Peugeot 406 3.0 V6 SV/ Renault Laguna 3.0 V6 Initiale/ Rover 75 2.5 V6 Club

La versión con 175 CV del Rover 75 trata de desmarcarse de las ofertas de fabricantes generalistas, como Renault y Peugeot, acentuando su carácter elitista y lujoso, aun a costa de no poder rivalizar en prestaciones y comportamiento en ruta.
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Peugeot 406 3.0 V6 SV/ Renault Laguna 3.0 V6 Initiale/ Rover 75 2.5 V6 Club
Peugeot 406 3.0 V6 SV/ Renault Laguna 3.0 V6 Initiale/ Rover 75 2.5 V6 Club

Nacido para sustituir a las dos gamas más altas de aquella Rover que feneció cuando los dirigentes alemanes tomaron sus riendas, el 75, en su versión más elevada, trata de establecer un puente dentro del mercado, alejándose de los productos de los fabricantes de grandes series, pero sin pisar los propios de la casa, ahora, madre. Esta estrategia se percibe ya en la primera aproximación a su carrocería. La ruptura con el pasado inmediato es total. De hecho, hay que remontarse muchos años atrás para encontrar las líneas maestras de su diseño.

Convenientemente actualizado, podrá tener sus seguidores y detractores, pero de lo que no cabe duda es de que le confiere una personalidad única y totalmente diferencial de cualquier otro modelo comercializado. Abrir una de las puertas y entrar en el mundo interior del 75 acentúa, aún más, esta impresión. El diseño en sí puede ser recargado y hasta barroco, pero la sensación de lujo, distinción y calidad, deja muy atrás a los dos rivales aquí enfrentados.

De hecho, sentados en su interior, la sensación de elitismo es bien superior a la del propio Jaguar S-Type, con el que no debería llegar a competir, por precio y motorización. El Peugeot es bastante clásico en su diseño interior, pero la sensación de calidad es elevada, por materiales y terminación. Aquí, el Laguna es el que cierra el trío, pues pese a que disfruta de tapicería de cuero ofrecida de serie -algo que en el Peugeot hay que pagar aparte-, el aspecto de los plásticos es el que genera menor impacto cualitativo visual de los tres.

Al volante, en los tres modelos el conductor se encuentra plenamente a gusto. Es verdad que el Laguna no dispone de regulación en altura del volante, pero su puesto de conducción está tan bien conseguido que esta falta no afecta realmente a la obtención de una adecuada postura. El volante del Rover es el que está en posición más vertical, lo que ayuda a que su manejo sea el más confortable. Sin embargo, la anchura de la consola puede llegar a molestar las piernas de los ocupantes delanteros. Sus mandos principales poseen un tacto firme, que transmite calidad. Palanca de cambios, intermitentes, pedales... todos irradian robustez y fiabilidad. De hecho, en algunos la sensación es ya de dureza, como en el freno, cuya liviandad de asistencia obliga a realizar bastante fuerza a la hora de obtener deceleraciones francas. Por el contrario, los modelos franceses buscan la suavidad por encima de todo.

En la dirección se pasan; tal es la suavidad -un dedo es suficiente para girarla de tope a tope- que el filtrado de las sensaciones hacia nuestras manos es total. La falta de información sobre lo que sucede entre los neumáticos y el suelo es de tal calibre que parece que estamos ante un videojuego más que en un coche real. Sobre el Renault tampoco el disfrute del manejo del cambio es elevado, pues su palanca posee un tacto muy gomoso y poco preciso. Estos detalles, relativamente marginales, no empañan el confort general de ninguno de los tres modelos, que es sensacional.

Ninguno de los tres está destinado a una utilización enérgica sobre carreteras viradas.

