Ford Fiesta 1.4 / Renault Clio 1.2

El nuevo Fiesta lanza un duro desafío a sus rivales ya establecidos de otras marcas con sus dimensiones internas incrementadas mientras que dispositivos considerados antes "de lujo", como el cambio automático, prueban sus ventajas en el Clio 1.2.
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Ford Fiesta 1.4 / Renault Clio 1.2
Ford Fiesta 1.4 / Renault Clio 1.2

La posición de conducción no es tan buena como debería en el Clio y, ajustado este detalle, el cambio automático será un "plus" valioso en largas jornadas dentro de la ciudad.

En el apartado dinámico, el Fiesta anterior era un coche realmente seguro, predecible y bastante eficaz en su guisa de polivalente de precio económico. Su sucesor tiene todas estas virtudes intensificadas y el chasis, totalmente nuevo, está muy bien insonorizado y aislado de las vibraciones del camino.

Realmente, el rodar del Fiesta nada tiene que envidiar a muchos vehículos del segmento superior por la forma en que filtra las vibraciones de alta frecuencia y las pequeñas irregularidades del pavimento.

Es un coche blando que se inclina bastante aunque no hasta el punto de resultar incómodo. El balanceo lo genera de manera pareja en ambos ejes, sin clavar el morro y sin que sus amortiguadores oscilen. Reacciona siempre con suavidad y el eje trasero es suavemente progresivo al quitar el pie del gas. Por su parte, el Clio se muestra con muelles más firmes que el Fiesta, sin llegar a ser deportivos pero sus amortiguadores relativamente suaves a la extensión y las reacciones de su eje trasero, más vivas en general.

Apunta con mayor rapidez en los virajes aunque la dirección con asistencia eléctrica no tiene la sensibilidad de una hidráulica convencional, y es una lástima. La actitud en las curvas es parecida a la del Fiesta, segura y con tendencia a irse de morro, pero su eje trasero se aligera con más prontitud cuando se quita el pie del acelerador.

Se trata, en esencia, de un vehículo más "ratonero" que el Ford, que cumple bien con sus funciones aunque en zonas bacheadas mantiene bastante menos el aplomo de marcha.

El Fiesta hace valer su condición de pequeño agrandado aunque sus asientos delanteros carecen de un adecuado apoyo lumbar. La mayor altura y el diseño de la parte posterior ofrecen mayor habitabilidad que el Clio en la zona trasera, acentuada por su mayor longitud para las piernas de los pasajeros. En este sentido marca bien la diferencia entre la generación de polivalentes convencionales (como lo es el Clio, a pesar de su original diseño que llamó la atención cuando se presentó en 1998) y la actual generación, que tiene evidentes aspiraciones de monovolumen.

Asimismo, el Fiesta tiene un maletero generoso, de los mayores en su categoría, aprovechando bastante bien sus dimensiones incrementadas.

El tacto y la resistencia de los frenos es buena en ambos, con distancias de parada muy aceptables para su categoría, y con una ligera ventaja para el Fiesta en cifras absolutas en este apartado.

Establecer una preferencia clara por uno u otro modelo es realmente difícil, porque habría que entrar en el campo de las subjetividades. El Fiesta en su variante Ghia se presenta con algo más de equipamiento. El Renault, para ponerse a su nivel, debe incorporar como opcional el aire acondicionado. Al final, al pagar más por las dos puertas traseras adicionales, el Clio se queda ligeramente por arriba, pero no demasiado. Esto puede achacarse al coste adicional de la robotización de la caja pero, también es cierto que hay una menor cilindrada y potencia del motor. La situación cambiaría radicalmente si el 1.4 se ofreciera al mismo precio con la caja Quickshift, aunque con esta última motorización y el cambio Proactiva y acabado superior Privilege, el precio se pasa, casi, a otra categoría.

