Lotus Elise 111S / Opel Speedster

¿Conducir o pilotar? Tal vez sea el segundo término el que mejor define lo que debe hacer el conductor de cualquiera de nuestros dos protagonistas, cuya configuración, prácticamente sin concesiones, representa la conducción más deportiva en su faceta más radical.
Autopista -
Lotus Elise 111S / Opel Speedster
Lotus Elise 111S / Opel Speedster

Tal vez los términos «radical» o «sin concesiones» puedan parecer excesivos. También para otros pueden parecer desvirtuados por su utilización para calificar modelos, también deportivos, pero que no llegan a la actitud de nuestros protagonistas. Podemos asegurar que, en este caso, tales adjetivos son aplicables literalmente y en toda su significación.

Ambos modelos comparten chasis. Un excelente bastidor de aluminio, sumamente rígido y ligero al que van acopladas dos suspensiones de triángulos superpuestos, una para cada tren, cuya geometría es excelente y no muestran unas cotas especialmente drásticas en lo que se refiere a caídas o convergencias que presenten excesivos efectos parásitos a alta velocidad. Situados en posición central, justo tras los asientos, van los dos motores. Un modesto 1.8 en el Lotus que, a pesar de su cilindrada, anuncia un rendimiento de 160 CV y el conocido 2.2 de Opel para el Speedster, que con sus 147 CV nominales, pero sobre todo por su mejor respuesta en baja, ofrece mejores resultados como más adelante veremos.

A partir de aquí, el resto de la configuración de ambos es sumamente espectacular. Acceder al habitáculo, especialmente con el coche cubierto, requiere unas ciertas dotes de contorsionista y como mínimo una elasticidad muscular de la que algunos carecemos. Pero si entrar es difícil, salir requiere un cierto entrenamiento, sobre todo si queremos mantener un mínimo de dignidad al apearnos ante las, sin duda, atentas miradas de todos los transeúntes que pasen cerca. Embutidos en los deportivos baquets, que carecen de cualquier regulación que no sea la longitudinal, la perspectiva desde el puesto de conducción es cuando menos preocupante. Empezamos a entender lo que debía sentir Gulliver en el país de los gigantes. Tras unos pocos kilómetros recorridos por la ciudad estamos en condiciones de escribir una tesis sobre los distintos tipos de «bajos» de la mayoría de los vehículos de producción; es prácticamente lo único que vemos. Ya desde el primer momento nos llama la atención positivamente el tacto de la palanca del Opel, metálico y muy preciso, frente a la esponjosa sensación que transmite la del Lotus. También se pone de manifiesto las diferencias en el talante de los motores. El puntiagudo motor del Elise nos obliga a mantener el cuentavueltas por encima de las 4.000 vueltas, mientras que la respuesta del Speedster resulta más agradable y eficaz a medio régimen.

Tal vez los términos «radical» o «sin concesiones» puedan parecer excesivos. También para otros pueden parecer desvirtuados por su utilización para calificar modelos, también deportivos, pero que no llegan a la actitud de nuestros protagonistas. Podemos asegurar que, en este caso, tales adjetivos son aplicables literalmente y en toda su significación.

Ambos modelos comparten chasis. Un excelente bastidor de aluminio, sumamente rígido y ligero al que van acopladas dos suspensiones de triángulos superpuestos, una para cada tren, cuya geometría es excelente y no muestran unas cotas especialmente drásticas en lo que se refiere a caídas o convergencias que presenten excesivos efectos parásitos a alta velocidad. Situados en posición central, justo tras los asientos, van los dos motores. Un modesto 1.8 en el Lotus que, a pesar de su cilindrada, anuncia un rendimiento de 160 CV y el conocido 2.2 de Opel para el Speedster, que con sus 147 CV nominales, pero sobre todo por su mejor respuesta en baja, ofrece mejores resultados como más adelante veremos.

A partir de aquí, el resto de la configuración de ambos es sumamente espectacular. Acceder al habitáculo, especialmente con el coche cubierto, requiere unas ciertas dotes de contorsionista y como mínimo una elasticidad muscular de la que algunos carecemos. Pero si entrar es difícil, salir requiere un cierto entrenamiento, sobre todo si queremos mantener un mínimo de dignidad al apearnos ante las, sin duda, atentas miradas de todos los transeúntes que pasen cerca. Embutidos en los deportivos baquets, que carecen de cualquier regulación que no sea la longitudinal, la perspectiva desde el puesto de conducción es cuando menos preocupante. Empezamos a entender lo que debía sentir Gulliver en el país de los gigantes. Tras unos pocos kilómetros recorridos por la ciudad estamos en condiciones de escribir una tesis sobre los distintos tipos de «bajos» de la mayoría de los vehículos de producción; es prácticamente lo único que vemos. Ya desde el primer momento nos llama la atención positivamente el tacto de la palanca del Opel, metálico y muy preciso, frente a la esponjosa sensación que transmite la del Lotus. También se pone de manifiesto las diferencias en el talante de los motores. El puntiagudo motor del Elise nos obliga a mantener el cuentavueltas por encima de las 4.000 vueltas, mientras que la respuesta del Speedster resulta más agradable y eficaz a medio régimen.

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