Chrysler PT Cruiser 1.6 / Mini One / Volkswagen New Beetle V5

No son tan prácticos como cualquiera de sus rivales por precio y segmento, pero no son juguetes. Los tres evocan coches del pasado y juegan con el diseño, pero salvo algunas concesiones son tan válidos y serios como el resto de modelos que llenan nuestras calles.
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Chrysler PT Cruiser 1.6 / Mini One / Volkswagen New Beetle V5
Chrysler PT Cruiser 1.6 / Mini One / Volkswagen New Beetle V5

Pero todos estos inconvenientes del Mini se olvidan cuando comenzamos a enlazar curvas medias y lentas. El motor es el mismo 1.6 que el del Cooper de 115 CV con distinta gestión y admisión, pero las sensaciones son muy parecidas, con una respuesta pobre en baja que se compensa entre 4.000 y 6.000 rpm con más alegría. Como es lógico es más lento: 1,8 s en el 0-100 km/h, 2,0 s en los 1.000 metros y alrededor de 1,5 segundos en los ejercicios de adelantamiento. Pero transmite mucha vivacidad unido a unas reacciones de bastidor similares a las del Cooper, pero algo menos radicales: divertido de conducir, dirección directa, cambio rápido de buen tacto y una estabilidad altísima, aunque también algo ruidoso y nervioso en autovía. No es tan rápido como el Cooper pero conserva lo mejor de éste y a un precio de 3.000 euros por debajo, aunque de esos 3.000 euros, 1.800 se justifican con aire acondicionado y llantas de aleación. Pero ahí está, casi la misma estética y más barato.

Algo parecido ocurre con el PT Cruiser. El más barato de los dos litros cuesta 23.440 euros, mientras que este 1.6 permite, en la versión Classic, acceder a la imagen del PT por casi 6.000 euros menos. También le falta algo de equipamiento, como llantas de aleación, control de crucero, radio y faros de niebla. Nada importante. Más necesario es el ABS, que no está disponible como opción. Evidentemente, el motor —el mismo que el del Mini, pero con los 115 CV de la versión Cooper— no responde con la misma contundencia que el dos litros, pero se defiende mejor de lo que se espera a tenor de su peso (1.403 kg) y potencia, 121 CV reales. Pero, como en el Mini, el régimen bueno se sitúa entre 4.000 y 6.000 rpm y los desarrollos de cuarta y quinta se muestran demasiado largos, con mucho salto entre tercera y cuarta. Además suena bastante en marchas cortas y con un sonido algo áspero. Pero si se utiliza el cambio, se le saca bastante provecho y se defiende muy bien. Lo suficiente como para que sea proporcionalmente más recomendable que el dos litros. Y eso que hay diferencias abultadas de prestaciones. En aceleración la versión dos litros le saca 1,5 segundos en el 0-100 km/h y 1,6 s en los 1.000 m. Pero lo más crítico es el ejercicio de adelantamiento en quinta en el 1.6, que es 10,6 s más lento. Mucha diferencia que sólo se solventa moviendo el cambio y subiendo el régimen del motor. A pesar de todo, para el que le guste el PT Cruiser y no busque prestaciones, éste es el suyo.

Nos queda el VW New Beetle V5, que es todo lo contrario a los otros dos, ya que se trata de la versión más caprichosa del caprichoso modelo. Ni más ni menos que 170 CV sin ninguna seña que lo identifique y diferencie de las básicas como no sean las medidas de los neumáticos y un alerón sobre la luneta que se despliega a partir de 150 km/h. Es casi 6.000 euros más caro que la versión 1.6, si bien el equipamiento es más generoso, aunque todavía con lagunas. Por ejemplo, el V5 incluye aire acondicionado, pero no climatizador. Y tampoco dispone de ordenador de a bordo ni un reloj de temperatura de agua, sólo una luz que se ilumina en azul cuando el refrigerante está frío.

Pero resulta que esta versión no es tan cara si la comparamos con la dos litros de 115 CV (1.920 euros más barato) o la 1.8 Turbo (720 euros menos). Sobre todo porque nos ofrece un motor brillante en todo momento, que empuja desde cualquier régimen con contundencia y lo hace acompañado por un discreto sonido ronco bastante sugerente. Aunque, todo hay que decirlo, no tiene unas prestaciones superiores a las del Turbo, al que gana en aceleración y frente al que pierde en recuperaciones. Pero es un motor todavía más suave y progresivo, aunque también consume más.

Tampoco se ha querido acentuar un exagerado carácter deportivo en el comportamiento. Se siguen apreciando rebotes de suspensión en las ondulaciones de las autovías, aunque esto no representa ninguna preocupación en cuanto a seguridad, sólo algo de molestia. Además el ESP de serie nos guarda las espaldas. El diseño tan evocador también se paga en una visibilidad mediocre porque se pierden las referencias de la carrocería, en una aerodinámica poco eficaz cifrada en un 0,38 de Cx —que genera ruidos a alta velocidad— y un consumo elevado si se explota el potencial del motor. Una velocidad máxima de 211 km/h oficiales para un coche de 170 CV dice bastante de la lucha que mantiene contra el aire.

En definitiva, cada uno en su estilo, los tres representan opciones diferentes para los que quieren algo más que un coche que les transporte de un sitio a otro. Aunque ese aspecto diferenciador se pague en algunos inconvenientes intrínsecos a su diseño.

