Citroën Xsara 2.0 HDi Exclusive 5p./ Nissan Almera 2.2 Di Luxury 5p. / Opel Astra 2.0 Dti Elegance 5p. / Renault Mégane

Líderes del segmento, los Xsara, Astra y Mégane ven peligrar su reinado con la aparición del recién llegado Nissan Almera. Éste compite con unas armas de lo más afiladas.
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Citroën Xsara 2.0 HDi Exclusive 5p./ Nissan Almera 2.2 Di Luxury 5p. / Opel Astra 2.0 Dti Elegance 5p. / Renault Mégane
Citroën Xsara 2.0 HDi Exclusive 5p./ Nissan Almera 2.2 Di Luxury 5p. / Opel Astra 2.0 Dti Elegance 5p. / Renault Mégane

Cada día está más difícil esto de inventar a la hora de presentar una novedad en el mercado. Y más en un segmento, como éste de los compactos, donde el precio tiene una importancia enorme y, en consecuencia, la sofisticación tiene un límite claro establecido por la terrible competencia comercial. El Nissan Almera juega bien sus cartas, empezando por un crecimiento de la carrocería para, a simple vista, codearse con los grandes de la categoría. Más largo, ancho y alto que la generación anterior, puesto al lado de sus rivales resulta incluso de aparente más volumen. A ello contribuye un diseño plagado de curvas y volúmenes con resalte visual. Sin embargo, ni su eficacia aerodinámica ni su lucha contra los sonidos procedentes de la ruptura aérea pueden situarlo en cabeza. Su Cx de 0,34 y los silbidos que se empiezan a notar entre los 110 y 120 km/h así lo atestiguan. Pero, en el fondo, ¿para qué sirve la carrocería? Para, además de a los elementos mecánicos, acoger a las personas y objetos que debe transportar. En este capítulo, de nuestros cuatro protagonistas, la palma se la lleva el Renault. Prácticamente, hay que olvidarse de las plazas delanteras, buenas en todos ellos, y para encontrar diferencias nos vamós detrás. Ahí, el Mégane sienta cátedra y es el único al que podría tildarse de cinco plazas, con sus 137 centímetros de anchura disponible. El Almera tampoco descolla en el espacio disponible para las piernas de los ocupantes traseros y adultos de talla media, que tocan con sus rodillas en el mullido respaldo delantero. También a la hora de cargar maletas es el Renault el más destacado, aunque sea por poco, por lo que, en conjunto, se lleva la palma en este apartado tan importante de cómo y cuánto puede acomodar en su interior. ¿Y con qué comodidad? La cuestión no es sólo ir de aquí para allá, sino también cómo quedamos al terminar el viaje. En este apartado influyen muchos más factores. Además de ir muy apretados o no, por ejemplo, hay que sentir cómo nos tratan los asientos. Los del Xsara da gusto verlos, mullidos, con formas cóncavas en su respaldo para sujetar el cuerpo, y tamaño generoso. En el Almera, más aspecto de butacón y previsible menos sujeción. En el Opel resultan más esquemáticos y los del Mégane no descollan por atractivo. Sobre ellos, las apariencias a veces aciertan y otras, no. Siempre bajo el condicionante de que el juicio de los asientos es siempre muy personal, como cada uno de nuestros cuerpos, podríamos decir que los del Opel son más confortables de lo que parecen y sujetan lo suficiente. En el Almera pecan de un poco duros y son menos satisfactorios de lo que su apariencia indica. Los del Renault son muy confortables, aunque han estropeado un poco el respaldo en su última definición y en el Xsara se va pero que muy bien y su respaldo recoge correctamente el cuerpo.

