debido a que es un proceso continuo, todos los equipos trabajan 24 horas, y su mantenimiento es preventivo, realizado en pocas horas para no perder el ritmo de producción. Los residuos sólidos que se generan pueden utilizarse para alimentar ganado, mientras el gas CO2 resultante puede embotellarse y el agua es debidamente reciclada, todo conforme a las exigencias medioambientales de aquel país.
Hoy, estados como Indiana ya ofertan la E10 como gasolina normalizada para uso en los coches fabricados a partir de 2001. Y si bien todavía los hidrocarburos tradicionales prevalecen en la mayoría de los dispensarios –coloquialmente llamados bombas en nuestros país–, las ventajas tanto económicas –hasta un 10% más barata– como ecológicas –la mezcla E10 reduce hasta un 40% la emisión de CO2–, siguen ganando terreno. Sí, es una industria relativamente joven pero bien supervisada por las estrictas regulaciones norteamericanas. Por cierto, el otro oxigenante que era muy utilizado, el MTBE, fue prohibido en las gasolinas norteamericanas por sus aromáticos y bencenos con propiedades cancerígenas.










