Delibes puso letra y Masats captó una España prerromana en 'Viejas historias'

El novelista Miguel Delibes puso la letra y el fotógrafo Ramón Masats retrató la esencia de una tierra que estaba 'más cerca de los vacceos que de la actualidad', dentro de la versión ilustrada de 'Viejas historias de Castilla la Vieja' que Lumen sacó en 1964 y cuyas imágenes se exponen en Valladolid.

El espíritu de la España 'negra y real' de los años sesenta del pasado siglo XX captó Masats (Caldes de Montbui -Barcelona-, 1931) al recibir entonces el encargo de Óscar y Elena Tusquets, editores de Lumen, para ilustrar esa novela de Miguel Delibes dentro de la colección 'Palabra e Imagen', nacida en 1961.

'Aquella España estaba más cerca de los vacceos, de la ciudad prerromana de Pintia, que de la actualidad', ha reflexionado el arqueólogo Germán Delibes, hijo del escritor fallecido el año pasado, durante la presentación de esa exposición de fotografías en blanco y negro que puede verse hasta el 26 de junio.

Una vida esquemática, austera y pegada al terreno, con la misma justeza de medios que la resignación de sus moradores subyace en las escenas de Masats, tomadas principalmente en pueblos de la comarca de Tierra de Campos después de un viaje en automóvil que realizó por la zona con el propio escritor, quien le mostró el escenario.

Paisajes peinados por arados romanos, con palomares de barro medio arruinados y habitados por figuras de pana y tela negras, tocadas con velos o boinas, sobre un mar de arrugas, son los protagonistas de estas escenas que acompañaron la edición de Lumen en 1964, aunque el libro vio la luz primera en 1960.

'Fue uno de los libros predilectos de mi padre, historias entrelazadas donde pudo decir lo que la censura le impedía en su actividad periodística', ha recordado Germán Delibes antes de incidir en la 'rareza' que supuso el nacimiento de un libro que fue de encargo, 'al dictado', algo inusual en el escritor.

Una serie de láminas del pintor Jaume Planas, de paisajes castellanos vacíos de almas, le fueron enviadas al narrador para que pusiese la letra y así nació 'Viejas historias de Castilla la Vieja', un libro de 'apenas setenta páginas' que 'era uno de sus favoritos', ha insistido.

La algarabía gozosa de un grupo de vendimiadoras sobre un remolque es una de las escasas notas alegres de un repertorio gráfico que delata la miseria y dignidad de una España periclitada en sus modos de producción, pero donde se atisban visos de progreso como una cocina bilbaína en uno de los hogares donde penetró Masats.

Casas molineras primorosamente enjalbegadas, esquemáticas pero limpias y ordenadas, sin lujos ni enseres superfluos, delatan una forma de vida común de la España del despegue, donde tampoco falta devociones piadosas como la del Sagrado Corazón de Jesús.

Alacenas con menaje de loza y cantarera, alcobas con jofaina como único medio de higiene, y comedores con las clásicas fotografías de padres, abuelos e hijos prematuramente idos conforman algunos de estos pasajes gráficos.

Las formas de vida no fueron ajenas tampoco a Masats, quien sorprendió a un anciano escogiendo grano en una era, a un grupo de mayores persignándose en la iglesia, a varias parejas en un baile de banco corrido y una partida de naipes a boina calada en una cantina de tarima.