Nos agrada particularmente el tacto general suave y sólido del Fiesta junto con su elogiable habitabilidad, pero, por otra parte, nos gusta también la agilidad del Clio en las curvas y reconocemos que el cambio Quickshift, en una conducción tranquila, permite ganar enteros en comodidad y confort de conducción.

La posición de conducción no es tan buena como debería en el Clio y, ajustado este detalle, el cambio automático será un "plus" valioso en largas jornadas dentro de la ciudad.

En el apartado dinámico, el Fiesta anterior era un coche realmente seguro, predecible y bastante eficaz en su guisa de polivalente de precio económico. Su sucesor tiene todas estas virtudes intensificadas y el chasis, totalmente nuevo, está muy bien insonorizado y aislado de las vibraciones del camino.

Realmente, el rodar del Fiesta nada tiene que envidiar a muchos vehículos del segmento superior por la forma en que filtra las vibraciones de alta frecuencia y las pequeñas irregularidades del pavimento.

Es un coche blando que se inclina bastante aunque no hasta el punto de resultar incómodo. El balanceo lo genera de manera pareja en ambos ejes, sin clavar el morro y sin que sus amortiguadores oscilen. Reacciona siempre con suavidad y el eje trasero es suavemente progresivo al quitar el pie del gas. Por su parte, el Clio se muestra con muelles más firmes que el Fiesta, sin llegar a ser deportivos pero sus amortiguadores relativamente suaves a la extensión y las reacciones de su eje trasero, más vivas en general.

Apunta con mayor rapidez en los virajes aunque la dirección con asistencia eléctrica no tiene la sensibilidad de una hidráulica convencional, y es una lástima. La actitud en las curvas es parecida a la del Fiesta, segura y con tendencia a irse de morro, pero su eje trasero se aligera con más prontitud cuando se quita el pie del acelerador.

Se trata, en esencia, de un vehículo más "ratonero" que el Ford, que cumple bien con sus funciones aunque en zonas bacheadas mantiene bastante menos el aplomo de marcha.

El Fiesta hace valer su condición de pequeño agrandado aunque sus asientos delanteros carecen de un adecuado apoyo lumbar. La mayor altura y el diseño de la parte posterior ofrecen mayor habitabilidad que el Clio en la zona trasera, acentuada por su mayor longitud para las piernas de los pasajeros. En este sentido marca bien la diferencia entre la generación de polivalentes convencionales (como lo es el Clio, a pesar de su original diseño que llamó la atención cuando se presentó en 1998) y la actual generación, que tiene evidentes aspiraciones de monovolumen.

Asimismo, el Fiesta tiene un maletero generoso, de los mayores en su categoría, aprovechando bastante bien sus dimensiones incrementadas.

El tacto y la resistencia de los frenos es buena en ambos, con distancias de parada muy aceptables para su categoría, y con una ligera ventaja para el Fiesta en cifras absolutas en este apartado.

Establecer una preferencia clara por uno u otro modelo es realmente difícil, porque habría que entrar en el campo de las subjetividades. El Fiesta en su variante Ghia se presenta con algo más de equipamiento. El Renault, para ponerse a su nivel, debe incorporar como opcional el aire acondicionado. Al final, al pagar más por las dos puertas traseras adicionales, el Clio se queda ligeramente por arriba, pero no demasiado. Esto puede achacarse al coste adicional de la robotización de la caja pero, también es cierto que hay una menor cilindrada y potencia del motor. La situación cambiaría radicalmente si el 1.4 se ofreciera al mismo precio con la caja Quickshift, aunque con esta última motorización y el cambio Proactiva y acabado superior Privilege, el precio se pasa, casi, a otra categoría.

Nos agrada particularmente el tacto general suave y sólido del Fiesta junto con su elogiable habitabilidad, pero, por otra parte, nos gusta también la agilidad del Clio en las curvas y reconocemos que el cambio Quickshift, en una conducción tranquila, permite ganar enteros en comodidad y confort de conducción.

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