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Land Rover Defender Black

Bajo el apelativo «Defender Black» se esconde una especial versión del Land Rover Defender Td5, que con el carácter de edición limitada, añade a los enormes «poderes off-road» de este mito del todo terreno su exclusivo equipamiento, que busca aportar al modelo un cierto lujo, a la vez que potenciar su imagen aventurera.

Land Rover Defender Black
Land Rover Defender Black

Siguiendo el camino iniciado en su día por Land Rover con sus Defender County, Extreme o Tomb Raider, llega ahora a nuestro mercado una nueva versión de este icono dentro del mundo del todo terreno, bautizada como «Defender Black». Un modelo que, como los anteriores, nace con el marchamo de exclusividad que le otorga el hecho de que sólo 40 compradores podrán acceder a él en nuestro país. Con respecto a este nuevo intento de mantener el interés del comprador por un producto que es ya todo un clásico entre los de su especie, los técnicos de la firma inglesa han optado en esta ocasión por apostar por un aparente contrasentido. Y decimos contrasentido porque debemos reconocer que a los más puristas les resultará cuando menos chocante ver a todo un «duro» del todo terreno, como el Defender, tocado por la varita mágica del lujo. Pero que no se asusten sus incondicionales, porque este Defender sigue siendo un Defender. Además, esta reconversión a vehículo de «alto standing» no se aprecia a primera vista, ya que el coche sigue ofreciendo esa imagen robusta que tanto atrae a sus incondicionales. Eso sí, aderezada con toda una serie de elementos que incluso refuerzan su apariencia aventurera. Respecto a esta personalización, se inicia con una carrocería pintada en un exclusivo tono negro Java —de ahí su apelativo «Black»—, se continúa con las llantas de aleación, los numerosos paneles de aluminio que protegen la parte superior de las aletas delanteras, los bajos de la carrocería, e incluso las enormes barras laterales que utiliza como robustas estriberas, y se cierra con unas espectaculares barras de protección exteriores pintadas en un tono plateado que contrasta vivamente con el color de la carrocería. Por cierto, con respecto a este último elemento, debemos dejar claro que no son unas auténticas barras antivuelco, ya que sólo tienen la misión de proteger el parabrisas y la parte frontal superior de la carrocería del posible golpeo contra las ramas de los árboles del camino, y poco más. En el interior tampoco cambian mucho las cosas en cuanto a sus formas y distribución, aunque sí lo hacen en cuanto a los materiales y a alguno de los elementos que se incorporan, y que son los que se encargan de aportar ese comentado mayor «caché». Para empezar, en su equipamiento de serie se dispone de asientos forrados en piel, aire acondicionado, y también desaparecen los incómodos elevalunas manuales, que son sustituidos por otros eléctricos accionados mediante dos botones dispuestos en la nueva consola central. Incluso los ocupantes disfrutarán de la música de un equipo de radio con reproductor de CD. Además y por si esto fuera poco, se han sustituido los tradicionales pomos de las palancas de cambios y reductora por otros de aluminio pulido, mientras que los biseles de los relojes de la instrumentación disponen de un cerco cromado que les proporciona un aspecto menos rústico. Eso sí, la distribución de los diferentes mandos, pedales y palancas que afectan a la conducción, siguen igual que hace años, y, como en los anteriores modelos, están muy lejos de lo que se considera ergonómicamente correcto. El volante y los pedales se encuentran descentrados respecto del asiento; el brazo izquierdo del conductor apenas tiene sitio para maniobrar; el embrague resulta duro; el pedal del acelerador hay que pisarlo más que empujarlo, lo que cansa rápidamente el pie derecho; los mandos de la calefacción y la distribución del flujo de aire son arcaicos, y la palanca de cambios tiene un tacto hosco, unos recorridos largos, y, sobre todo, un sincro de segunda velocidad con una desagradable fijación por «rascar» a la más mínima oportunidad que le dé el conductor. El resto de los pasajeros no están mucho mejor tratados, ya que el copiloto apenas tiene espacio para sus pies y el distribuidor del aire acondicionado queda peligrosamente cerca de su espinilla, mientras que los pasajeros de las plazas traseras disponen de cuatro transportines absolutamente esquemáticos, y además con poca altura libre al techo si se disfruta de una talla relativamente alta. No obstante, el Defender, pese a esta ligera reconversión a coche de «alto standing» no nació para complacer a los espíritus pusilánimes, y por encima de todo sigue siendo un «duro» hecho para duros, con todos sus defectos, pero también con todas sus virtudes. Y precisamente entre estas últimas destacan no solo su cinco cilindros turbodiesel de 2,5 litros, que le permite un andar bastante desahogado, aunque con unos consumos algo altos, sino, sobretodo, las excelentes dotes camperas que le proporciona su tradicional configuración técnica: chasis de largueros, dobles ejes rígidos, caja de cambios con reductoras cortísimas. Una configuración que, hoy por hoy, lo sitúa entre los mejores TT del mercado. Eso sí, aunque su comportamiento es excelente tanto nos movamos por pista como por carretera, este coche no ha nacido para realizar grandes desplazamientos por este último terreno. La magnitud de los ruidos aerodinámicos y mecánicos es tan importante, y las suspensiones son tan secas, que hacen incómodos los desplazamientos de muchos kilómetros, incluso aunque se ruede por carreteras de primer nivel.