Comparativa: Opel Astra 2.2 Dti / Renault Mégane 1.9 dCi

Hasta ahora tanto Opel como Renault habían sido reacias a incluir en sus gamas medias motores turbodiesel con una cifra de potencia elevada. Todo eso es historia, Opel estrena en el Astra su Dti 2.2 con 125 CV y Renault en su novedoso Mégane incorpora el motor 1.9 dCi con 120 CV de potencia.
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Comparativa: Opel Astra 2.2 Dti / Renault Mégane 1.9 dCi
Comparativa: Opel Astra 2.2 Dti / Renault Mégane 1.9 dCi

Los tiempos mandan y todo parece apuntar a que, para estar en consonancia con ellos, hay que disponer en el escaparate de un motor turbodiesel que anuncie una cifra de potencia por encima de los 100 CV, al menos en las berlinas del segmento en el que están estos dos automóviles que hoy comparamos. Esta situación era una de las carencias que se encontraban tanto en la gama del Astra como del Mégane que, hasta ahora, ofrecían potencias máximas de 100 y 105 CV de potencia respectivamente en sus motores turbodiesel.

Ambos motores cuentan con inyección directa Diesel y, en el caso del Mégane, con conducto común y turbocompresor de geometría variable. Por eso el motor del Astra resulta algo más "áspero", sobre todo al ralentí o a baja velocidad, donde se nota un ruido y vibraciones que en el Mégane no son tan apreciables. Todas estas apreciaciones se olvidan "de golpe" cuando se pisa el pedal del acelerador con decisión. En ese instante las ruedas hacen todo lo que pueden por agarrarse al asfalto y el control de tracción tiene que trabajar duro para que la adherencia de los neumáticos sea la mayor posible, porque el Astra sale "disparado" con una velocidad destacable. Las marchas se acaban con rapidez y hay que ir haciendo uso intensivo de la palanca de cambios, ya que el cuentarrevoluciones sube con inmediatez hasta pasadas las 4.500 rpm. La palanca de cambios cuenta en esta versión con menor recorrido, lo que se agradece, aunque no es todo lo rápida y precisa que sería deseable para estar en consonancia con las prestaciones del motor. En el Mégane es todo más suave y dulce que en el Astra. El motor gana vueltas también con mucha rapidez, sube por encima de las 4.500 rpm con bastante facilidad y responde muy bien a bajo régimen. Además, el tacto, rapidez y manejo de la palanca de cambios es mucho más acertado que el de su rival, a lo que hay que sumar la presencia de una relación más. Esta circunstancia permite montar un grupo más corto y unas relaciones del cambio más largas en las dos primeras marchas —se dulcifica el funcionamiento del motor—, mantener 3ª y 4ª prácticamente idénticas a las del Opel y, cuando en el Astra se nos han acabado las marchas, en el Mégane contamos con una más que sirve para ir a la misma velocidad que su rival, consumiendo menos —sólo sobre el papel— y, sobre todo, haciendo bastante menos ruido, que eso sí sucede. Y este es un apartado que no conviene dejar pasar por alto ya que en el Mégane se puede viajar muy deprisa y mantener una conversación sin tener que levantar la voz. Fuera del rango 80-130 km/h los ruidos en el Astra reducen bastante el confort interior.

El motor del Astra cuenta con una mayor cilindrada que la de su rival lo que, en principio, debería darle una ventaja clara a la hora de enfrentarse contra el tiempo. Las aceleraciones son fulgurantes, pero es que las recuperaciones lo son más aún, dejando al Mégane en todas las mediciones en un segundo término, con diferencias bastante importantes en el ejercicio de adelantamiento, lo que supone un claro punto a favor del motor Dti del Astra. En el apartado de consumo únicamente es en el recorrido urbano donde el Astra penaliza con respecto al Mégane —algo más de 1 l/100 km—, una diferencia importante, pero no tan significativa como el hecho de que en carretera, incluso con una marcha menos, el Astra necesite menos combustible en unas condiciones similares de uso. Quizá por eso los 60 litros de depósito del Mégane. Nos reafirmamos en la idea de que la aerodinámica en Renault ha quedado a un lado —su Cx lo demuestra—, insistiendo en la aeroacústica.

