Citroën C5 2.0 HDI SX / Renault Laguna 1.9 dCi Expression

Dos coches bien concebidos, amplios, con mucho equipamiento y buena presentación, tanto el C5 de Citroën como el Laguna de Renault libran un duelo muy cercano y sin concesiones. En sus versiones turbodiésel medias, en torno a los 110 CV, la competencia es aún mayor, con características básicas muy semejantes.
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Citroën C5 2.0 HDI SX / Renault Laguna 1.9 dCi Expression
Citroën C5 2.0 HDI SX / Renault Laguna 1.9 dCi Expression

Las seis marchas no son un incordio, pues, realmente, la última sólo se usa bien lanzado en carretera —a partir de 90 km/h—, la buena capacidad de reacción del coche de esa velocidad no invita a la reducción y el tacto del cambio del Laguna es excepcional, por su suavidad y precisión. Esto último no puede decirse del C5, cuyo mando del cambio de velocidades no está cuidado con el mismo esmero. Entrando en el mundo del conductor, ambos modelos ofrecen para su actuación una comodidad excelente, aunque, para nuestro gusto, los asientos delanteros del C5 son algo mejores, en particular su respaldo, que resulta más acogedor. La sensación y las cotas de espacio en el habitáculo del C5 son bastante superiores y la presentación parece un tener un punto más de gusto en el Laguna, aunque no se puede decir nada en contra de su rival.

La comodidad de marcha debería tener un punto diferenciador en la suspensión Hidractiva del Citroën. Desde luego es extraordinaria su capacidad de transformar las más agresivas faltas del asfalto en suaves ondulaciones en el movimiento de la carrocería, pero en fases de aceleración o frenado e, incluso, a la hora de abordar curvas muy rápido, la inclinación, tanto longitudinal como transversal, de la carrocería parece excesiva siendo proclive a generar algún tipo de molestia a personas sensibles.

Lo más curioso del caso es que el Laguna, con una suspensión mecánica a base de muelles y amortiguadores parece haber buscado esa misma forma de digestión de las irregularidades. Suavísimo de muelles, la buena amortiguación consigue que la comodidad que logra no se transforme en pérdida de eficacia en comportamiento.

Hablando de éste, el Renault es más dinámico en carretera virada. Naturalmente, con distancias entre ejes de 2,75 metros —¡otra causalidad!—, ambos se encuentran como peces en el agua en vías rápidas. Así que sólo a la hora de atacar revirados trazados se pueden encontrar diferencias significativas. Ahí, el tren trasero, con sensible efecto direccional, del Laguna convierte sus cambios de trayectoria en más inmediatos y el subviraje queda reducido al mínimo. El C5 es un poco menos ágil, pero tan predecible y fácil de conducir como el Renault, aunque pasa las curvas un poquito menos rápido. Éste dispone de un ESP que permite al conductor un control propio del vehículo hasta más cerca de la pérdida de adherencia. El Citroën no dispone de este elemento ni siquiera en opción, lo que es una lástima. Por cierto, y hablando de facilidad de conducir, no queremos dejar de comentar que las especiales formas del Citroën hacen complejo para el conductor el dominio de su contorno en calles estrechas o garajes angostos, a lo que se suma una maniobrabilidad más limitada que en el Laguna.

A la hora de parar, el Citroën ha resultado menos efectivo que el Renault para frenar desde velocidades altas. Es en los primeros 40 km/h de detención, desde 140 km/h, donde se ha mostrado menos eficaz, en esa fase de transición donde el morro pasa de la horizontalidad a una inclinación constante. Sin duda, una suspensión con mayor control en las oscilaciones longitudinales de la carrocería —que se corresponden con transferencias de peso entre los trenes— haría progresar este parámetro.

Con todo, si quisiéramos decir maldades, podríamos pensar que tras la concepción de estos dos modelos ha habido una buena dosis de espionaje conceptual. Tras unas formas diferentes se esconden coches muy similares en el fondo. Afortunadamente, también muy parecidos en lo buenos que son.

Las seis marchas no son un incordio, pues, realmente, la última sólo se usa bien lanzado en carretera —a partir de 90 km/h—, la buena capacidad de reacción del coche de esa velocidad no invita a la reducción y el tacto del cambio del Laguna es excepcional, por su suavidad y precisión. Esto último no puede decirse del C5, cuyo mando del cambio de velocidades no está cuidado con el mismo esmero. Entrando en el mundo del conductor, ambos modelos ofrecen para su actuación una comodidad excelente, aunque, para nuestro gusto, los asientos delanteros del C5 son algo mejores, en particular su respaldo, que resulta más acogedor. La sensación y las cotas de espacio en el habitáculo del C5 son bastante superiores y la presentación parece un tener un punto más de gusto en el Laguna, aunque no se puede decir nada en contra de su rival.

La comodidad de marcha debería tener un punto diferenciador en la suspensión Hidractiva del Citroën. Desde luego es extraordinaria su capacidad de transformar las más agresivas faltas del asfalto en suaves ondulaciones en el movimiento de la carrocería, pero en fases de aceleración o frenado e, incluso, a la hora de abordar curvas muy rápido, la inclinación, tanto longitudinal como transversal, de la carrocería parece excesiva siendo proclive a generar algún tipo de molestia a personas sensibles.

Lo más curioso del caso es que el Laguna, con una suspensión mecánica a base de muelles y amortiguadores parece haber buscado esa misma forma de digestión de las irregularidades. Suavísimo de muelles, la buena amortiguación consigue que la comodidad que logra no se transforme en pérdida de eficacia en comportamiento.

Hablando de éste, el Renault es más dinámico en carretera virada. Naturalmente, con distancias entre ejes de 2,75 metros —¡otra causalidad!—, ambos se encuentran como peces en el agua en vías rápidas. Así que sólo a la hora de atacar revirados trazados se pueden encontrar diferencias significativas. Ahí, el tren trasero, con sensible efecto direccional, del Laguna convierte sus cambios de trayectoria en más inmediatos y el subviraje queda reducido al mínimo. El C5 es un poco menos ágil, pero tan predecible y fácil de conducir como el Renault, aunque pasa las curvas un poquito menos rápido. Éste dispone de un ESP que permite al conductor un control propio del vehículo hasta más cerca de la pérdida de adherencia. El Citroën no dispone de este elemento ni siquiera en opción, lo que es una lástima. Por cierto, y hablando de facilidad de conducir, no queremos dejar de comentar que las especiales formas del Citroën hacen complejo para el conductor el dominio de su contorno en calles estrechas o garajes angostos, a lo que se suma una maniobrabilidad más limitada que en el Laguna.

A la hora de parar, el Citroën ha resultado menos efectivo que el Renault para frenar desde velocidades altas. Es en los primeros 40 km/h de detención, desde 140 km/h, donde se ha mostrado menos eficaz, en esa fase de transición donde el morro pasa de la horizontalidad a una inclinación constante. Sin duda, una suspensión con mayor control en las oscilaciones longitudinales de la carrocería —que se corresponden con transferencias de peso entre los trenes— haría progresar este parámetro.

Con todo, si quisiéramos decir maldades, podríamos pensar que tras la concepción de estos dos modelos ha habido una buena dosis de espionaje conceptual. Tras unas formas diferentes se esconden coches muy similares en el fondo. Afortunadamente, también muy parecidos en lo buenos que son.

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