Opel Speedster

Hay algo en el Speedster que engancha irremediablemente. Guiado únicamente por los sentidos, uno nunca llegaría a saber qué es. El poder adictivo de este endemoniado vehículo tiene que ver con los sentimientos, con las sensaciones únicas que se experimenta cuando se va en él a gran velocidad.

Opel Speedster
Opel Speedster

La guinda del pastel la ponen al alimón la dirección y el cambio. Uno no sabe con cuál de los dos quedarse. Quizá el cambio, por el espectacular tacto “racing" de su mando por cables. El buen aficionado se enamorará del crujido metálico que emiten esos cables al cambiar de marcha. Pero, sobre todo, se prendará con lo bien escalonado de sus relaciones y la sabia elección de los desarrollos. Tampoco le defraudará la dirección. Un mínimo volante Momo da acceso a una dirección rapidísima. Al mínimo giro de la rosca, el coche tuerce y, si el firme no es muy bueno, hay que sujetar con fuerza el Momo para mantener la trayectoria, porque el conjunto director se vuelve tan sensible como un metrónomo. Lo mismo sucede en zonas muy rápidas, como autopistas. Con tan poco peso sobre el eje delantero, da la sensación de que el morro flota y no va a obedecer. Pero es sólo una sensación, porque la docilidad es marca de la casa. Sin embargo, cuando se unen zonas reviradas y firme liso, la el comportamiento de la dirección es de auténtico monoplaza de carreras.

De nuevo surgen las contrapartidas, porque, en ciudad, y sin servodirección, las maniobras a baja velocidad se vuelven un penar. No hablemos de aparcar con tan poca capacidad de giro y casi sin visibilidad... Que la dosis de diversión que embriaga cuando se conduce el Speedster no nos cierre del todo los ojos. El coche tiene sus pegas, muchas. Ya hemos hablado de lo incómodo que es, con asientos que sujetan muy bien pero que son como tablas. Pero, además, la postura al volante es un tanto forzada para personas de poca talla, los dos ocupantes van tan pegados que se tocan constantemente, los mandos son duros, el maletero es un amago, la capota de lona ajusta poco y el ruido del viento es sofocante. Sin la capota, el Speedster se disfruta mejor, pero eso no redime el mal acabado del techo, cuya única bondad es la facilidad para ponerlo y quitarlo. Tampoco redime a los malos acabados interiores. Los plásticos no están a la altura de los más de cinco millones de pesetas que cuesta y la sensación general del habitáculo no es muy positiva. Lo mismo en el exterior, donde hay zonas, como la pintura interior de los faros delanteros, que se levanta con facilidad. No se piden lujos, ni acabados en madera, pero sí una factura algo más esmerada. Opel podría haber trabajado más este aspecto, pero ha preferido esforzarse en la esencia. Puro zumo deportivo para un coche que emborracha. Tras conducirlo, nadie podrá decir que se queda indiferente. Nadie podrá sustraerse al endemoniado influjo de este coche para entendidos.