Chevrolet Corvette / Porsche 911 Carrera Targa

Los dos son muy distintos, como diferentes son las formas de entender un deportivo en Europa y Estados Unidos. Sin embargo, ambos proporcionan a su conductor un cúmulo de las más excitantes y placenteras sensaciones que se pueden tener al volante.
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Chevrolet Corvette / Porsche 911 Carrera Targa
Chevrolet Corvette / Porsche 911 Carrera Targa

En carretera son también muy diferentes. Si elegimos vías rápidas y despejadas, los dos pueden ir muy deprisa, pero cuando se trata de correr con riesgo de retirada del carné el Corvette se acaba antes. A partir de 200 km/h se mueve mucho con las ondulaciones y juntas de dilatación. En general, rueda con mucho aplomo por la larga batalla, pero, cuando el asfalto se encuentra ondulado con bachecitos cortos de alta frecuencia, las suspensiones no los digieren bien.

Además, el ruido aerodinámico de las juntas del techo, que se mantenía dentro de lo razonable hasta los 200 km/h, se dispara y se hace muy incómodo. Las suspensiones del Porsche son claramente más efectivas y nos permiten mantener velocidades de escándalo con menos esfuerzo, mientras que el ruido llega de manera más progresiva.

En los dos se pueden hacer viajes largos sin temor de cansancio por las suspensiones, el ruido o por unos consumos exagerados. A 180 km/h de crucero el Porsche se queda en 13 litros a los 100 kilómetros y el Corvette en 14 litros a los 100. Este último va ayudado por una sexta velocidad larguísima con la que a esos 180 km/h el motor gira a 2.500 vueltas, mientras que el del Porsche lo hace a 4.500 rpm.

Lo mejor de los dos es la facilidad que tienen para mantener esos cruceros con independencia de la orografía y de la influencia del tráfico. Con el Carrera se pueden hacer 600 kilómetros y cambiar un par de veces a quinta, el resto del tiempo la sexta es suficiente, incluso subiendo puertos. El Corvette, que recupera un poco mejor que el Porsche en las demás marchas, en sexta paga la generosidad del desarrollo y se vuelve algo más lento, pero, aun así, el motor todavía es capaz de sorprendernos. Lo dicho: se puede viajar, y bien, en cualquiera de los dos.

Pero se trata de deportivos y las autopistas se nos antojan demasiado ruteras para la diversión. La salida de la autovía hacia "esa" carretera de montaña de escasas rectas es la mejor decisión para ejercitar las manos y sudar un poco. El Porsche se muestra efectivo y sorprendentemente fácil para la posición de su motor, por detrás del eje trasero. El control de estabilidad es toda una garantía, aunque haya que pagar por él, pero, incluso si lo desconectamos, tenemos un paso por curva escalofriante, unos frenos potentes e interminables y una motricidad asombrosa, en especial con los neumáticos opcionales de nuestra unidad, un 285/30 en llanta de 18 pulgadas. A la entrada de la curva tiende a irse de morro y, si queremos salir con un deslizamiento del eje trasero a base de acelerador, hay que estar preparados, porque cuesta mucho descolocarlo y no conviene forzar la situación con la caballería del Carrera. Se muestra muy ágil, pero exige más por lo deprisa que se va que por la dificultad.

El Corvette, en cambio, vuelve a mostrar las limitaciones de sus ballestas cuando el asfalto se arruga. Las ruedas rebotan y exige atención para mandar sobre la trayectoria. Con el piso liso, por el contrario, no sólo va bien, sino que permite todo tipo de malabarismos con acelerador y volante. Para ello es necesario desconectar el control de estabilidad, que cuenta con dos posiciones: total o "sólo" deportiva, en la que se desconecta el control de tracción y permanece el de estabilidad.

Recuperar el Corvette después de una escandalosa cruzada a la salida de una curva está al alcance casi de cualquiera, aunque siempre hay que recordar lo que llevamos entre manos para no dejar un buen pedazo de la carrocería de fibra contra un obstáculo.

Queda un último lugar por donde circular, que es la ciudad. Ahí los dos se encuentran incómodos, en especial el Corvette, por su tamaño, gran diámetro de giro y voladizo delantero. Hay que tener cuidado con los bordillos, entradas de garaje y maniobras. El Porsche es más manejable y se puede aparcar en la calle con cierto cuidado y vigilancia.

