Audi RS6 / BMW M5

850 CV en conjunto, velocímetros que se estiran hasta más allá de los 300 km/h y una imagen engañosamente inofensiva. ¿Cuánto más cerca se puede estar del pecado?
Autopista -
Audi RS6 / BMW M5
Audi RS6 / BMW M5

Richard Gere, Claudia Schiffer, ¿quién podría resistirse a una simple insinuación pecaminosa salida de sus bocas? Con un real paralelismo, ¿qué mortal sería capaz de hacerlo ante el sonido de los escapes de estas dos bestias y el potencial dinámico que sus mecánicas nos sugieren? En un mundo igualitario a la baja, donde el corsé restrictivo se enmascara bajo el síndrome de la seguridad, dos monstruos del asfalto como éstos se ven obligados a disimular sus personalidades para no crear insanas envidias y represalias autoritarias. Pero, mientras la superioridad no cercene nuestros sueños, todavía hay quienes nos ofertan maravillas técnicas como éstas.

El M5 de BMW se había erigido en dueño y señor del segmento de las berlinas ultrarrápidas, desde el mismo momento de la desaparición del E55 AMG de la extinta generación, pues la llegada del Jaguar S-Type R es demasiado reciente como para poner su cetro en duda y Mercedes todavía no da luz verde a su nuevo perro de presa en este segmento. Sin embargo, Audi, que ya poseía un buen bagaje de experiencia con sus S y RS, acaba de dar el aldabonazo anunciando 450 CV para su RS6. ¿Es sólo el sonido del trueno o esconde detrás un auténtico relámpago? Frente a la maravillosa sencillez del BMW, que se afana en afinar más y más la tecnología atmosférica de sus motores, Audi ha tomado el camino recto -que no siempre tiene por qué ser el más fácil- para buscar la derrota del enemigo de forma radical. A su motor de 4,2 litros, cubicaje cercano al del M5, optimizado en admisión y escape para la ocasión, le adosa dos turbocompresores con sus correspondientes intercambiadores de calor. Una avanzada gestión electrónica permite conjugar una elevada relación de compresión -9,8:1- con la sobrealimentación. Resultado: un empuje insultante en toda circunstancia. Una respuesta rápida al acelerador, que se traduce en una explicación práctica de su propia teoría de la relatividad, donde el tiempo y las distancias se comprimen en la misma proporción en que el conductor aprieta el acelerador. Llegar a explicar en un texto la manera en que el RS6 devora el espacio sería obra exclusiva de un maestro de la pluma. Sólo vale una referencia comparativa. Una vez conducido el Audi, al sentarse a los mandos del BMW, éste nos parece un coche lento. Sí, puede entenderse como una exageración, pero el M5 sólo se acerca a la capacidad de aceleración de su rival, si lo mantenemos constantemente en sus últimas 2.000 rpm de régimen útil, algo bastante difícil y que, además, el control de estabilidad y tracción se encarga de abortar con demasiada frecuencia.

En su lugar, la tracción quattro del Audi -bien ayudado por sus llantas de 19 pulgadas calzadas con neumáticos de primera- transmite al suelo la inmensa fuerza que sale de sus cilindros sin poner nunca en aprietos a los neumáticos. Y, si por gusto, lo llevamos a su límite de adherencia lateral, el equilibrio entre los trenes, obtenido, entre otras razones, gracias al uso del sistema DRC de compensación entre los amortiguadores, reduce la actuación del ESP al mínimo, pudiendo disfrutar de una conducción deportiva al límite, cosa que en el BMW no es posible, si no es con toda la parafernalia electrónica desconectada. Por cierto, esto último no se lo aconsejamos a nadie, porque lidiar con 400 CV en las ruedas traseras es jugar con fuego, en particular sobre rutas deslizantes. Eso sí, disfrutar con el impresionante poderío del Audi -capaz de acelerar de 80 a 120 km/h en poco más de tres segundos- supone un varapalo a la cartera. Y no sólo por el gasto de combustible -la cifra de 40 l/100 km en el display de consumo instantáneo es constante en cuanto apretamos un mínimo el acelerador- sino también por el de neumáticos -cerca de 2.500 euros el juego- que desgastan sus hombros de forma apreciable en cuanto tratamos de encauzar las casi dos toneladas del coche por senderos estrechos a alto ritmo.