A la hora de salir a carretera, el Mégane vuelve a hacer gala de la suavidad y confort de marcha que se aprecia en el resto del coche. Las suspensiones filtran con total perfección las irregularidades del terreno y el coche hace gala de un aplomo destacable en todo tipo de trazados. Y todo ello a pesar de que la dirección con asistencia eléctrica no pone nada de su parte restando eficacia a un conjunto que podría calificarse de excelente si no fuera por este elemento. Y es que resulta difícil hacer una trazada de un solo movimiento a poco que el asfalto no esté completamente liso, porque en cuanto las ruedas delanteras se mueven lo más mínimo se cambia el grado de asistencia, con lo que hay que ir corrigiendo sobre la marcha casi constantemente. Una pena porque el Mégane permite rodar muy deprisa con un alto grado de confort y, sobre todo, con una sensación de seguridad elevada. También hay que apuntar que en nuestra unidad de pruebas montaba unos neumáticos y llantas de mayores dimensiones que las de serie, lo que permite una mejor pisada y, por consiguiente, una mejora sensible en cuanto al comportamiento dinámico se refiere. El Astra ha mejorado en su concepción de suspensiones, aunque sigue manteniendo una falta de firmeza en el tarado de las mismas, que afectan, sobre todo cuando circulamos por terreno irregular. A pesar de ello, esta versión mantiene un grado de equilibrio que no había en anteriores variantes. El paso por curva resulta muy rápido, la trazada se puede realizar con bastante fidelidad y, en conjunto, nos ofrece un buen comportamiento dinámico, que nos permite circular deprisa por zonas viradas sin muchos problemas. La fuerza del motor obliga a trabajar, y mucho, al control de tracción, incluso cuando vamos en marchas largas, y es que la potencia del motor pone en muchos aprietos al eje delantero si nos empeñamos en exprimir al máximo su potencial.

En el apartado de frenos hay que hacer una reseña al sistema de ayuda a la frenada que lleva el Mégane. Bien es cierto que las distancias que hemos obtenido son de notable alto -no en vano declaran haber diseñado el sistema para superar las pruebas de “fading” de nuestro centro técnico-, pero en el uso cotidiano resulta un tanto engorroso el hecho de que cada vez que pisamos un poquito más el freno, el coche nos “interprete” y frene más de lo que nosotros queremos. Esto es particularmente molesto en ciudad, donde esta ayuda al frenado llega a sacar de quicio al conductor y acompañantes en muchas ocasiones.

El Mégane cuenta con un equipamiento de serie más completo que su rival, resulta muy confortable aunque, eso sí, es ligeramente más caro que el Opel y su estética no deja indiferente a nadie. El Astra ofrece unas prestaciones ciertamente elevadas, cuenta con un buen equipamiento de serie, tiene una destacable capacidad de maletero y cuenta con un precio muy ajustado. Eso sí, con él no se destaca del resto de los vehículos con los que rodamos todos los días entre el tráfico.

Los tiempos mandan y todo parece apuntar a que, para estar en consonancia con ellos, hay que disponer en el escaparate de un motor turbodiesel que anuncie una cifra de potencia por encima de los 100 CV, al menos en las berlinas del segmento en el que están estos dos automóviles que hoy comparamos. Esta situación era una de las carencias que se encontraban tanto en la gama del Astra como del Mégane que, hasta ahora, ofrecían potencias máximas de 100 y 105 CV de potencia respectivamente en sus motores turbodiesel.

Ambos motores cuentan con inyección directa Diesel y, en el caso del Mégane, con conducto común y turbocompresor de geometría variable. Por eso el motor del Astra resulta algo más "áspero", sobre todo al ralentí o a baja velocidad, donde se nota un ruido y vibraciones que en el Mégane no son tan apreciables. Todas estas apreciaciones se olvidan "de golpe" cuando se pisa el pedal del acelerador con decisión. En ese instante las ruedas hacen todo lo que pueden por agarrarse al asfalto y el control de tracción tiene que trabajar duro para que la adherencia de los neumáticos sea la mayor posible, porque el Astra sale "disparado" con una velocidad destacable. Las marchas se acaban con rapidez y hay que ir haciendo uso intensivo de la palanca de cambios, ya que el cuentarrevoluciones sube con inmediatez hasta pasadas las 4.500 rpm. La palanca de cambios cuenta en esta versión con menor recorrido, lo que se agradece, aunque no es todo lo rápida y precisa que sería deseable para estar en consonancia con las prestaciones del motor. En el Mégane es todo más suave y dulce que en el Astra. El motor gana vueltas también con mucha rapidez, sube por encima de las 4.500 rpm con bastante facilidad y responde muy bien a bajo régimen. Además, el tacto, rapidez y manejo de la palanca de cambios es mucho más acertado que el de su rival, a lo que hay que sumar la presencia de una relación más. Esta circunstancia permite montar un grupo más corto y unas relaciones del cambio más largas en las dos primeras marchas —se dulcifica el funcionamiento del motor—, mantener 3ª y 4ª prácticamente idénticas a las del Opel y, cuando en el Astra se nos han acabado las marchas, en el Mégane contamos con una más que sirve para ir a la misma velocidad que su rival, consumiendo menos —sólo sobre el papel— y, sobre todo, haciendo bastante menos ruido, que eso sí sucede. Y este es un apartado que no conviene dejar pasar por alto ya que en el Mégane se puede viajar muy deprisa y mantener una conversación sin tener que levantar la voz. Fuera del rango 80-130 km/h los ruidos en el Astra reducen bastante el confort interior.