Suficientemente silenciosos para su categoría, muy confortables de suspensión y generosamente amplios para cuatro adultos, viajar en ellos es un auténtico placer, sobre todo en carreteras despejadas de curvas suaves. Los asientos del Renault son los que mejor sujetan el cuerpo, sin perder comodidad. Los del Peugeot son también de mullido blando, pero sujetan algo menos, mientras en el Rover el mullido es más bien duro y la sujeción está en un plano inferior, favorecida por lo resbaladizo del cuero. Ninguno de los tres está destinado a una utilización enérgica sobre carreteras viradas, pero, llegado ese caso, es el Renault el que mejor nos obsequia, seguido del Peugeot, para acabar con el Rover.

Nacido para sustituir a las dos gamas más altas de aquella Rover que feneció cuando los dirigentes alemanes tomaron sus riendas, el 75, en su versión más elevada, trata de establecer un puente dentro del mercado, alejándose de los productos de los fabricantes de grandes series, pero sin pisar los propios de la casa, ahora, madre. Esta estrategia se percibe ya en la primera aproximación a su carrocería. La ruptura con el pasado inmediato es total. De hecho, hay que remontarse muchos años atrás para encontrar las líneas maestras de su diseño.

Convenientemente actualizado, podrá tener sus seguidores y detractores, pero de lo que no cabe duda es de que le confiere una personalidad única y totalmente diferencial de cualquier otro modelo comercializado. Abrir una de las puertas y entrar en el mundo interior del 75 acentúa, aún más, esta impresión. El diseño en sí puede ser recargado y hasta barroco, pero la sensación de lujo, distinción y calidad, deja muy atrás a los dos rivales aquí enfrentados.

De hecho, sentados en su interior, la sensación de elitismo es bien superior a la del propio Jaguar S-Type, con el que no debería llegar a competir, por precio y motorización. El Peugeot es bastante clásico en su diseño interior, pero la sensación de calidad es elevada, por materiales y terminación. Aquí, el Laguna es el que cierra el trío, pues pese a que disfruta de tapicería de cuero ofrecida de serie -algo que en el Peugeot hay que pagar aparte-, el aspecto de los plásticos es el que genera menor impacto cualitativo visual de los tres.

Al volante, en los tres modelos el conductor se encuentra plenamente a gusto. Es verdad que el Laguna no dispone de regulación en altura del volante, pero su puesto de conducción está tan bien conseguido que esta falta no afecta realmente a la obtención de una adecuada postura. El volante del Rover es el que está en posición más vertical, lo que ayuda a que su manejo sea el más confortable. Sin embargo, la anchura de la consola puede llegar a molestar las piernas de los ocupantes delanteros. Sus mandos principales poseen un tacto firme, que transmite calidad. Palanca de cambios, intermitentes, pedales... todos irradian robustez y fiabilidad. De hecho, en algunos la sensación es ya de dureza, como en el freno, cuya liviandad de asistencia obliga a realizar bastante fuerza a la hora de obtener deceleraciones francas. Por el contrario, los modelos franceses buscan la suavidad por encima de todo.

En la dirección se pasan; tal es la suavidad -un dedo es suficiente para girarla de tope a tope- que el filtrado de las sensaciones hacia nuestras manos es total. La falta de información sobre lo que sucede entre los neumáticos y el suelo es de tal calibre que parece que estamos ante un videojuego más que en un coche real. Sobre el Renault tampoco el disfrute del manejo del cambio es elevado, pues su palanca posee un tacto muy gomoso y poco preciso. Estos detalles, relativamente marginales, no empañan el confort general de ninguno de los tres modelos, que es sensacional.

Ninguno de los tres está destinado a una utilización enérgica sobre carreteras viradas.

Suficientemente silenciosos para su categoría, muy confortables de suspensión y generosamente amplios para cuatro adultos, viajar en ellos es un auténtico placer, sobre todo en carreteras despejadas de curvas suaves. Los asientos del Renault son los que mejor sujetan el cuerpo, sin perder comodidad. Los del Peugeot son también de mullido blando, pero sujetan algo menos, mientras en el Rover el mullido es más bien duro y la sujeción está en un plano inferior, favorecida por lo resbaladizo del cuero. Ninguno de los tres está destinado a una utilización enérgica sobre carreteras viradas, pero, llegado ese caso, es el Renault el que mejor nos obsequia, seguido del Peugeot, para acabar con el Rover.