Una de las bazas del Audi para obtener una capacidad dinámica tan espeluznante en toda circunstancia es la disponibilidad del cambio automático, con manejo secuencial manual, incluso aunque éste sólo tenga cinco relaciones. Mientras el BMW, con cambio manual de seis marchas, nos exige una conducción depurada para aprovechar todo su potencial, pues cuando el régimen de motor decae deja escapar irremisiblemente al Audi, en éste sólo hay que apretar el acelerador en el momento que atisbamos un mínimo de recta y el coche se lanzará furibundo hacia la curva más próxima a la velocidad del rayo. Tanto es así que, si la ruta se retuerce y manejamos el cambio con las palancas bajo el volante, es normal tener que contener nuestra excitación y subir de marcha sin dejar que el motor exceda de 5.000 rpm porque, simplemente, la carretera se nos acaba. El Audi RS6 es un coche que convierte las carreteras de montaña en simples veredas y las autopistas en tramos de rally. Una máquina de posibilidades estratosféricas que hay que manejar con la mente muy fría y el corazón a pleno rendimiento. Y todo esto sin que sus ocupantes sufran en exceso, sobre todo, si el asfalto es razonablemente liso. El confort de marcha, pese a la lógica rigidez de los reglajes de suspensión, se ve alterado más por las aceleraciones y frenadas así como por la fuerza centrífuga que se alcanza en marcha rápida, que por los traqueteos de suspensión o el nivel de ruido que se percibe en el habitáculo. De cara al conductor, nos ha gustado más el puesto de conducción del BMW, aunque ambos sean excelentes. Sin embargo, la necesidad de sujetar el cuerpo con sólo el brazo izquierdo en las frenadas, dado que el derecho se dedica a reducir de marcha con frecuencia, acaba cansándolo en no demasiados kilómetros. Esto, que es la primera vez que lo notamos, parece una exageración, pero no hay que hacer más que un par de cientos de kilómetros por carretera virada a fuerte ritmo en un M5 para entender de lo que hablamos.

Richard Gere, Claudia Schiffer, ¿quién podría resistirse a una simple insinuación pecaminosa salida de sus bocas? Con un real paralelismo, ¿qué mortal sería capaz de hacerlo ante el sonido de los escapes de estas dos bestias y el potencial dinámico que sus mecánicas nos sugieren? En un mundo igualitario a la baja, donde el corsé restrictivo se enmascara bajo el síndrome de la seguridad, dos monstruos del asfalto como éstos se ven obligados a disimular sus personalidades para no crear insanas envidias y represalias autoritarias. Pero, mientras la superioridad no cercene nuestros sueños, todavía hay quienes nos ofertan maravillas técnicas como éstas.

El M5 de BMW se había erigido en dueño y señor del segmento de las berlinas ultrarrápidas, desde el mismo momento de la desaparición del E55 AMG de la extinta generación, pues la llegada del Jaguar S-Type R es demasiado reciente como para poner su cetro en duda y Mercedes todavía no da luz verde a su nuevo perro de presa en este segmento. Sin embargo, Audi, que ya poseía un buen bagaje de experiencia con sus S y RS, acaba de dar el aldabonazo anunciando 450 CV para su RS6. ¿Es sólo el sonido del trueno o esconde detrás un auténtico relámpago? Frente a la maravillosa sencillez del BMW, que se afana en afinar más y más la tecnología atmosférica de sus motores, Audi ha tomado el camino recto -que no siempre tiene por qué ser el más fácil- para buscar la derrota del enemigo de forma radical. A su motor de 4,2 litros, cubicaje cercano al del M5, optimizado en admisión y escape para la ocasión, le adosa dos turbocompresores con sus correspondientes intercambiadores de calor. Una avanzada gestión electrónica permite conjugar una elevada relación de compresión -9,8:1- con la sobrealimentación. Resultado: un empuje insultante en toda circunstancia. Una respuesta rápida al acelerador, que se traduce en una explicación práctica de su propia teoría de la relatividad, donde el tiempo y las distancias se comprimen en la misma proporción en que el conductor aprieta el acelerador. Llegar a explicar en un texto la manera en que el RS6 devora el espacio sería obra exclusiva de un maestro de la pluma. Sólo vale una referencia comparativa. Una vez conducido el Audi, al sentarse a los mandos del BMW, éste nos parece un coche lento. Sí, puede entenderse como una exageración, pero el M5 sólo se acerca a la capacidad de aceleración de su rival, si lo mantenemos constantemente en sus últimas 2.000 rpm de régimen útil, algo bastante difícil y que, además, el control de estabilidad y tracción se encarga de abortar con demasiada frecuencia.

