BMW 326

Mediada la década de los treinta, la industria automovilística teutona se hallaba en plena efervescencia. BMW no quiso perder el tren y apostó por esta berlina, moderna y capaz, sobria pero adaptada a los frenéticos tiempos por venir.
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BMW 326
BMW 326

Pero volvamos a nuestros días, porque aún quedan importantes aspectos que describir y descubrir de este 326. En las primeras líneas ya habíamos dejado intuir rasgos de su personalidad. El principal era el carácter de berlina de salón, en referencia a la comodidad, amplitud y amabilidad que ofrece dentro. Luego de poner en funcionamiento el motor, esa sensación se mantiene. La maniobra no ha entrañado dificultad: hemos colocado la llave en el contacto, tirado del estárter y pulsado el botón de arranque. Con buen criterio, todos los interruptores, llaves de luces, pulsadores, tiradores y los relojes principales -velocímetro, manómetro de aceite, termómetro del líquido refrigerante y nivel de combustible— quedan ordenados y concentrados detrás del volante, muy a mano.

Mientras repasábamos la instrumentación, se ha estabilizado el ralentí del motor, apenas audible ahora. Nos echamos a rodar, con precaución, tanteándolo todo, y poco a poco vamos extrayendo conclusiones. Primera: es fácil conducirlo. El seis cilindros responde con suavidad, la dirección es razonablemente dura y suficientemente precisa, el cambio posee un tacto agradable, en cuanto al recorrido del selector y al engranaje de las relaciones se refiere, resulta estable, se le nota bien amortiguado y los nuevos frenos hidráulicos cumplen.

Segunda conclusión: por rendimiento del motor y por relaciones del cambio, va bien en carretera llana, pero no en otras. Antes de continuar, debemos aclarar que, en los años cincuenta, a este coche le sustituyeron el equipo de carburación original —dos Solex verticales— por un Solex invertido, acoplado en el centro del colector de admisión. Por fortuna, su reciente propietario tiene localizado ya un juego de recambio. En síntesis, el seis cilindros desarrollado por el mecánico jefe de la marca, Rudolf Schleicher, es una buena mecánica para la época, sin vanguardismos, ni prestaciones sobresalientes (50 CV), pero sí fiable y económica.

Pero a tenor de la modificación indicada, es lógico pensar que el rendimiento del seis cilindros haya disminuido. Por otro lado, hacíamos mención también a los desarrollos del cambio, cuyas tres relaciones superiores están demasiado abiertas. En la práctica, esos dos aspectos se diluyen bastante en cuanto marcamos un ritmo vivo (90-100 km/h) en vía llana; mas en zona escarpada y de curvas, hay que hilar muy fino y saber escuchar el motor para que, al reducir o al aumentar relación, no lo sobrerrevolucionemos ni lo ahoguemos, algo pernicioso e inefectivo.

Aún existe otro punto sobre el que reparar: el cambio Hurth dispone de rueda libre en primera y segunda. Este mecanismo funciona como un desembrague automático, desconectando el giro entre el motor y la transmisión cuando no se está acelerando. En ese momento, el régimen del motor cae al ralentí, sea cual sea la velocidad, y vuelve a engranar cuando pisamos el acelerador. Aunque pueda presentar relativas ventajas —suavidad a la hora de subir y bajar marchas y ahorro de combustible—, la experiencia en un tramo de montaña acaba por ponerlo en entredicho, sobre todo porque obliga a castigar sobremanera los frenos y podemos llegar a perder el tacto de la conducción.

Con sus más y sus menos, el BMW 326 es a nuestro juicio una berlina de viaje adecuada a su tiempo, a las vías rápidas y a las expectativas de una burguesía pudiente. Es moderno, amplio y cómodo, pero algo austero en las formas y con un motor sin pretensiones velocísticas, un llaneador nato, que diríamos. Piénsese que su puesta en circulación coincide con la eclosión del plan de autopistas proyectado por el Tercer Reich durante los años treinta.

¿Que cómo llegó este coche a España? La leyenda cuenta que al acabar la guerra civil española, vino aquí un grupo de observadores alemanes a estudiar la situación de la cuenca minera, más concretamente, en busca de wolframio. Lo hallaron en tierras salmantinas, y como forma de pago al chatarrero que les ayudó en las gestiones, le regalaron este 326. Esta humilde persona apenas lo utilizó, y quiso la providencia que un sacerdote palentino se lo quiso comprar. Y enfatizamos ese verbo porque el buen hombre aceptó la señal del capellán y nunca más volvió a ver ni coche, ni resto del dinero, ni clérigo que lo compró. A partir de ahí, la historia se pierde durante tiempo, hasta que el 326 apareció hace unos años en estado de abandono. El resto, lo pueden ver en estas páginas.

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