Citroën C5 3.0 V6 Aut. / Renault Laguna 3.0 24v Aut.

Mecánicas de seis cilindros, cambios automáticos, equipamientos excepcionales. Con estas armas, C5 y Laguna plantean su forma de ver el lujo y la sofisticación a precios razonables.
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Citroën C5 3.0 V6 Aut. / Renault Laguna 3.0 24v Aut.
Citroën C5 3.0 V6 Aut. / Renault Laguna 3.0 24v Aut.

Compartir un mismo motor no es una característica corriente en modelos de distintas marcas, y menos, si éstas no pertenecen a un mismo grupo industrial, donde las sinergias suelen ser frecuentes. Este es el caso que nos ocupa, donde dos modelos de marcas rivales desde hace décadas se sirven del mismo propulsor para equipar a las versiones más potentes de sus superventas de la categoría media. Este V6 de 3 litros, desarrollado con los fondos de la marca del rombo y el Grupo PSA, desarrolla 210 CV de potencia en los dos modelos, pero las cifras de par no coinciden a la décima, por lo que se deducen mínimas diferencias que, en el fondo, no suponen nada relevante. Este propulsor es conocido, pues se ha utilizado ya en varios modelos, y se trata de una digna realización, con un suave funcionamiento y buena capacidad de empuje -distribución variable en los árboles de levas de admisión-, muy adecuado para ennoblecer modelos de corte popular, como C5 y Laguna. Su lado menos positivo es el consumo de combustible, elevado y que llega a reducir la autonomía a cifras muy recortadas si le apretamos de verdad, exigiendo su máximo rendimiento.

Las diferencias entre nuestros protagonistas se inician con las cajas de cambio utilizadas. El C5 ofrece a su conductor una automática autoactiva con mando secuencial de cuatro relaciones, y programas deportivo y nieve. Esta caja es del tipo "inteligente" capaz de utilizar diferentes leyes de funcionamiento en función del tipo de conducción que se esté realizando. Su funcionamiento es bueno, con el único pero de que en fase de deceleración, la tendencia a la reducción es escasa, dejando el motor a muy poco régimen, por lo que estamos, en la mayoría de las veces, con sensación de "rueda libre".

Renault deja caer en el vano motor de su Laguna V6 una caja de cinco marchas autoadaptativa, también con posibilidad de manejo secuencial, que se diferencia en su uso diario por una mejor -a nuestro juicio- gestión, aceptando reducir con más diligencia que su rival en las fases de deceleración. La principal ventaja de la adición de una marcha extra se centra en el gasto de combustible, pues la quinta del Laguna es claramente más larga que la cuarta del Citroën, por lo que se ve beneficiado en este capítulo. Sin embargo, no queda tan clara su benéfica influencia sobre las prestaciones. De hecho, el Renault resulta más lento en casi todas las mediciones. No mucho, pero choca con la idea tan extendida de que "a más marchas, más rápido se va". Sin duda, los tiempos muertos existentes en cada cambio de marcha se traducen en centésimas de segundo perdidas, pequeños lapsos que el Citroën repite con menos frecuencia.

En todo caso, la conducción es confortable y eficaz. Sea cual sea el tipo de carretera por el que se circule, la respuesta al acelerador es rápida y enérgica. El manejo secuencial del cambio es agradable y contiene determinados automatismos que nos evitan trabajo —al llegar al régimen máximo cambia a la marcha superior y pone la primera al detenerse el vehículo— y errores —una reducción que originaría un sobrerrégimen no se lleva a cabo, la inserción de una marcha muy larga que dejaría el motor a un régimen tan bajo como inútil, tampoco—, por lo que resultan satisfactorias.

Compartir un mismo motor no es una característica corriente en modelos de distintas marcas, y menos, si éstas no pertenecen a un mismo grupo industrial, donde las sinergias suelen ser frecuentes. Este es el caso que nos ocupa, donde dos modelos de marcas rivales desde hace décadas se sirven del mismo propulsor para equipar a las versiones más potentes de sus superventas de la categoría media. Este V6 de 3 litros, desarrollado con los fondos de la marca del rombo y el Grupo PSA, desarrolla 210 CV de potencia en los dos modelos, pero las cifras de par no coinciden a la décima, por lo que se deducen mínimas diferencias que, en el fondo, no suponen nada relevante. Este propulsor es conocido, pues se ha utilizado ya en varios modelos, y se trata de una digna realización, con un suave funcionamiento y buena capacidad de empuje -distribución variable en los árboles de levas de admisión-, muy adecuado para ennoblecer modelos de corte popular, como C5 y Laguna. Su lado menos positivo es el consumo de combustible, elevado y que llega a reducir la autonomía a cifras muy recortadas si le apretamos de verdad, exigiendo su máximo rendimiento.

Las diferencias entre nuestros protagonistas se inician con las cajas de cambio utilizadas. El C5 ofrece a su conductor una automática autoactiva con mando secuencial de cuatro relaciones, y programas deportivo y nieve. Esta caja es del tipo "inteligente" capaz de utilizar diferentes leyes de funcionamiento en función del tipo de conducción que se esté realizando. Su funcionamiento es bueno, con el único pero de que en fase de deceleración, la tendencia a la reducción es escasa, dejando el motor a muy poco régimen, por lo que estamos, en la mayoría de las veces, con sensación de "rueda libre".

Renault deja caer en el vano motor de su Laguna V6 una caja de cinco marchas autoadaptativa, también con posibilidad de manejo secuencial, que se diferencia en su uso diario por una mejor -a nuestro juicio- gestión, aceptando reducir con más diligencia que su rival en las fases de deceleración. La principal ventaja de la adición de una marcha extra se centra en el gasto de combustible, pues la quinta del Laguna es claramente más larga que la cuarta del Citroën, por lo que se ve beneficiado en este capítulo. Sin embargo, no queda tan clara su benéfica influencia sobre las prestaciones. De hecho, el Renault resulta más lento en casi todas las mediciones. No mucho, pero choca con la idea tan extendida de que "a más marchas, más rápido se va". Sin duda, los tiempos muertos existentes en cada cambio de marcha se traducen en centésimas de segundo perdidas, pequeños lapsos que el Citroën repite con menos frecuencia.

En todo caso, la conducción es confortable y eficaz. Sea cual sea el tipo de carretera por el que se circule, la respuesta al acelerador es rápida y enérgica. El manejo secuencial del cambio es agradable y contiene determinados automatismos que nos evitan trabajo —al llegar al régimen máximo cambia a la marcha superior y pone la primera al detenerse el vehículo— y errores —una reducción que originaría un sobrerrégimen no se lleva a cabo, la inserción de una marcha muy larga que dejaría el motor a un régimen tan bajo como inútil, tampoco—, por lo que resultan satisfactorias.

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