A la hora de conducir, ninguno tiene defectos profundos, aunque no hay que olvidar la desusada inclinación del volante del Mégane, que estropea la posición de conducción. También el modelo francés resulta el más ruidoso, de lejos, y, si tenemos en cuenta su ligereza, bien podrían haberse utilizado unos kilos de material insonorizante para aliviar este problema. Puestos en acción, las posibilidades dinámicas de cada uno de ellos varían según en qué circunstancia se esté. El Almera se ve perjudicado por sus desmesurados desarrollos de cuarta y quinta marcha, por lo que, si bien acelera con diligencia, sus recuperaciones desde bajas vueltas son perezosas. El Mégane es muy rápido en aceleración y recupera bien en cuarta, aunque no tanto en quinta, consiguiendo en conjunto un buen resultado. El Citroën se ve penalizado por su menor potencia y, aunque tampoco pesa mucho, sí se queda un poco atrás en este capítulo. Por último, el Astra logra un conseguido equilibrio, acelerando y recuperando de forma más que razonable y, además, a base de gastar muy poco combustible. En esto de quemar gasóleo, tras el Opel, que es el más económico, se sitúa muy cerca el Xsara, que saca aquí ventaja de su menor potencia y refinada inyección por delante del Mégane, que aún no desentona en las cifras. Descolgado de los tres se encuentra el Almera, castigado por unos desarrollos desaforados en cuarta y quinta y poco adecuados al perfil de nuestras carreteras.

A la hora de conducir, ninguno tiene defectos profundos, aunque no hay que olvidar la desusada inclinación del volante del Mégane, que estropea la posición de conducción. También el modelo francés resulta el más ruidoso, de lejos, y, si tenemos en cuenta su ligereza, bien podrían haberse utilizado unos kilos de material insonorizante para aliviar este problema. Puestos en acción, las posibilidades dinámicas de cada uno de ellos varían según en qué circunstancia se esté. El Almera se ve perjudicado por sus desmesurados desarrollos de cuarta y quinta marcha, por lo que, si bien acelera con diligencia, sus recuperaciones desde bajas vueltas son perezosas. El Mégane es muy rápido en aceleración y recupera bien en cuarta, aunque no tanto en quinta, consiguiendo en conjunto un buen resultado. El Citroën se ve penalizado por su menor potencia y, aunque tampoco pesa mucho, sí se queda un poco atrás en este capítulo. Por último, el Astra logra un conseguido equilibrio, acelerando y recuperando de forma más que razonable y, además, a base de gastar muy poco combustible. En esto de quemar gasóleo, tras el Opel, que es el más económico, se sitúa muy cerca el Xsara, que saca aquí ventaja de su menor potencia y refinada inyección por delante del Mégane, que aún no desentona en las cifras. Descolgado de los tres se encuentra el Almera, castigado por unos desarrollos desaforados en cuarta y quinta y poco adecuados al perfil de nuestras carreteras.

Si igualamos, dentro de lo posible, el equipamiento, el Opel se convierte en el más caro con diferencia, seguido del Citroën, que gana muchos enteros con su descuento, quedando en muy buena situación el Mégane y, mejor aún, el Almera, muy conseguido en este capítulo. En conjunto, los cuatro coches están separados por mínimas diferencias, demostrando que sus responsables tienen muy claro cuáles son los intereses de sus clientes y ofreciéndoles productos muy similares.

Cada día está más difícil esto de inventar a la hora de presentar una novedad en el mercado. Y más en un segmento, como éste de los compactos, donde el precio tiene una importancia enorme y, en consecuencia, la sofisticación tiene un límite claro establecido por la terrible competencia comercial. El Nissan Almera juega bien sus cartas, empezando por un crecimiento de la carrocería para, a simple vista, codearse con los grandes de la categoría. Más largo, ancho y alto que la generación anterior, puesto al lado de sus rivales resulta incluso de aparente más volumen. A ello contribuye un diseño plagado de curvas y volúmenes con resalte visual. Sin embargo, ni su eficacia aerodinámica ni su lucha contra los sonidos procedentes de la ruptura aérea pueden situarlo en cabeza. Su Cx de 0,34 y los silbidos que se empiezan a notar entre los 110 y 120 km/h así lo atestiguan. Pero, en el fondo, ¿para qué sirve la carrocería? Para, además de a los elementos mecánicos, acoger a las personas y objetos que debe transportar. En este capítulo, de nuestros cuatro protagonistas, la palma se la lleva el Renault. Prácticamente, hay que olvidarse de las plazas delanteras, buenas en todos ellos, y para encontrar diferencias nos vamós detrás. Ahí, el Mégane sienta cátedra y es el único al que podría tildarse de cinco plazas, con sus 137 centímetros de anchura disponible. El Almera tampoco descolla en el espacio disponible para las piernas de los ocupantes traseros y adultos de talla media, que tocan con sus rodillas en el mullido respaldo delantero. También a la hora de cargar maletas es el Renault el más destacado, aunque sea por poco, por lo que, en conjunto, se lleva la palma en este apartado tan importante de cómo y cuánto puede acomodar en su interior. ¿Y con qué comodidad? La cuestión no es sólo ir de aquí para allá, sino también cómo quedamos al terminar el viaje. En este apartado influyen muchos más factores. Además de ir muy apretados o no, por ejemplo, hay que sentir cómo nos tratan los asientos. Los del Xsara da gusto verlos, mullidos, con formas cóncavas en su respaldo para sujetar el cuerpo, y tamaño generoso. En el Almera, más aspecto de butacón y previsible menos sujeción. En el Opel resultan más esquemáticos y los del Mégane no descollan por atractivo. Sobre ellos, las apariencias a veces aciertan y otras, no. Siempre bajo el condicionante de que el juicio de los asientos es siempre muy personal, como cada uno de nuestros cuerpos, podríamos decir que los del Opel son más confortables de lo que parecen y sujetan lo suficiente. En el Almera pecan de un poco duros y son menos satisfactorios de lo que su apariencia indica. Los del Renault son muy confortables, aunque han estropeado un poco el respaldo en su última definición y en el Xsara se va pero que muy bien y su respaldo recoge correctamente el cuerpo.