El motor del Astra cuenta con una mayor cilindrada que la de su rival lo que, en principio, debería darle una ventaja clara a la hora de enfrentarse contra el tiempo. Las aceleraciones son fulgurantes, pero es que las recuperaciones lo son más aún, dejando al Mégane en todas las mediciones en un segundo término, con diferencias bastante importantes en el ejercicio de adelantamiento, lo que supone un claro punto a favor del motor Dti del Astra. En el apartado de consumo únicamente es en el recorrido urbano donde el Astra penaliza con respecto al Mégane —algo más de 1 l/100 km—, una diferencia importante, pero no tan significativa como el hecho de que en carretera, incluso con una marcha menos, el Astra necesite menos combustible en unas condiciones similares de uso. Quizá por eso los 60 litros de depósito del Mégane. Nos reafirmamos en la idea de que la aerodinámica en Renault ha quedado a un lado —su Cx lo demuestra—, insistiendo en la aeroacústica.

A la hora de salir a carretera, el Mégane vuelve a hacer gala de la suavidad y confort de marcha que se aprecia en el resto del coche. Las suspensiones filtran con total perfección las irregularidades del terreno y el coche hace gala de un aplomo destacable en todo tipo de trazados. Y todo ello a pesar de que la dirección con asistencia eléctrica no pone nada de su parte restando eficacia a un conjunto que podría calificarse de excelente si no fuera por este elemento. Y es que resulta difícil hacer una trazada de un solo movimiento a poco que el asfalto no esté completamente liso, porque en cuanto las ruedas delanteras se mueven lo más mínimo se cambia el grado de asistencia, con lo que hay que ir corrigiendo sobre la marcha casi constantemente. Una pena porque el Mégane permite rodar muy deprisa con un alto grado de confort y, sobre todo, con una sensación de seguridad elevada. También hay que apuntar que en nuestra unidad de pruebas montaba unos neumáticos y llantas de mayores dimensiones que las de serie, lo que permite una mejor pisada y, por consiguiente, una mejora sensible en cuanto al comportamiento dinámico se refiere. El Astra ha mejorado en su concepción de suspensiones, aunque sigue manteniendo una falta de firmeza en el tarado de las mismas, que afectan, sobre todo cuando circulamos por terreno irregular. A pesar de ello, esta versión mantiene un grado de equilibrio que no había en anteriores variantes. El paso por curva resulta muy rápido, la trazada se puede realizar con bastante fidelidad y, en conjunto, nos ofrece un buen comportamiento dinámico, que nos permite circular deprisa por zonas viradas sin muchos problemas. La fuerza del motor obliga a trabajar, y mucho, al control de tracción, incluso cuando vamos en marchas largas, y es que la potencia del motor pone en muchos aprietos al eje delantero si nos empeñamos en exprimir al máximo su potencial.

En el apartado de frenos hay que hacer una reseña al sistema de ayuda a la frenada que lleva el Mégane. Bien es cierto que las distancias que hemos obtenido son de notable alto -no en vano declaran haber diseñado el sistema para superar las pruebas de “fading” de nuestro centro técnico-, pero en el uso cotidiano resulta un tanto engorroso el hecho de que cada vez que pisamos un poquito más el freno, el coche nos “interprete” y frene más de lo que nosotros queremos. Esto es particularmente molesto en ciudad, donde esta ayuda al frenado llega a sacar de quicio al conductor y acompañantes en muchas ocasiones.

El Mégane cuenta con un equipamiento de serie más completo que su rival, resulta muy confortable aunque, eso sí, es ligeramente más caro que el Opel y su estética no deja indiferente a nadie. El Astra ofrece unas prestaciones ciertamente elevadas, cuenta con un buen equipamiento de serie, tiene una destacable capacidad de maletero y cuenta con un precio muy ajustado. Eso sí, con él no se destaca del resto de los vehículos con los que rodamos todos los días entre el tráfico.

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