Citroën C5 2.0 HPI Exclusive / Toyota Avensis 2.0 D4 Sol

El éxito obtenido por la inyección directa en los motores Diesel y la búsqueda de caminos para obtener un bajo consumo y menores emisiones, anima a los fabricantes a usarla en las mecánicas de gasolina. El Citroën C5 HPI y Toyota Avensis D4 usan esta técnica aunque con dispares resultados.
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Citroën C5 2.0 HPI Exclusive / Toyota Avensis 2.0 D4 Sol
Citroën C5 2.0 HPI Exclusive / Toyota Avensis 2.0 D4 Sol

Confortables, con un cierto porte y un rendimiento que ronda los 150 CV, tanto el Citroën como el Toyota muestran el paradigma de lo que se espera de una berlina media, al menos en lo que a configuración y características se refiere. La corpulencia del C5 le da significativas ventajas en aspectos como la comodidad de marcha y la habitabilidad, extremo en el que supera al Avensis. La cualidad de ser el más moderno de los dos también le confiere cierta superioridad en lo que se refiere a presentación y diseño. La consola central con pantalla multifunción en la que se engloban un sinfín de informaciones para el conductor es colorista, atractiva y bastante útil, además de proporcionar una imagen moderna y en cierto modo casi futurista, que contrasta con la sobriedad casi extrema del salpicadero del Toyota. En todo caso no debe deslumbrarnos exclusivamente el aspecto visual ya que aplicando criterios más objetivos la calidad de acabado es equivalente. La postura de conducción es buena en ambos y ello se debe, no sólo a lo adecuado de las distancias relativas entre volante, pedales y palanca del cambio, sino también a las múltiples regulaciones de asiento y volante que hacen casi imposible que un conductor no encuentre su posición ideal, por particular que esta sea. Aquí también existe una ligera ventaja para el modelo francés cuya regulación de volante en profundidad —sólo en altura en el Toyota— beneficia sobre todo a los más altos al obligar su estatura a retrasar en exceso la banqueta.

En el apartado mecánico el sistema de distribución variable del Toyota es, sin lugar a dudas, el que marca la diferencia. Gracias a él su rendimiento es superior al del Citroën a lo largo de toda la gama de regímenes utilizables. Por su parte el modelo francés utiliza la técnica de mezcla pobre, muy eficaz en cuanto a emisiones pero que no se ha revelado como la ideal para obtener buenas prestaciones. A todo ello hay que añadir que la diferencia de peso es notable: el Avensis pesa 132 kilos menos que el C5.

La sensación en la práctica es aun más acusada. Por debajo de 3.500 rpm la respuesta del C5 es perezosa, en ocasiones exasperante, lo que obliga a utilizar el cambio con una periodicidad digna de un modelo menos potente, sobre todo si queremos disponer de reserva de potencia para adelantamientos. La respuesta del Toyota es más firme. Tampoco es que sea espectacular, pero aguanta mucho mejor las marchas largas y resulta más contundente en este tipo de maniobras.

En lo que se refiere a consumos una vez más nos encontramos con la paradoja en la que dos motores pensados para ahorrar combustible no ofrecen los resultados que se espera. La justificación es bien sencilla. A punta de gas, en marchas largas, y a velocidad constante, es como más a gusto se encuentran y de la manera en la que los sistemas resultan más eficientes. Pero en las congestionadas carreteras europeas esta situación es casi una enteléquia y la utilización diaria está llena de cambios de ritmo que el motor del Citroën digiere con dificultad. El resultado es que los consumos no están a la altura de lo esperado y se sitúan a la par de los de modelos de motores más tradicionales. Las cifras en nuestros recorridos habituales son buenas, mejores en el caso del Toyota, que nos permite mantener la quinta durante más tiempo, pero pueden dispararse bastante, sobre todo en el C5, si nos empeñamos en mantener cruceros altos y el tráfico no acompaña.

Confortables, con un cierto porte y un rendimiento que ronda los 150 CV, tanto el Citroën como el Toyota muestran el paradigma de lo que se espera de una berlina media, al menos en lo que a configuración y características se refiere. La corpulencia del C5 le da significativas ventajas en aspectos como la comodidad de marcha y la habitabilidad, extremo en el que supera al Avensis. La cualidad de ser el más moderno de los dos también le confiere cierta superioridad en lo que se refiere a presentación y diseño. La consola central con pantalla multifunción en la que se engloban un sinfín de informaciones para el conductor es colorista, atractiva y bastante útil, además de proporcionar una imagen moderna y en cierto modo casi futurista, que contrasta con la sobriedad casi extrema del salpicadero del Toyota. En todo caso no debe deslumbrarnos exclusivamente el aspecto visual ya que aplicando criterios más objetivos la calidad de acabado es equivalente. La postura de conducción es buena en ambos y ello se debe, no sólo a lo adecuado de las distancias relativas entre volante, pedales y palanca del cambio, sino también a las múltiples regulaciones de asiento y volante que hacen casi imposible que un conductor no encuentre su posición ideal, por particular que esta sea. Aquí también existe una ligera ventaja para el modelo francés cuya regulación de volante en profundidad —sólo en altura en el Toyota— beneficia sobre todo a los más altos al obligar su estatura a retrasar en exceso la banqueta.

En el apartado mecánico el sistema de distribución variable del Toyota es, sin lugar a dudas, el que marca la diferencia. Gracias a él su rendimiento es superior al del Citroën a lo largo de toda la gama de regímenes utilizables. Por su parte el modelo francés utiliza la técnica de mezcla pobre, muy eficaz en cuanto a emisiones pero que no se ha revelado como la ideal para obtener buenas prestaciones. A todo ello hay que añadir que la diferencia de peso es notable: el Avensis pesa 132 kilos menos que el C5.

La sensación en la práctica es aun más acusada. Por debajo de 3.500 rpm la respuesta del C5 es perezosa, en ocasiones exasperante, lo que obliga a utilizar el cambio con una periodicidad digna de un modelo menos potente, sobre todo si queremos disponer de reserva de potencia para adelantamientos. La respuesta del Toyota es más firme. Tampoco es que sea espectacular, pero aguanta mucho mejor las marchas largas y resulta más contundente en este tipo de maniobras.

En lo que se refiere a consumos una vez más nos encontramos con la paradoja en la que dos motores pensados para ahorrar combustible no ofrecen los resultados que se espera. La justificación es bien sencilla. A punta de gas, en marchas largas, y a velocidad constante, es como más a gusto se encuentran y de la manera en la que los sistemas resultan más eficientes. Pero en las congestionadas carreteras europeas esta situación es casi una enteléquia y la utilización diaria está llena de cambios de ritmo que el motor del Citroën digiere con dificultad. El resultado es que los consumos no están a la altura de lo esperado y se sitúan a la par de los de modelos de motores más tradicionales. Las cifras en nuestros recorridos habituales son buenas, mejores en el caso del Toyota, que nos permite mantener la quinta durante más tiempo, pero pueden dispararse bastante, sobre todo en el C5, si nos empeñamos en mantener cruceros altos y el tráfico no acompaña.

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