A la hora de conducir, ninguno tiene defectos profundos, aunque no hay que olvidar la desusada inclinación del volante del Mégane, que estropea la posición de conducción. También el modelo francés resulta el más ruidoso, de lejos, y, si tenemos en cuenta su ligereza, bien podrían haberse utilizado unos kilos de material insonorizante para aliviar este problema. Puestos en acción, las posibilidades dinámicas de cada uno de ellos varían según en qué circunstancia se esté. El Almera se ve perjudicado por sus desmesurados desarrollos de cuarta y quinta marcha, por lo que, si bien acelera con diligencia, sus recuperaciones desde bajas vueltas son perezosas. El Mégane es muy rápido en aceleración y recupera bien en cuarta, aunque no tanto en quinta, consiguiendo en conjunto un buen resultado. El Citroën se ve penalizado por su menor potencia y, aunque tampoco pesa mucho, sí se queda un poco atrás en este capítulo. Por último, el Astra logra un conseguido equilibrio, acelerando y recuperando de forma más que razonable y, además, a base de gastar muy poco combustible. En esto de quemar gasóleo, tras el Opel, que es el más económico, se sitúa muy cerca el Xsara, que saca aquí ventaja de su menor potencia y refinada inyección por delante del Mégane, que aún no desentona en las cifras. Descolgado de los tres se encuentra el Almera, castigado por unos desarrollos desaforados en cuarta y quinta y poco adecuados al perfil de nuestras carreteras.

A la hora de conducir, ninguno tiene defectos profundos, aunque no hay que olvidar la desusada inclinación del volante del Mégane, que estropea la posición de conducción. También el modelo francés resulta el más ruidoso, de lejos, y, si tenemos en cuenta su ligereza, bien podrían haberse utilizado unos kilos de material insonorizante para aliviar este problema. Puestos en acción, las posibilidades dinámicas de cada uno de ellos varían según en qué circunstancia se esté. El Almera se ve perjudicado por sus desmesurados desarrollos de cuarta y quinta marcha, por lo que, si bien acelera con diligencia, sus recuperaciones desde bajas vueltas son perezosas. El Mégane es muy rápido en aceleración y recupera bien en cuarta, aunque no tanto en quinta, consiguiendo en conjunto un buen resultado. El Citroën se ve penalizado por su menor potencia y, aunque tampoco pesa mucho, sí se queda un poco atrás en este capítulo. Por último, el Astra logra un conseguido equilibrio, acelerando y recuperando de forma más que razonable y, además, a base de gastar muy poco combustible. En esto de quemar gasóleo, tras el Opel, que es el más económico, se sitúa muy cerca el Xsara, que saca aquí ventaja de su menor potencia y refinada inyección por delante del Mégane, que aún no desentona en las cifras. Descolgado de los tres se encuentra el Almera, castigado por unos desarrollos desaforados en cuarta y quinta y poco adecuados al perfil de nuestras carreteras.