Por el precio del Corvette no hay nada tan llamativo y con tanto motor. El equipamiento es muy completo y sólo está penalizado de verdad por unas suspensiones poco efectivas al límite y por unos ruidos aerodinámicos elevados cuando se va deprisa. El Porsche posee una calidad excepcional, es un sueño, pero su precio es elevado y hay que añadir algunos extras más para dejarlo redondo.

En carretera son también muy diferentes. Si elegimos vías rápidas y despejadas, los dos pueden ir muy deprisa, pero cuando se trata de correr con riesgo de retirada del carné el Corvette se acaba antes. A partir de 200 km/h se mueve mucho con las ondulaciones y juntas de dilatación. En general, rueda con mucho aplomo por la larga batalla, pero, cuando el asfalto se encuentra ondulado con bachecitos cortos de alta frecuencia, las suspensiones no los digieren bien.

Además, el ruido aerodinámico de las juntas del techo, que se mantenía dentro de lo razonable hasta los 200 km/h, se dispara y se hace muy incómodo. Las suspensiones del Porsche son claramente más efectivas y nos permiten mantener velocidades de escándalo con menos esfuerzo, mientras que el ruido llega de manera más progresiva.

En los dos se pueden hacer viajes largos sin temor de cansancio por las suspensiones, el ruido o por unos consumos exagerados. A 180 km/h de crucero el Porsche se queda en 13 litros a los 100 kilómetros y el Corvette en 14 litros a los 100. Este último va ayudado por una sexta velocidad larguísima con la que a esos 180 km/h el motor gira a 2.500 vueltas, mientras que el del Porsche lo hace a 4.500 rpm.

Lo mejor de los dos es la facilidad que tienen para mantener esos cruceros con independencia de la orografía y de la influencia del tráfico. Con el Carrera se pueden hacer 600 kilómetros y cambiar un par de veces a quinta, el resto del tiempo la sexta es suficiente, incluso subiendo puertos. El Corvette, que recupera un poco mejor que el Porsche en las demás marchas, en sexta paga la generosidad del desarrollo y se vuelve algo más lento, pero, aun así, el motor todavía es capaz de sorprendernos. Lo dicho: se puede viajar, y bien, en cualquiera de los dos.

Pero se trata de deportivos y las autopistas se nos antojan demasiado ruteras para la diversión. La salida de la autovía hacia "esa" carretera de montaña de escasas rectas es la mejor decisión para ejercitar las manos y sudar un poco. El Porsche se muestra efectivo y sorprendentemente fácil para la posición de su motor, por detrás del eje trasero. El control de estabilidad es toda una garantía, aunque haya que pagar por él, pero, incluso si lo desconectamos, tenemos un paso por curva escalofriante, unos frenos potentes e interminables y una motricidad asombrosa, en especial con los neumáticos opcionales de nuestra unidad, un 285/30 en llanta de 18 pulgadas. A la entrada de la curva tiende a irse de morro y, si queremos salir con un deslizamiento del eje trasero a base de acelerador, hay que estar preparados, porque cuesta mucho descolocarlo y no conviene forzar la situación con la caballería del Carrera. Se muestra muy ágil, pero exige más por lo deprisa que se va que por la dificultad.

El Corvette, en cambio, vuelve a mostrar las limitaciones de sus ballestas cuando el asfalto se arruga. Las ruedas rebotan y exige atención para mandar sobre la trayectoria. Con el piso liso, por el contrario, no sólo va bien, sino que permite todo tipo de malabarismos con acelerador y volante. Para ello es necesario desconectar el control de estabilidad, que cuenta con dos posiciones: total o "sólo" deportiva, en la que se desconecta el control de tracción y permanece el de estabilidad.

Recuperar el Corvette después de una escandalosa cruzada a la salida de una curva está al alcance casi de cualquiera, aunque siempre hay que recordar lo que llevamos entre manos para no dejar un buen pedazo de la carrocería de fibra contra un obstáculo.

Queda un último lugar por donde circular, que es la ciudad. Ahí los dos se encuentran incómodos, en especial el Corvette, por su tamaño, gran diámetro de giro y voladizo delantero. Hay que tener cuidado con los bordillos, entradas de garaje y maniobras. El Porsche es más manejable y se puede aparcar en la calle con cierto cuidado y vigilancia.

Por el precio del Corvette no hay nada tan llamativo y con tanto motor. El equipamiento es muy completo y sólo está penalizado de verdad por unas suspensiones poco efectivas al límite y por unos ruidos aerodinámicos elevados cuando se va deprisa. El Porsche posee una calidad excepcional, es un sueño, pero su precio es elevado y hay que añadir algunos extras más para dejarlo redondo.

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