Rolls-Royce: simplemente, ser los mejores

A lo largo de un siglo, las palabras Rolls-Royce han sido la muralla que separa dos mundos. A un lado, la maravilla, al otro, la realidad. La maravilla, el espectáculo, la belleza superlativa han sido patrimonio de Rolls-Royce desde que se fundó la marca hace ahora 100 años.
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Rolls-Royce: simplemente, ser los mejores
Rolls-Royce: simplemente, ser los mejores

Ya con el primer modelo conjunto de Rolls y Royce, el 30 CV, se vio que la marca de Manchester había nacido con buena estrella. El coche fue un éxito y pronto empezó a crearse a su alrededor un halo de leyenda. Pero lo cierto es que, al principio, se dedicaron sólo a fabricar los chasis y los motores, dejando que los carroceros adaptasen la apariencia externa y el habitáculo a las necesidades de cada cliente.

El segundo modelo, también de 1906, sería el Silver Ghost, un lujosísimo vehículo que llevaría los primeros Rolls-Royce a los países árabes, donde, a la larga, habrían de recalar miles de unidades. Este modelo, el preferido por Henry Royce, tenía la resistencia de una roca. Batió el récord de resistencia de su tiempo, con 23.120 km sin una sola avería, y se hartó de ganar premios en competiciones. Además, fue alabado en la prensa de su época por lo silencioso que era su motor (“como una máquina de coser”), la ausencia de vibraciones y el alto grado de confort que transmitía a los ocupantes. El nombre de Silver Ghost se debe a Claude Johnson, socio y amigo de Rolls, que colgó una placa con esas palabras en su flamante y plateado 40/50 CV (nombre original del coche). Aquella unidad todavía está en posesión de la compañía: rueda perfectamente a pesar de sus más de 800.000 kilómetros.
Su longevidad también permitió que el Silver Ghost fuera el primer Rolls-Royce fabricado en Estados Unidos, en la factoría de Springfield, abierta en 1921. Curiosamente, esta fábrica tuvo que cerrar en 1931, porque los clientes americanos preferían comprar sus Rolls directamente en Inglaterra. Cuestión de imagen…

El éxito de aquel modelo, del que se vendieron casi 8.000 unidades, hizo que la histórica fábrica de la Cooke Street de Manchester se quedara pequeña, por lo que fue preciso construir la gran fábrica de Derby.

La llegada de la I Guerra Mundial dio alas a Rolls-Royce, y no sólo en sentido figurado. Por un lado, su producción de vehículos se disparó gracias a la necesidad de ambulancias, transportes y carros blindados que demandaba el ejército. Algún Silver Ghost se transformó en tanqueta, y varios acabaron sirviendo a las órdenes de Lawrence de Arabia en el desierto árabe. Dicen que, blindados y artillados, pesaban más de cuatro toneladas. Incluso así, podían alcanzar los 80 km/h. Por el otro lado, las alas le salieron de verdad a Rolls-Royce. En los talleres de Derby, Royce rindió homenaje a su amigo Rolls y construyó su primer motor de aviación. Antes de morir, Rolls había querido que la empresa se adentrase en este campo, pero Royce nunca fue partidario. Sin embargo, durante la contienda empezó a montar los motores Eagle, que propulsaban a los Vickers Vimy. Uno de estos aviones fue el primero en hacer el vuelo entre Gran Bretaña y Australia.
Desde entonces, los motores de Rolls-Royce han estado presentes en todos los cielos.

Tras la I Guerra Mundial, en la Belle Époque, Rolls-Royce vive una verdadera luna de miel y se convierte en una marca mítica. Se dice que sólo venden a magnates, nobles, reyes y sultanes árabes. Se dice que sus motores son tan perfectos que se prueban poniendo un vaso de agua hasta el borde sobre ellos para comprobar que no hay vibraciones… Se forja una verdadera leyenda.

De ese periodo mágico son los Phantom, los Rolls-Royce más espectaculares, caros y seductores. Aparecen en 1921 y, desde entonces, son los abanderados de la firma.

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p> Poco después, en 1931, surge la oportunidad de comprar Bentley, otra gran marca británica que atravesaba un bache. Rolls-Royce se hizo con Bentley para poder ofrecer coches igual de lujosos pero algo más deportivos.

Comprar un Rolls-Royce no está al alcance de cualquiera. No sólo porque cuestan una fortuna, sino también porque la lista de espera siempre es larga y, además, está compuesta por nombres de gran relumbrón. Propietarios de Rolls han sido, por ejemplo, todos los miembros de la familia real británica, el príncipe Birabongse de Siam, la princesa Grace Kelly de Mónaco, los sultanes de Brunei, varios maharajas, los últimos zares de Rusia, Constantino de Grecia, el Sha de Persia y los reyes de Nepal. Además, la casa real española dispone de algunos de los Rolls de Patrimonio Nacional que pertenecieron a Franco.