Si igualamos, dentro de lo posible, el equipamiento, el Opel se convierte en el más caro con diferencia, seguido del Citroën, que gana muchos enteros con su descuento, quedando en muy buena situación el Mégane y, mejor aún, el Almera, muy conseguido en este capítulo. En conjunto, los cuatro coches están separados por mínimas diferencias, demostrando que sus responsables tienen muy claro cuáles son los intereses de sus clientes y ofreciéndoles productos muy similares.

Cada día está más difícil esto de inventar a la hora de presentar una novedad en el mercado. Y más en un segmento, como éste de los compactos, donde el precio tiene una importancia enorme y, en consecuencia, la sofisticación tiene un límite claro establecido por la terrible competencia comercial. El Nissan Almera juega bien sus cartas, empezando por un crecimiento de la carrocería para, a simple vista, codearse con los grandes de la categoría. Más largo, ancho y alto que la generación anterior, puesto al lado de sus rivales resulta incluso de aparente más volumen. A ello contribuye un diseño plagado de curvas y volúmenes con resalte visual. Sin embargo, ni su eficacia aerodinámica ni su lucha contra los sonidos procedentes de la ruptura aérea pueden situarlo en cabeza. Su Cx de 0,34 y los silbidos que se empiezan a notar entre los 110 y 120 km/h así lo atestiguan. Pero, en el fondo, ¿para qué sirve la carrocería? Para, además de a los elementos mecánicos, acoger a las personas y objetos que debe transportar. En este capítulo, de nuestros cuatro protagonistas, la palma se la lleva el Renault. Prácticamente, hay que olvidarse de las plazas delanteras, buenas en todos ellos, y para encontrar diferencias nos vamós detrás. Ahí, el Mégane sienta cátedra y es el único al que podría tildarse de cinco plazas, con sus 137 centímetros de anchura disponible. El Almera tampoco descolla en el espacio disponible para las piernas de los ocupantes traseros y adultos de talla media, que tocan con sus rodillas en el mullido respaldo delantero. También a la hora de cargar maletas es el Renault el más destacado, aunque sea por poco, por lo que, en conjunto, se lleva la palma en este apartado tan importante de cómo y cuánto puede acomodar en su interior. ¿Y con qué comodidad? La cuestión no es sólo ir de aquí para allá, sino también cómo quedamos al terminar el viaje. En este apartado influyen muchos más factores. Además de ir muy apretados o no, por ejemplo, hay que sentir cómo nos tratan los asientos. Los del Xsara da gusto verlos, mullidos, con formas cóncavas en su respaldo para sujetar el cuerpo, y tamaño generoso. En el Almera, más aspecto de butacón y previsible menos sujeción. En el Opel resultan más esquemáticos y los del Mégane no descollan por atractivo. Sobre ellos, las apariencias a veces aciertan y otras, no. Siempre bajo el condicionante de que el juicio de los asientos es siempre muy personal, como cada uno de nuestros cuerpos, podríamos decir que los del Opel son más confortables de lo que parecen y sujetan lo suficiente. En el Almera pecan de un poco duros y son menos satisfactorios de lo que su apariencia indica. Los del Renault son muy confortables, aunque han estropeado un poco el respaldo en su última definición y en el Xsara se va pero que muy bien y su respaldo recoge correctamente el cuerpo.

A la hora de conducir, ninguno tiene defectos profundos, aunque no hay que olvidar la desusada inclinación del volante del Mégane, que estropea la posición de conducción. También el modelo francés resulta el más ruidoso, de lejos, y, si tenemos en cuenta su ligereza, bien podrían haberse utilizado unos kilos de material insonorizante para aliviar este problema. Puestos en acción, las posibilidades dinámicas de cada uno de ellos varían según en qué circunstancia se esté. El Almera se ve perjudicado por sus desmesurados desarrollos de cuarta y quinta marcha, por lo que, si bien acelera con diligencia, sus recuperaciones desde bajas vueltas son perezosas. El Mégane es muy rápido en aceleración y recupera bien en cuarta, aunque no tanto en quinta, consiguiendo en conjunto un buen resultado. El Citroën se ve penalizado por su menor potencia y, aunque tampoco pesa mucho, sí se queda un poco atrás en este capítulo. Por último, el Astra logra un conseguido equilibrio, acelerando y recuperando de forma más que razonable y, además, a base de gastar muy poco combustible. En esto de quemar gasóleo, tras el Opel, que es el más económico, se sitúa muy cerca el Xsara, que saca aquí ventaja de su menor potencia y refinada inyección por delante del Mégane, que aún no desentona en las cifras. Descolgado de los tres se encuentra el Almera, castigado por unos desarrollos desaforados en cuarta y quinta y poco adecuados al perfil de nuestras carreteras.

