La nueva revolución francesa

Más de 1.500 personas han salvado la vida. No se ha detenido a ningún terrorista, no se ha logrado ninguna vacuna, no se ha decretado ningún alto el fuego… Los franceses han logrado una auténtica revolución en sus carreteras: han reducido en un 20 por ciento el número de muertos en accidentes de tráfico. España mira más allá de los Pirineos y se pregunta si no debería seguir los pasos de sus vecinos.
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La nueva revolución francesa
La nueva revolución francesa

Sale de su casa con la imagen de un duro anuncio televisivo (las vísceras en la pantalla le recuerdan que debe ponerse el cinturón), coge el coche con la seguridad de que antes de que regrese puede encontrar una multa en su buzón y termina la jornada haciendo zapping entre los distintos telediarios que le informan sobre el último accidente de tráfico. El conductor francés se siente acosado. Y no es para menos.

El Gobierno galo vive una auténtica cruzada, “una nueva revolución” (según sus rotativos). La lucha contra los accidentes es una prioridad nacional y no han dudado en tomar el papel de Gran Hermano para controlar cómo se comportan sus conciudadanos cuando se sientan al volante.

Para ello, han adoptado medidas que en España serían “impensables”, como ha llegado a asegurar el máximo responsable de Tráfico en nuestro país, Carlos Muñoz-Repiso. Primero se multa, después se cobra y, muy por último, se escucha. A los jueces galos no les tiembla el pulso a la hora de mandar a un conductor a la cárcel y, mucho menos, a la hora de retirarle el carné. En la tierra de la “Liberté, Égalité y Fraternité” han decidido dejar bien claro que en la carretera las diferencias entre libertad y libertinaje se pagan caras.

En 2002, han muerto en Francia 5.732 personas. Son un 20,8 por ciento menos que en el año anterior. Se han salvado 1.510 vidas en 12 meses, casi cuatro al día. No es extraño que el primer ministro galo Raffarin exhiba las cifras con orgullo: no hay que olvidar que en Francia viven 60 millones de habitantes y circulan más de 30 millones de automóviles.
Hace apenas unos años, nuestros vecinos siempre eran citados como un mal ejemplo en seguridad vial. En 1972, según datos del Gobierno francés, morían en sus carreteras 16.617 personas.
Es casi un milagro.

No podía ser de otra manera. Un 14 de julio, esta vez de 2002, cuando los franceses celebraban su “Toma de la Bastilla”, el presidente de la República, Jacques Chirac, hacía con tono desafiante estas declaraciones: “La inseguridad vial, que tanto aqueja a los franceses, es indigna en un país moderno”.

La lucha contra la inseguridad viaria se convertía en una “causa nacional”. En las carreteras francesas se empezaba a aplicar la mano dura.

En 2002, ya hubo un pequeño retroceso del número de víctimas, pero ha habido que esperar a que termine 2003 (el primer año de plena aplicación de la política de Chirac de tolerancia cero contra la “criminalidad al volante”) para conseguir que los franceses circulen –como aseguran los expertos- bajo el “síndrome del miedo al gendarme”.

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