Nacido para sustituir a las dos gamas más altas de aquella Rover que feneció cuando los dirigentes alemanes tomaron sus riendas, el 75, en su versión más elevada, trata de establecer un puente dentro del mercado, alejándose de los productos de los fabricantes de grandes series, pero sin pisar los propios de la casa, ahora, madre. Esta estrategia se percibe ya en la primera aproximación a su carrocería. La ruptura con el pasado inmediato es total. De hecho, hay que remontarse muchos años atrás para encontrar las líneas maestras de su diseño.

Convenientemente actualizado, podrá tener sus seguidores y detractores, pero de lo que no cabe duda es de que le confiere una personalidad única y totalmente diferencial de cualquier otro modelo comercializado. Abrir una de las puertas y entrar en el mundo interior del 75 acentúa, aún más, esta impresión. El diseño en sí puede ser recargado y hasta barroco, pero la sensación de lujo, distinción y calidad, deja muy atrás a los dos rivales aquí enfrentados.

De hecho, sentados en su interior, la sensación de elitismo es bien superior a la del propio Jaguar S-Type, con el que no debería llegar a competir, por precio y motorización. El Peugeot es bastante clásico en su diseño interior, pero la sensación de calidad es elevada, por materiales y terminación. Aquí, el Laguna es el que cierra el trío, pues pese a que disfruta de tapicería de cuero ofrecida de serie -algo que en el Peugeot hay que pagar aparte-, el aspecto de los plásticos es el que genera menor impacto cualitativo visual de los tres.

Al volante, en los tres modelos el conductor se encuentra plenamente a gusto. Es verdad que el Laguna no dispone de regulación en altura del volante, pero su puesto de conducción está tan bien conseguido que esta falta no afecta realmente a la obtención de una adecuada postura. El volante del Rover es el que está en posición más vertical, lo que ayuda a que su manejo sea el más confortable. Sin embargo, la anchura de la consola puede llegar a molestar las piernas de los ocupantes delanteros. Sus mandos principales poseen un tacto firme, que transmite calidad. Palanca de cambios, intermitentes, pedales... todos irradian robustez y fiabilidad. De hecho, en algunos la sensación es ya de dureza, como en el freno, cuya liviandad de asistencia obliga a realizar bastante fuerza a la hora de obtener deceleraciones francas. Por el contrario, los modelos franceses buscan la suavidad por encima de todo.

En la dirección se pasan; tal es la suavidad -un dedo es suficiente para girarla de tope a tope- que el filtrado de las sensaciones hacia nuestras manos es total. La falta de información sobre lo que sucede entre los neumáticos y el suelo es de tal calibre que parece que estamos ante un videojuego más que en un coche real. Sobre el Renault tampoco el disfrute del manejo del cambio es elevado, pues su palanca posee un tacto muy gomoso y poco preciso. Estos detalles, relativamente marginales, no empañan el confort general de ninguno de los tres modelos, que es sensacional.

Ninguno de los tres está destinado a una utilización enérgica sobre carreteras viradas.

Suficientemente silenciosos para su categoría, muy confortables de suspensión y generosamente amplios para cuatro adultos, viajar en ellos es un auténtico placer, sobre todo en carreteras despejadas de curvas suaves. Los asientos del Renault son los que mejor sujetan el cuerpo, sin perder comodidad. Los del Peugeot son también de mullido blando, pero sujetan algo menos, mientras en el Rover el mullido es más bien duro y la sujeción está en un plano inferior, favorecida por lo resbaladizo del cuero. Ninguno de los tres está destinado a una utilización enérgica sobre carreteras viradas, pero, llegado ese caso, es el Renault el que mejor nos obsequia, seguido del Peugeot, para acabar con el Rover.

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