A la hora de conducir, ninguno tiene defectos profundos, aunque no hay que olvidar la desusada inclinación del volante del Mégane, que estropea la posición de conducción. También el modelo francés resulta el más ruidoso, de lejos, y, si tenemos en cuenta su ligereza, bien podrían haberse utilizado unos kilos de material insonorizante para aliviar este problema. Puestos en acción, las posibilidades dinámicas de cada uno de ellos varían según en qué circunstancia se esté. El Almera se ve perjudicado por sus desmesurados desarrollos de cuarta y quinta marcha, por lo que, si bien acelera con diligencia, sus recuperaciones desde bajas vueltas son perezosas. El Mégane es muy rápido en aceleración y recupera bien en cuarta, aunque no tanto en quinta, consiguiendo en conjunto un buen resultado. El Citroën se ve penalizado por su menor potencia y, aunque tampoco pesa mucho, sí se queda un poco atrás en este capítulo. Por último, el Astra logra un conseguido equilibrio, acelerando y recuperando de forma más que razonable y, además, a base de gastar muy poco combustible. En esto de quemar gasóleo, tras el Opel, que es el más económico, se sitúa muy cerca el Xsara, que saca aquí ventaja de su menor potencia y refinada inyección por delante del Mégane, que aún no desentona en las cifras. Descolgado de los tres se encuentra el Almera, castigado por unos desarrollos desaforados en cuarta y quinta y poco adecuados al perfil de nuestras carreteras.

Si igualamos, dentro de lo posible, el equipamiento, el Opel se convierte en el más caro con diferencia, seguido del Citroën, que gana muchos enteros con su descuento, quedando en muy buena situación el Mégane y, mejor aún, el Almera, muy conseguido en este capítulo. En conjunto, los cuatro coches están separados por mínimas diferencias, demostrando que sus responsables tienen muy claro cuáles son los intereses de sus clientes y ofreciéndoles productos muy similares.

Cada día está más difícil esto de inventar a la hora de presentar una novedad en el mercado. Y más en un segmento, como éste de los compactos, donde el precio tiene una importancia enorme y, en consecuencia, la sofisticación tiene un límite claro establecido por la terrible competencia comercial. El Nissan Almera juega bien sus cartas, empezando por un crecimiento de la carrocería para, a simple vista, codearse con los grandes de la categoría. Más largo, ancho y alto que la generación anterior, puesto al lado de sus rivales resulta incluso de aparente más volumen. A ello contribuye un diseño plagado de curvas y volúmenes con resalte visual. Sin embargo, ni su eficacia aerodinámica ni su lucha contra los sonidos procedentes de la ruptura aérea pueden situarlo en cabeza. Su Cx de 0,34 y los silbidos que se empiezan a notar entre los 110 y 120 km/h así lo atestiguan. Pero, en el fondo, ¿para qué sirve la carrocería? Para, además de a los elementos mecánicos, acoger a las personas y objetos que debe transportar. En este capítulo, de nuestros cuatro protagonistas, la palma se la lleva el Renault. Prácticamente, hay que olvidarse de las plazas delanteras, buenas en todos ellos, y para encontrar diferencias nos vamós detrás. Ahí, el Mégane sienta cátedra y es el único al que podría tildarse de cinco plazas, con sus 137 centímetros de anchura disponible. El Almera tampoco descolla en el espacio disponible para las piernas de los ocupantes traseros y adultos de talla media, que tocan con sus rodillas en el mullido respaldo delantero. También a la hora de cargar maletas es el Renault el más destacado, aunque sea por poco, por lo que, en conjunto, se lleva la palma en este apartado tan importante de cómo y cuánto puede acomodar en su interior. ¿Y con qué comodidad? La cuestión no es sólo ir de aquí para allá, sino también cómo quedamos al terminar el viaje. En este apartado influyen muchos más factores. Además de ir muy apretados o no, por ejemplo, hay que sentir cómo nos tratan los asientos. Los del Xsara da gusto verlos, mullidos, con formas cóncavas en su respaldo para sujetar el cuerpo, y tamaño generoso. En el Almera, más aspecto de butacón y previsible menos sujeción. En el Opel resultan más esquemáticos y los del Mégane no descollan por atractivo. Sobre ellos, las apariencias a veces aciertan y otras, no. Siempre bajo el condicionante de que el juicio de los asientos es siempre muy personal, como cada uno de nuestros cuerpos, podríamos decir que los del Opel son más confortables de lo que parecen y sujetan lo suficiente. En el Almera pecan de un poco duros y son menos satisfactorios de lo que su apariencia indica. Los del Renault son muy confortables, aunque han estropeado un poco el respaldo en su última definición y en el Xsara se va pero que muy bien y su respaldo recoge correctamente el cuerpo.