En su lugar, la tracción quattro del Audi -bien ayudado por sus llantas de 19 pulgadas calzadas con neumáticos de primera- transmite al suelo la inmensa fuerza que sale de sus cilindros sin poner nunca en aprietos a los neumáticos. Y, si por gusto, lo llevamos a su límite de adherencia lateral, el equilibrio entre los trenes, obtenido, entre otras razones, gracias al uso del sistema DRC de compensación entre los amortiguadores, reduce la actuación del ESP al mínimo, pudiendo disfrutar de una conducción deportiva al límite, cosa que en el BMW no es posible, si no es con toda la parafernalia electrónica desconectada. Por cierto, esto último no se lo aconsejamos a nadie, porque lidiar con 400 CV en las ruedas traseras es jugar con fuego, en particular sobre rutas deslizantes. Eso sí, disfrutar con el impresionante poderío del Audi -capaz de acelerar de 80 a 120 km/h en poco más de tres segundos- supone un varapalo a la cartera. Y no sólo por el gasto de combustible -la cifra de 40 l/100 km en el display de consumo instantáneo es constante en cuanto apretamos un mínimo el acelerador- sino también por el de neumáticos -cerca de 2.500 euros el juego- que desgastan sus hombros de forma apreciable en cuanto tratamos de encauzar las casi dos toneladas del coche por senderos estrechos a alto ritmo.

Una de las bazas del Audi para obtener una capacidad dinámica tan espeluznante en toda circunstancia es la disponibilidad del cambio automático, con manejo secuencial manual, incluso aunque éste sólo tenga cinco relaciones. Mientras el BMW, con cambio manual de seis marchas, nos exige una conducción depurada para aprovechar todo su potencial, pues cuando el régimen de motor decae deja escapar irremisiblemente al Audi, en éste sólo hay que apretar el acelerador en el momento que atisbamos un mínimo de recta y el coche se lanzará furibundo hacia la curva más próxima a la velocidad del rayo. Tanto es así que, si la ruta se retuerce y manejamos el cambio con las palancas bajo el volante, es normal tener que contener nuestra excitación y subir de marcha sin dejar que el motor exceda de 5.000 rpm porque, simplemente, la carretera se nos acaba. El Audi RS6 es un coche que convierte las carreteras de montaña en simples veredas y las autopistas en tramos de rally. Una máquina de posibilidades estratosféricas que hay que manejar con la mente muy fría y el corazón a pleno rendimiento. Y todo esto sin que sus ocupantes sufran en exceso, sobre todo, si el asfalto es razonablemente liso. El confort de marcha, pese a la lógica rigidez de los reglajes de suspensión, se ve alterado más por las aceleraciones y frenadas así como por la fuerza centrífuga que se alcanza en marcha rápida, que por los traqueteos de suspensión o el nivel de ruido que se percibe en el habitáculo. De cara al conductor, nos ha gustado más el puesto de conducción del BMW, aunque ambos sean excelentes. Sin embargo, la necesidad de sujetar el cuerpo con sólo el brazo izquierdo en las frenadas, dado que el derecho se dedica a reducir de marcha con frecuencia, acaba cansándolo en no demasiados kilómetros. Esto, que es la primera vez que lo notamos, parece una exageración, pero no hay que hacer más que un par de cientos de kilómetros por carretera virada a fuerte ritmo en un M5 para entender de lo que hablamos.

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