Lotus Elise 111S / Opel Speedster

¿Conducir o pilotar? Tal vez sea el segundo término el que mejor define lo que debe hacer el conductor de cualquiera de nuestros dos protagonistas, cuya configuración, prácticamente sin concesiones, representa la conducción más deportiva en su faceta más radical.
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Lotus Elise 111S / Opel Speedster
Lotus Elise 111S / Opel Speedster

Una vez en la carretera, el minúsculo volante nos hace sentir ciertas reticencias que quedan aparcadas definitivamente. A pesar de la ausencia de servodirección su manejo no resulta pesado en condiciones de utilización normales y de paso contribuye a acentuar el ambiente «racing» que se respira en el habitáculo. Las firmes suspensiones no dan tregua a nuestros riñones y transmiten al habitáculo hasta la más mínima irregularidad, lo que en el caso del Speedster viene acompañado de una serie de «ruiditos» procedentes de los lugares más variopintos y que delatan una terminación muy inferior a la del modelo inglés. Mejor rematado y con una estética mucho más cuidada en todos sus elementos. El día es caluroso y el Opel poco a poco se va convirtiendo en una especie de microondas que el caudal máximo del ventilador no es capaz de paliar ni un ápice. El aire acondicionado del Elise es un oasis en este desierto de elementos de confort.

En autopista a alta velocidad la estabilidad lineal es aceptable. Aunque las ruedas delanteras copian las ondulaciones, no llegan a hacerlo de manera exagerada y se mantiene una trayectoria bastante precisa sin que ello requiera excesivas correcciones en el volante.

Una vez adentrados en carreteras más viradas, se muestran de verdad las cualidades de los dos. Sobre asfalto liso, la conducción es una auténtica delicia. El pequeño volante y la agilidad del chasis, unidos al poco peso, permiten apurar las frenadas mucho más que en cualquier vehículo convencional. Es este aspecto probablemente el más llamativo. La capacidad de detención de ambos es excelente. Aún mayor en el caso del Speedster, que, gracias a su ABS, es menos exigente con las dotes de su conductor. En el Lotus, resulta algo más delicado entrar frenando en una curva, ya que al más mínimo apoyo en frenada la rueda interior se bloquea con pasmosa facilidad y, aunque ello no trae aparejadas pérdidas de trayectoria, resulta poco tranquilizador. Ambos son subviradores en su actitud básica. Sin embargo, el Elise muestra un tren trasero ligeramente más dócil que permite una mayor agilidad. El del Speedster es prácticamente inamovible y le resta algo de eficacia. Este comportamiento inducido deliberadamente resulta muy saludable ya que intentar abordar las curvas deslizando de detrás requiere unas dotes de conducción muy elevadas. Pocas bromas con este tema, pues cuando el eje posterior «entra en pérdida» no resulta fácil salir airosos del trance.

La igualdad estética y dinámica de ambos difícilmente justifica su diferencia de precio, ya alto en el Opel y descomunal en el Lotus. La mejor terminación y el mejor equipamiento del Elise no se corresponden en absoluto en el precio. Se trata de dos caprichos que sobre todo requieren saber muy bien lo que se está comprando para no sufrir decepciones posteriores.

Una vez en la carretera, el minúsculo volante nos hace sentir ciertas reticencias que quedan aparcadas definitivamente. A pesar de la ausencia de servodirección su manejo no resulta pesado en condiciones de utilización normales y de paso contribuye a acentuar el ambiente «racing» que se respira en el habitáculo. Las firmes suspensiones no dan tregua a nuestros riñones y transmiten al habitáculo hasta la más mínima irregularidad, lo que en el caso del Speedster viene acompañado de una serie de «ruiditos» procedentes de los lugares más variopintos y que delatan una terminación muy inferior a la del modelo inglés. Mejor rematado y con una estética mucho más cuidada en todos sus elementos. El día es caluroso y el Opel poco a poco se va convirtiendo en una especie de microondas que el caudal máximo del ventilador no es capaz de paliar ni un ápice. El aire acondicionado del Elise es un oasis en este desierto de elementos de confort.

En autopista a alta velocidad la estabilidad lineal es aceptable. Aunque las ruedas delanteras copian las ondulaciones, no llegan a hacerlo de manera exagerada y se mantiene una trayectoria bastante precisa sin que ello requiera excesivas correcciones en el volante.

Una vez adentrados en carreteras más viradas, se muestran de verdad las cualidades de los dos. Sobre asfalto liso, la conducción es una auténtica delicia. El pequeño volante y la agilidad del chasis, unidos al poco peso, permiten apurar las frenadas mucho más que en cualquier vehículo convencional. Es este aspecto probablemente el más llamativo. La capacidad de detención de ambos es excelente. Aún mayor en el caso del Speedster, que, gracias a su ABS, es menos exigente con las dotes de su conductor. En el Lotus, resulta algo más delicado entrar frenando en una curva, ya que al más mínimo apoyo en frenada la rueda interior se bloquea con pasmosa facilidad y, aunque ello no trae aparejadas pérdidas de trayectoria, resulta poco tranquilizador. Ambos son subviradores en su actitud básica. Sin embargo, el Elise muestra un tren trasero ligeramente más dócil que permite una mayor agilidad. El del Speedster es prácticamente inamovible y le resta algo de eficacia. Este comportamiento inducido deliberadamente resulta muy saludable ya que intentar abordar las curvas deslizando de detrás requiere unas dotes de conducción muy elevadas. Pocas bromas con este tema, pues cuando el eje posterior «entra en pérdida» no resulta fácil salir airosos del trance.

La igualdad estética y dinámica de ambos difícilmente justifica su diferencia de precio, ya alto en el Opel y descomunal en el Lotus. La mejor terminación y el mejor equipamiento del Elise no se corresponden en absoluto en el precio. Se trata de dos caprichos que sobre todo requieren saber muy bien lo que se está comprando para no sufrir decepciones posteriores.

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