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Land Rover Defender 90 TD5 Extreme

El más aventurero de los TT se ha vestido de etiqueta. Elementos como las llantas de aleación con neumáticos camperos, la defensa delantera, los faros de largo alcance y las protecciones de aluminio sobre las aletas proporcionan al Land Rover Defender Extreme una estética realmente atractiva, bajo la que se esconde, además, un vehículo más eficaz en campo gracias al nuevo control electrónico de tracción.

Land Rover Defender 90 TD5 Extreme
Land Rover Defender 90 TD5 Extreme

Desde que Spencer y Maurice Willys crearan el Land Rover en 1947, este modelo, pese a las sucesivas evoluciones que han desembocado en el actual Defender, ha estado marcado siempre por su clara orientación profesional. Su simplicidad mecánica y su gran movilidad fuera del medio asfaltado hicieron de él uno de los modelos preferidos por los profesionales del medio rural, además, estas características lo llevaron a convertirse durante varios años en el compañero ideal de los aventureros que aceptaban el reto del Camel Trophy. Debido a ese espíritu rudo, ni el confort ni la ergonomía ocuparon nunca un lugar destacado entre sus características. Hoy en día, 53 años después, la situación no ha variado mucho. Pese a ello, la versión Extreme que probamos en esta ocasión recibe una serie de mejoras que, sin alterar ese acusado carácter, mejoran el producto final. Con respecto a ellas y para hacer honor a su denominación «Extreme», Land Rover ha «vestido» a esta versión con llantas de aleación específicas calzadas con unos enormes neumáticos 265/75R16, personalización que se completa con la defensa delantera cromada, faros de largo alcance, protecciones de aluminio sobre la parte superior de las aletas delanteras y rejillas de protección para los faros de largo alcance y ópticas delanteras. Toda una serie de elementos estéticos que proporcionan a esta versión una imagen no sólo más rotunda, sino también mucho más atractiva. El interior encierra menos modificaciones, aunque éstas son también significativas. Si bien, la rusticidad del entorno preparado para sus ocupantes sigue siendo notable y el diseño totalmente esquemático del salpicadero se mantiene, se ha añadido en su parte inferior un sistema de aire acondicionado que, como los anteriores elementos, forma parte del equipamiento de serie de este Defender y contribuye a poner un punto de refinamiento en tan básico panorama. Lo que no ha variado es la mala ergonomía del puesto de conducción. En este sentido, el conductor sigue encontrándose con un volante y pedales muy descentrados respecto al eje del asiento, detalle al que se suman lo cerca que se sitúa el volante de la puerta, la notable dureza del accionamiento del pedal del embrague y la peculiar disposición y manejo de muchos de los interruptores habituales en la conducción. Incluso el llavero de este coche debe ser inusualmente voluminoso, ya que se sigue utilizando una llave diferente para cada cerradura —contacto, apertura de puertas, depósito de combustible…—. Además, a ese volumen hay que sumarle también el del mando del inmovilizador antirrobo. Si de lo que hablamos es del trato que reciben los ocupantes en su interior, como se ha comentado al inicio, el fabricante ha tenido pocos miramientos con ellos. Así, lo esquemático y reducido de sus asientos, la firmeza del tarado de las suspensiones y la notable intensidad de los ruidos que llegan al interior del habitáculo procedentes del motor y las transmisiones hacen que hablar de confort resulte poco menos que anecdótico. Pero esto es algo que forma parte de la propia idiosincrasia del modelo y quien desee un coche más cómodo, puede optar por el Discovery o el Range Rover.

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