BMW M3 SMG

Rapidísimo como pocos coches, con un endiablado paso por curva y estabilidad en carretera, muy atractivo, más efectivo que muchos deportivos… es imposible huir de enumerar las virtudes del M3 y dejarse atrapar por la dulce embriaguez que produce su conducción. Con el cambio SMG II es, además, fácil y divertido de conducir. ¿Y el precio? Si llega a importar, no somos merecedores de tanta tecnología.

BMW M3 SMG
BMW M3 SMG

Las referencias de la velocidad que habitualmente tenemos sobre coches rápidos adquieren en el M3 otra dimensión por el mero hecho de que éste todo lo hace extremadamente rápido, algo que deja de ser impresionante cuando sabemos que hay 343 CV debajo del capó, una cifra suficiente incluso para hacer veloz un coche relativamente pesado. El M3 pesa oficialmente 1.570 kg.No es un peso pluma, aunque tampoco un peso pesado, pero con 343 CV la relación peso/potencia (4,5 kg/CV) es más que buena. Hay algunos elementos que son de aluminio, como el capó delantero, para bajarle kilos. Sin embargo, la gran aceleración (de 0 a 100 km/h en 5,4 segundos) sencillamente impresiona, aunque haya otros coches –pocos– que lo hagan igual o incluso mejor. Sólo hay que imaginarse que hay que empezar a coordinar bien mientras se acelera, se visualiza el camino a seguir y se mantiene el propio control del coche; todo a la vez. Y como el 0 a 100 km/h es la cifra ineludible, esta vez no iba a ser menos.

El estupendo par disponible (373 Nm a 7.840 rpm,), otro detalle del que es imposible no hacer mención, permite que en cualquier velocidad el motor empuje siempre con fuerza, pues ya hay mucho de éste a bajas vueltas. Sube hasta algo más de 8.000 vueltas, algo que no es muy habitual en coches de calle, pero lo más impresionante es que, si llegamos hasta ahí en cualquier marcha, teniendo en cuenta que todavía hay empuje, es que o vamos muy rápido o queremos ir más rápido todavía, porque se puede cambiar tranquilamente mucho antes y seguir yendo rápido: el sonido del motor/escape es entonces también impresionante o, más bien, estimulante, porque no molesta, pero incita a más porque va proporcional al empuje.

El cuentarrevoluciones también aporta su granito de arena en toda esta historia para hacernos sentir que estamos ante algo muy especial, porque las luces que aparecen cuando llegamos al sobrerrégimen (la habitual zona roja) son muy llamativas: incluso llegan a iluminarse hacia atrás si persistimos en sentir el corte de inyección. Con este coche hay que tenerle miedo a los mal impuestos límites de velocidad genéricos, porque sencillamente se quedan ridículos; mínimos para esta máquina. Y saltan a relucir más cosas: que sobre asfalto de autovía nuevo se llega incluso con desilusión a la velocidad máxima que puede desarrollar por potencia, porque pediríamos más todavía, muy por encima de la supuesta limitación a 250 km/h –que nunca nos ha aparecido–; y que, cuando se rueda por autovías ya con sus años encima, se empieza a pensar que ésa no es la solución definitiva a unas buenas vías de alto rendimiento. Por consecuencia, conduciendo el coche también se nos “ha ocurrido" que sería un perfecto aparato de control de calidad para los pavimentos de las nuevas concesiones de autovías y que a más de uno le asombraría comprobar lo fácil que es rodar muy por encima de la velocidad máxima permitida con el único miedo de encontrarse un control de velocidad. Bastaría sólo con llevarlo rápido y darse cuenta de cómo los ingenieros han hecho sus cálculos y el resultado final real.