La crisis de GM salpica a Figueruelas

Nada más volver del puente del Pilar, la planta zaragozana de Opel ha recibido un duro palo: tendrá que despedir a empleados y reducir su producción. Mientras sus compañeros alemanes se lanzan a una huelga salvaje, los trabajadores de Figueruelas se mantienen a la expectativa.

La crisis de GM salpica a Figueruelas
La crisis de GM salpica a Figueruelas

“La joya de la corona", como la bautizó el propio mandamás de GM en Europa (Fritz Henderson), no se libra de los recortes. Da igual que hayan cumplido el plan de saneamiento, que su producción batiera un récord el año pasado o que sea una de las fábricas más productivas del Viejo Continente. Figueruelas se ve arrastrada por la crisis del grupo. Según ha anunciado la dirección europea de la multinacional, Figueruelas tendrá que reducir su producción en un 11 por ciento. Es decir, de sus cadenas de montaje saldrán 52.000 unidades menos del Corsa y del Meriva. Además, habrá que hacer recortes en la plantilla: según sus cuentas, “sobran" 600 empleados. Opel asegura que no habrá despidos forzosos y que los reajustes no afectarán ni a la producción (el convenio ya contempla días de cierre), ni a la comercialización de vehículos. Quieren soluciones “sin despidos traumáticos, ni forzosos", ya que los trabajadores “no son culpables" de la crisis que afecta a la multinacional en Europa desde hace cuatro años, sino que se debe a “motivos gerenciales", ha asegurado el presidente del Comité de Empresa de Figueruelas, Fernando Bolea. Sin embargo, los trabajadores de Figueruelas no están tranquilos. Cualquier decisión que afecte a la planta no se tomará en esta localidad situada a escasos 20 kilómetros de Zaragoza: todo depende de lo que se acuerde en Alemania (donde recae el grueso de los 12.000 despidos que planea GM). Habrá que esperar hasta el próximo 2 de noviembre, fecha prevista para una reunión sindical a nivel europeo. Ésa es, al menos, la teoría, ya que, cada día, la situación se radicaliza en Alemania. Todas las fábricas de GM en Europa siguen atentos lo que ocurre en Bochum, una ciudad del noreste alemán. Allí, se vive el quinto día de huelga, unos paros que no han sido convocados y que amenazan con paralizar la producción de otras factorías. No sólo han dejado de fabricar 1.500 coches, sino que no mandan piezas a otros lugares. Muchos temen que modelos como el Astra se queden atascados en esta especie de cuello de botella y se dificulte su comercialización. Las reivindicaciones están orquestadas por el poderoso sindicato IG Metall, que quiere que se unan los trabajadores de otras fábricas de Alemania, Reino Unido, Portugal y Suecia. El propio canciller alemán, Gerhard Schroeder, o el ministro de Economía, el socialdemocráta Wolfgang Clement que precisamente nació en Bochum, han pedido calma y han criticado una huelga que no fue ni anunciada, ni decretada. Sin embargo, los trabajadores de Bochum cuentan con el apoyo de sus vecinos. Los niños se manifiestan en la puerta de la factoría e incluso los futbolistas del equipo local de la Bundesliga exhiben en sus partidos carteles de apoyo a la fábrica. “Las medidas de reestructuración anunciadas son dolorosas para todas las partes y no son fáciles para nadie, pero no hay otra alternativa empresarial para la necesaria reducción de costes", ha asegurado el segundo máximo responsable de General Motors (GM) en Europa, Carl Peter Foster. Algunos analistas hablan de mala gerencia y aseguran que también habrá despidos entre la cúpula directiva. En los últimos cinco años la compañía ha cambiado seis veces de dirección. Incluso en la televisión alemana se culpa directamente al ejecutivo vasco Ignacio López, “Superlópez", a quien llegan a calificar de “estrangulador de Rüsselheim". Otros achacan la crisis al retraso con que la compañía detectó el gran boom de los modelos Diesel. Hay incluso quien asegura que los despidos decretados por la estadounidense GM en Alemania son una clara consecuencia del rechazo de su país a la Guerra de Irak. Por su parte, el Gobierno germano defiende la competitividad de Alemania. Para ellos, el problema radica en la globalización y en la política de los grandes consorcios.

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