BMW M3 / BMW M5

Míticas, musculosas, majestuosas, macizas, mágicas, magistrales, magnéticas, magníficas, maravillosas, monumentales. Todos epítetos que empiezan por m, perfectamente adjudicables a la sin par oferta M de BMW.
Autopista -
BMW M3 / BMW M5
BMW M3 / BMW M5

Conducir buscando el límite de esta máquina -que dirían los italianos- es un examen para la mayoría de los mortales con carné de conducir. Un auténtico examen de reválida. Y no únicamente por la exigencia mental que requiere tratar de aprovechar sus impresionantes posibilidades sobre la carretera, sino también porque, si no se está en un buen tono físico, en media hora de conducción deportiva, el M3 te puede dejar agotado. La dureza de suspensión, asociada con unos asientos que tampoco ceden un milímetro ante nuestro peso, va pasando factura con el devenir de los kilómetros y la velocidad con que las curvas -freno, reducción, cambio de trayectoria- se suceden -aceleración, trabajo sobre el volante y cambio de marcha- y ponen en jaque nuestra mente y cuerpo. ¡Uf!, afortunadamente, el control electrónico de estabilidad desequilibra el comportamiento del coche hasta volverlo suavemente subvirador, esto es, algo más confortable de conducir que si fuera absolutamente neutro o sobrevirador. Para los masoquistas, o los más puristas, esta posibilidad puede experimentarse con sólo desconectar ese engendro mecánico/electrónico cuya misión consiste en mantener el M3 en trayectoria. En esas condiciones, el sudor aflora a las palmas de las manos, que tratan con vehemencia de manejar el grueso aro del volante para ajustar la trayectoria de las salidas de las curvas sin que la zaga se desmande ante la llegada en tropel de semejante caballería. Todo un regalo para los amantes de la conducción deportiva en su más depurada esencia. Y un título de maestro de la conducción, si superamos la prueba con éxito.

Extendernos en todo lo que hace bien este M3 podría llenar varias páginas más, pero tampoco es el caso. La cercanía a la perfección flota en el ambiente, desde el mismo momento en que te subes a él hasta en el que, algo dolorido, acabas los varios cientos de kilómetros que te has propuesto hacer a sus mandos y paras a llenar el depósito. Porque, eso sí, no sólo maltrata con cierta rudeza tu cuerpo sino también tu cartera a la hora de repostar. No sólo trabaja, preferiblemente, con gasolina de 98 octanos sino que, en conducción deportiva, se la traga con la misma facilidad con que un estudiante consume litronas el día de final de curso. Y dado el volumen de su depósito de combustible, las paradas para repostar tienen una frecuencia poco usual.

Si el detalle del confort te ha llegado muy profundo, la solución es bien sencilla. Por unos tres millones de pesetas más, el M5 te tratará con más dulzura sin que la velocidad a la que pasan los árboles se reduzca lo más mínimo. Para lanzar este monstruo a romper las barreras del espacio/tiempo se eligió un motor V8 de casi cinco litros y 400 CV de potencia. Esta configuración, que en su momento se rumoreó para el recién nacido M3 y que fue desechada por el exceso de peso que desequilibraría su reparto en el Serie 3, se demuestra más adaptada para un modelo del porte y filosofía de este M5.

No es necesario buscar tanta potencia específica, con poco más de 80 CV/litro resulta suficiente, pero la afluencia de poder es todavía mayor. Este propulsor ya eroga 30 mkg a sólo 1.250 rpm y los cuarenta los consigue a 2.000 vueltas. Por encima de esa cifra se mantiene hasta casi las 7.000 rpm. No está nada mal. La traducción en hechos se concreta en una formidable capacidad de empuje y aceleración, sin necesidad de buscar un determinado régimen de motor. La fuerza siempre está ahí, no importa la marcha enclavada ni la posición de la aguja del cuentarrevoluciones.

De hecho, los 250 km/h de punta limitada voluntariamente se antojan escasos por la facilidad con que el M5 llega hasta ellos. En esta berlina de apariencia casi inofensiva, el tiempo y los kilómetros pierden su sentido, porque se acortan como aplastados por una magia invisible, magia que se encuentra bajo el capó delantero de esta excepcional máquina.

La electrónica se encarga de que un bastidor, ya con unos años a sus espaldas, digiera esta avalancha de fuerza sin que el conductor pierda la salud, al menos la mental. Eso sí, al inmiscuir a esta hiperpotente berlina en retorcidas carreteras de montaña, su nada despreciable peso comienza a dejarse notar con inercias tan sentidas como la impresionante velocidad con que cambia de apoyo para negociar una tras otra las curvas del camino.

Pese a que el sonido del motor se ha dejado que llegue tan libremente a los oídos de los ocupantes como en su hermano, el M3, el confort de marcha en el M5 es algo superior y, aunque a primera vista los asientos son casi idénticos, nos hemos encontrado bastante más confortables tras un buen número de kilómetros en los de esta berlina.

Generalizar, dicen, no es acertado. Sin embargo, sobre estos dos modelos, nacidos de una misma filosofía deportiva, sí creemos que podemos hacer descender un halo genérico de calidad y dinamismo que los hacen únicos en el mercado. Más radicales que sus rivales de Mercedes y Audi, los M de BMW están destinados a los fanáticos de la eficacia, de la pureza, de la raza. En fin, a los fanáticos de BMW.