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p> Por debajo del escalón real, la lista se ensancha mucho. Lenin tuvo un Rolls, lo mismo que Leonidas Breznev o personajes tan variados como John Lennon, Paul McCartney, Frank Sinatra, Mohamed Alí, Marconi, Rudyard Kipling, Hemingway…

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p> Y, claro, las grandes estrellas del celuloide no se han resistido: Richard Burton, Rodolfo Valentino, Peter Sellers, Barbra Streisand, Brigitte Bardot, Gary Cooper, Cary Grant… En España era habitual ver a Camilo José Cela acudir a los actos públicos en un impresionante Rolls Royce.

Sin embargo, todo el glamour y la francachela del tiempo de entreguerras se evaporaron con el ascenso del nazismo y la locura de la II Guerra Mundial. Durante los años que duró el conflicto, la producción de coches casi desapareció y el esfuerzo se concentró en los motores para los aviones que luchaban contra los alemanes.

Tras la guerra, poco a poco se reanudó la producción. Por primera vez, Rolls-Royce decidió fabricar sus propias carrocerías, con lo que fue necesario ampliar otra vez las instalaciones. Es el momento de inaugurar la nueva fábrica de Crewe.
De las cadenas de montaje de Crewe empezaron a salir otra vez coches que asombraron al mundo, como el Silver Dawn (1949-1955) y el Silver Cloud (1955-1966), que está considerado como el mejor de cuantos coches ha producido Rolls-Royce.
En esa época, la cartera de clientes de la firma contaba con los nombres más ilustres de la jet-set internacional, además de todas las noblezas del mundo. Los pedidos no son muy voluminosos, pero sí caros, carísimos.

En 1970 se produce la primera gran crisis de la firma. La división aeronáutica se hunde en el desarrollo de un motor para el avión Lockheed L-1011 Tri-Star. La ruina económica rondó a la empresa y el gobierno inglés tuvo que intervenir y poner orden. En 1973, con la Crisis del Petróleo, el capital europeo sufre una contracción formidable y Rolls-Royce tiene que abrirse a los petrodólares y a clientes que antes ni soñaban con alcanzar uno de estos coches.

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Ese año se decidió la separación de las dos divisiones de la empresa, la de automoción y la de aeronáutica. De esa forma, Rolls-Royce Motor Cars empezó a caminar sola hasta que la compró el grupo empresarial Vickers en 1980. El mismo consorcio se haría en 1987 con la rama aeronáutica, reuniendo otra vez ambas compañías bajo el mismo paraguas.
Durante los 80 y 90, los Rolls-Royce y los Bentley se montaron en la fábrica de Crewe. Ambas marcas se consolidaron como emblemas del lujo a escala mundial y vivieron momentos de esplendor, pero, en un mercado cada vez más globalizado y difícil, la independencia de marcas tan pequeñas estaba siempre comprometida.

Esta etapa concluyó a finales de los años 90, cuando Volkswagen y BMW pusieron sus ojos en Rolls-Royce. Se abrió una puja que concluyó en 1998 con un acuerdo en virtud del cual Volkswagen compraba Rolls-Royce y Bentley, pero BMW se quedaba con un derecho de compra sobre Rolls que podría ejecutarse en 2003 y que, efectivamente, se ejecutó. Desde el año pasado, la marca es propiedad de BMW, que ha trasladado la producción a una novísima factoría en Goodwood, al sur de Inglaterra.
Es una fábrica muy moderna y sofisticada, donde se mezclan la tecnología punta y el trabajo artesano. En esta factoría se realizan, sobre todo, las tareas de montaje final y pintura, porque las piezas se fabrican ya en Alemania, incluyendo motor y transmisión.

En Goodwood se montan casi a mano los Rolls-Royce Phantom, los únicos que comercializa hoy esta marca. Cada coche lleva un proceso de montaje de un mes. En ese tiempo, se le dan seis capas de pintura, las dos últimas con pulido previo, se le coloca cuero de seis tipos, se le ensamblan maderas nobles… En teoría, la fábrica puede montar 1.000 unidades al año, pero ahora mismo no se alcanza el máximo, pues sólo se facturan 3 coches al día.

Bajo el gobierno de los alemanes, Rolls-Royce retomó su camino de éxito y volvió a situarse en lo más alto de la pirámide del reino de los coches. Una vez más es paradigma de lo que debe ser el lujo entendido como una forma de vida, como una aspiración trascendental. Eso es Rolls-Royce, la transustanciación del coche en objeto casi divino.

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