A la hora de conducir, ninguno tiene defectos profundos, aunque no hay que olvidar la desusada inclinación del volante del Mégane, que estropea la posición de conducción. También el modelo francés resulta el más ruidoso, de lejos, y, si tenemos en cuenta su ligereza, bien podrían haberse utilizado unos kilos de material insonorizante para aliviar este problema. Puestos en acción, las posibilidades dinámicas de cada uno de ellos varían según en qué circunstancia se esté. El Almera se ve perjudicado por sus desmesurados desarrollos de cuarta y quinta marcha, por lo que, si bien acelera con diligencia, sus recuperaciones desde bajas vueltas son perezosas. El Mégane es muy rápido en aceleración y recupera bien en cuarta, aunque no tanto en quinta, consiguiendo en conjunto un buen resultado. El Citroën se ve penalizado por su menor potencia y, aunque tampoco pesa mucho, sí se queda un poco atrás en este capítulo. Por último, el Astra logra un conseguido equilibrio, acelerando y recuperando de forma más que razonable y, además, a base de gastar muy poco combustible. En esto de quemar gasóleo, tras el Opel, que es el más económico, se sitúa muy cerca el Xsara, que saca aquí ventaja de su menor potencia y refinada inyección por delante del Mégane, que aún no desentona en las cifras. Descolgado de los tres se encuentra el Almera, castigado por unos desarrollos desaforados en cuarta y quinta y poco adecuados al perfil de nuestras carreteras.

A la hora de conducir, ninguno tiene defectos profundos, aunque no hay que olvidar la desusada inclinación del volante del Mégane, que estropea la posición de conducción. También el modelo francés resulta el más ruidoso, de lejos, y, si tenemos en cuenta su ligereza, bien podrían haberse utilizado unos kilos de material insonorizante para aliviar este problema. Puestos en acción, las posibilidades dinámicas de cada uno de ellos varían según en qué circunstancia se esté. El Almera se ve perjudicado por sus desmesurados desarrollos de cuarta y quinta marcha, por lo que, si bien acelera con diligencia, sus recuperaciones desde bajas vueltas son perezosas. El Mégane es muy rápido en aceleración y recupera bien en cuarta, aunque no tanto en quinta, consiguiendo en conjunto un buen resultado. El Citroën se ve penalizado por su menor potencia y, aunque tampoco pesa mucho, sí se queda un poco atrás en este capítulo. Por último, el Astra logra un conseguido equilibrio, acelerando y recuperando de forma más que razonable y, además, a base de gastar muy poco combustible. En esto de quemar gasóleo, tras el Opel, que es el más económico, se sitúa muy cerca el Xsara, que saca aquí ventaja de su menor potencia y refinada inyección por delante del Mégane, que aún no desentona en las cifras. Descolgado de los tres se encuentra el Almera, castigado por unos desarrollos desaforados en cuarta y quinta y poco adecuados al perfil de nuestras carreteras.

Si igualamos, dentro de lo posible, el equipamiento, el Opel se convierte en el más caro con diferencia, seguido del Citroën, que gana muchos enteros con su descuento, quedando en muy buena situación el Mégane y, mejor aún, el Almera, muy conseguido en este capítulo. En conjunto, los cuatro coches están separados por mínimas diferencias, demostrando que sus responsables tienen muy claro cuáles son los intereses de sus clientes y ofreciéndoles productos muy similares.

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