Comparativa: Porsche 911 GT3 Coupé / Porsche 911 Turbo

Antes de que el asteroide se precipite sobre la Tierra en forma de nuevos megadeportivos —Ferrari F50, Mercedes SLR, Bugatti Veyron y el mismo Carrera GT— que alteren el dominio actual en el mundo de los depredadores de carretera, esta pareja de Porsche se confirman como los más fieros dinosaurios de la jungla del asfalto.
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Comparativa: Porsche 911 GT3 Coupé / Porsche 911 Turbo
Comparativa: Porsche 911 GT3 Coupé / Porsche 911 Turbo

¿Dónde estoy? ¿En el GT3 o en el Turbo? Me hago mentalmente esta pregunta mientras la aguja del velocímetro —por lo demás, mal colocado en el Turbo—, se dirige imperturbable y diligente hacia el guarismo 300 mientras la realidad se deforma aplastada por la onda de presión del aire explotado por el paso de este misil de bajísima cota. ¡Qué más da! En cualquiera de los dos casos me encuentro en un AVE particular, una máquina que sobrepasa los 300 km/h y no se ve coartada por raíles que limitan su libertad de acción. ¡Atención! No puedo distraerme en disquisiciones filosóficas mientras estoy a los mandos de un vector de distorsión de la materia como resulta ser cualquiera de ellos. Un momento de duda, en estas situaciones, sería complicado de resolver.

Es curioso comprobar cómo un vehículo de estas características puede provocar transmutaciones en su conductor. El elegante, quizás tímido, y amable millonario que se decide a gastar en uno de estos monstruos de la carretera lo que cualquier representante de la clase media dedica a su vivienda, se ve obligado —quizás a sabiendas— a perder su anonimato entre el tráfico y muchas, muchas miradas se dirigen hacia él, sabiéndose, en el fondo, envidiado. De forma muy poco sana, muchas veces. Si alguien se atreve a preguntarle sobre la capacidad para achicar el espacio de su nueva montura, a la maliciosa respuesta de «más de 300», inquisitoriamente le espetarán, «pero si no se puede correr en la carretera, con tanta vigilancia y en el mal estado en que están», la respuesta la tiene preparada: «hay un lugar, lejano, llamado Alemania, donde, si las limitaciones específicas te dejan, aún puedes exprimir un coche hasta todo lo que da».

En ningún momento entrará a explicar cómo estos coches alcanzan los 100 km/h, arrancando desde parado, en unos 70 metros —sí, menos de la distancia entre esquina y esquina de una manzana de casas— y que, en cualquier carretera de montaña, los 200 km/h son moneda corriente entre curva y curva, a poco que los ingenieros de caminos hayan sabido encontrar la mínima línea recta entre dos puntos. Ni siquiera se envalentonará diciendo que «en lo que la vista me alcance, cualquiera de ellos llega a rozar los 300 km/h, por lo que, en cuanto no tenga ante mí un coche sospechoso, estoy a salvo de esa persecución, con proclamas de preocupación securizante que, cada día más, nos obliga a preocuparnos más de lo que se atisba dentro de los coches a los que adelantamos o de los artefactos escondidos tras unos matojos, que de la propia conducción en sí».

Ya, si tiene ganas de entrar en una verdadera conversación, podrá responder al listo de turno: «¿pararlo?, que ¿cómo se para desde esas velocidades? No te puedes imaginar cómo frena este artefacto hasta que aprietas el freno a fondo. Es una experiencia que sólo los pilotos de competición pueden sentir». Sin duda, una pequeña exageración no le quitará veracidad a su afirmación porque, desde luego, no podrá marear a su interlocutor con cifras como los más de 11 m/s2 de deceleración que se consiguen de forma casi continuada o los menos de 70 metros que necesita para detenerse desde una velocidad de 140 km/h. Esos datos, de hecho, ni los conoce, sólo trata de transmitir, henchido de vanidad, cómo puede apurar las frenadas, creyendo que es su capacidad de conducción la que le permite semejantes heroicidades. No le preocupan los enormes discos con pinzas de cuatro pistones ni la posibilidad, en el caso de que sea el Turbo su preferencia, de montar discos de material cerámico, que suponen un costo extra, para él irrisorio: 1,6 millones de pesetas.

Todas estas elucubraciones acerca de la filosofía del propietario de uno de estos Porsche se me ocurren mientras transito tras una larga fila de vehículos cuyos conductores están casi aterrorizados ante la posibilidad de tener que adelantar a un viejo y lento camión que se arrastra, materialmente, a velocidad de Vespino por esta carretera retorcida. ¡Cómo ha bajado el nivel medio de conducción desde la proliferación de vías con doble calzada! ¿Qué hago? Me espero, quién sabe cuánto tiempo a que, uno a uno, decidan realizar está "peligrosa" —je, je— maniobra o aprovecho las prestaciones inauditas de la máquina que llevo entre las manos y los dejo a todos clavados en esa pequeña recta que se atisba y que ninguno de ellos va a aprovechar para dejar al camión atrás. La duda me invade, pero no puedo esperar mucho a decidirme porque la recta se acaba. Actuar de una forma que podría ser considerada como asocial —por no decir temeraria— y que generaría las quejas —dedos levantados, insultos inaudibles, ráfagas de luz— o aprovechar la seguridad que otorga un vehículo con estas portentosas características para realizar lo que unos pocos, en este mundo, tienen la facultad de hacer. ¡Qué caray! No se llega a multimillonario siendo un chico bueno… ¡y sin pisar la línea continua!

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