Conducir buscando el límite de esta máquina -que dirían los italianos- es un examen para la mayoría de los mortales con carné de conducir. Un auténtico examen de reválida. Y no únicamente por la exigencia mental que requiere tratar de aprovechar sus impresionantes posibilidades sobre la carretera, sino también porque, si no se está en un buen tono físico, en media hora de conducción deportiva, el M3 te puede dejar agotado. La dureza de suspensión, asociada con unos asientos que tampoco ceden un milímetro ante nuestro peso, va pasando factura con el devenir de los kilómetros y la velocidad con que las curvas -freno, reducción, cambio de trayectoria- se suceden -aceleración, trabajo sobre el volante y cambio de marcha- y ponen en jaque nuestra mente y cuerpo. ¡Uf!, afortunadamente, el control electrónico de estabilidad desequilibra el comportamiento del coche hasta volverlo suavemente subvirador, esto es, algo más confortable de conducir que si fuera absolutamente neutro o sobrevirador. Para los masoquistas, o los más puristas, esta posibilidad puede experimentarse con sólo desconectar ese engendro mecánico/electrónico cuya misión consiste en mantener el M3 en trayectoria. En esas condiciones, el sudor aflora a las palmas de las manos, que tratan con vehemencia de manejar el grueso aro del volante para ajustar la trayectoria de las salidas de las curvas sin que la zaga se desmande ante la llegada en tropel de semejante caballería. Todo un regalo para los amantes de la conducción deportiva en su más depurada esencia. Y un título de maestro de la conducción, si superamos la prueba con éxito.

Extendernos en todo lo que hace bien este M3 podría llenar varias páginas más, pero tampoco es el caso. La cercanía a la perfección flota en el ambiente, desde el mismo momento en que te subes a él hasta en el que, algo dolorido, acabas los varios cientos de kilómetros que te has propuesto hacer a sus mandos y paras a llenar el depósito. Porque, eso sí, no sólo maltrata con cierta rudeza tu cuerpo sino también tu cartera a la hora de repostar. No sólo trabaja, preferiblemente, con gasolina de 98 octanos sino que, en conducción deportiva, se la traga con la misma facilidad con que un estudiante consume litronas el día de final de curso. Y dado el volumen de su depósito de combustible, las paradas para repostar tienen una frecuencia poco usual.

Si el detalle del confort te ha llegado muy profundo, la solución es bien sencilla. Por unos tres millones de pesetas más, el M5 te tratará con más dulzura sin que la velocidad a la que pasan los árboles se reduzca lo más mínimo. Para lanzar este monstruo a romper las barreras del espacio/tiempo se eligió un motor V8 de casi cinco litros y 400 CV de potencia. Esta configuración, que en su momento se rumoreó para el recién nacido M3 y que fue desechada por el exceso de peso que desequilibraría su reparto en el Serie 3, se demuestra más adaptada para un modelo del porte y filosofía de este M5.

No es necesario buscar tanta potencia específica, con poco más de 80 CV/litro resulta suficiente, pero la afluencia de poder es todavía mayor. Este propulsor ya eroga 30 mkg a sólo 1.250 rpm y los cuarenta los consigue a 2.000 vueltas. Por encima de esa cifra se mantiene hasta casi las 7.000 rpm. No está nada mal. La traducción en hechos se concreta en una formidable capacidad de empuje y aceleración, sin necesidad de buscar un determinado régimen de motor. La fuerza siempre está ahí, no importa la marcha enclavada ni la posición de la aguja del cuentarrevoluciones.

De hecho, los 250 km/h de punta limitada voluntariamente se antojan escasos por la facilidad con que el M5 llega hasta ellos. En esta berlina de apariencia casi inofensiva, el tiempo y los kilómetros pierden su sentido, porque se acortan como aplastados por una magia invisible, magia que se encuentra bajo el capó delantero de esta excepcional máquina.

La electrónica se encarga de que un bastidor, ya con unos años a sus espaldas, digiera esta avalancha de fuerza sin que el conductor pierda la salud, al menos la mental. Eso sí, al inmiscuir a esta hiperpotente berlina en retorcidas carreteras de montaña, su nada despreciable peso comienza a dejarse notar con inercias tan sentidas como la impresionante velocidad con que cambia de apoyo para negociar una tras otra las curvas del camino.

Pese a que el sonido del motor se ha dejado que llegue tan libremente a los oídos de los ocupantes como en su hermano, el M3, el confort de marcha en el M5 es algo superior y, aunque a primera vista los asientos son casi idénticos, nos hemos encontrado bastante más confortables tras un buen número de kilómetros en los de esta berlina.

Generalizar, dicen, no es acertado. Sin embargo, sobre estos dos modelos, nacidos de una misma filosofía deportiva, sí creemos que podemos hacer descender un halo genérico de calidad y dinamismo que los hacen únicos en el mercado. Más radicales que sus rivales de Mercedes y Audi, los M de BMW están destinados a los fanáticos de la eficacia, de la pureza, de la raza. En fin, a los fanáticos de BMW.

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