Pero todos estos inconvenientes del Mini se olvidan cuando comenzamos a enlazar curvas medias y lentas. El motor es el mismo 1.6 que el del Cooper de 115 CV con distinta gestión y admisión, pero las sensaciones son muy parecidas, con una respuesta pobre en baja que se compensa entre 4.000 y 6.000 rpm con más alegría. Como es lógico es más lento: 1,8 s en el 0-100 km/h, 2,0 s en los 1.000 metros y alrededor de 1,5 segundos en los ejercicios de adelantamiento. Pero transmite mucha vivacidad unido a unas reacciones de bastidor similares a las del Cooper, pero algo menos radicales: divertido de conducir, dirección directa, cambio rápido de buen tacto y una estabilidad altísima, aunque también algo ruidoso y nervioso en autovía. No es tan rápido como el Cooper pero conserva lo mejor de éste y a un precio de 3.000 euros por debajo, aunque de esos 3.000 euros, 1.800 se justifican con aire acondicionado y llantas de aleación. Pero ahí está, casi la misma estética y más barato.

Algo parecido ocurre con el PT Cruiser. El más barato de los dos litros cuesta 23.440 euros, mientras que este 1.6 permite, en la versión Classic, acceder a la imagen del PT por casi 6.000 euros menos. También le falta algo de equipamiento, como llantas de aleación, control de crucero, radio y faros de niebla. Nada importante. Más necesario es el ABS, que no está disponible como opción. Evidentemente, el motor —el mismo que el del Mini, pero con los 115 CV de la versión Cooper— no responde con la misma contundencia que el dos litros, pero se defiende mejor de lo que se espera a tenor de su peso (1.403 kg) y potencia, 121 CV reales. Pero, como en el Mini, el régimen bueno se sitúa entre 4.000 y 6.000 rpm y los desarrollos de cuarta y quinta se muestran demasiado largos, con mucho salto entre tercera y cuarta. Además suena bastante en marchas cortas y con un sonido algo áspero. Pero si se utiliza el cambio, se le saca bastante provecho y se defiende muy bien. Lo suficiente como para que sea proporcionalmente más recomendable que el dos litros. Y eso que hay diferencias abultadas de prestaciones. En aceleración la versión dos litros le saca 1,5 segundos en el 0-100 km/h y 1,6 s en los 1.000 m. Pero lo más crítico es el ejercicio de adelantamiento en quinta en el 1.6, que es 10,6 s más lento. Mucha diferencia que sólo se solventa moviendo el cambio y subiendo el régimen del motor. A pesar de todo, para el que le guste el PT Cruiser y no busque prestaciones, éste es el suyo.

Nos queda el VW New Beetle V5, que es todo lo contrario a los otros dos, ya que se trata de la versión más caprichosa del caprichoso modelo. Ni más ni menos que 170 CV sin ninguna seña que lo identifique y diferencie de las básicas como no sean las medidas de los neumáticos y un alerón sobre la luneta que se despliega a partir de 150 km/h. Es casi 6.000 euros más caro que la versión 1.6, si bien el equipamiento es más generoso, aunque todavía con lagunas. Por ejemplo, el V5 incluye aire acondicionado, pero no climatizador. Y tampoco dispone de ordenador de a bordo ni un reloj de temperatura de agua, sólo una luz que se ilumina en azul cuando el refrigerante está frío.

Pero resulta que esta versión no es tan cara si la comparamos con la dos litros de 115 CV (1.920 euros más barato) o la 1.8 Turbo (720 euros menos). Sobre todo porque nos ofrece un motor brillante en todo momento, que empuja desde cualquier régimen con contundencia y lo hace acompañado por un discreto sonido ronco bastante sugerente. Aunque, todo hay que decirlo, no tiene unas prestaciones superiores a las del Turbo, al que gana en aceleración y frente al que pierde en recuperaciones. Pero es un motor todavía más suave y progresivo, aunque también consume más.

Tampoco se ha querido acentuar un exagerado carácter deportivo en el comportamiento. Se siguen apreciando rebotes de suspensión en las ondulaciones de las autovías, aunque esto no representa ninguna preocupación en cuanto a seguridad, sólo algo de molestia. Además el ESP de serie nos guarda las espaldas. El diseño tan evocador también se paga en una visibilidad mediocre porque se pierden las referencias de la carrocería, en una aerodinámica poco eficaz cifrada en un 0,38 de Cx —que genera ruidos a alta velocidad— y un consumo elevado si se explota el potencial del motor. Una velocidad máxima de 211 km/h oficiales para un coche de 170 CV dice bastante de la lucha que mantiene contra el aire.

En definitiva, cada uno en su estilo, los tres representan opciones diferentes para los que quieren algo más que un coche que les transporte de un sitio a otro. Aunque ese aspecto diferenciador se pague en algunos inconvenientes intrínsecos a su diseño.

Pero todos estos inconvenientes del Mini se olvidan cuando comenzamos a enlazar curvas medias y lentas. El motor es el mismo 1.6 que el del Cooper de 115 CV con distinta gestión y admisión, pero las sensaciones son muy parecidas, con una respuesta pobre en baja que se compensa entre 4.000 y 6.000 rpm con más alegría. Como es lógico es más lento: 1,8 s en el 0-100 km/h, 2,0 s en los 1.000 metros y alrededor de 1,5 segundos en los ejercicios de adelantamiento. Pero transmite mucha vivacidad unido a unas reacciones de bastidor similares a las del Cooper, pero algo menos radicales: divertido de conducir, dirección directa, cambio rápido de buen tacto y una estabilidad altísima, aunque también algo ruidoso y nervioso en autovía. No es tan rápido como el Cooper pero conserva lo mejor de éste y a un precio de 3.000 euros por debajo, aunque de esos 3.000 euros, 1.800 se justifican con aire acondicionado y llantas de aleación. Pero ahí está, casi la misma estética y más barato.

Algo parecido ocurre con el PT Cruiser. El más barato de los dos litros cuesta 23.440 euros, mientras que este 1.6 permite, en la versión Classic, acceder a la imagen del PT por casi 6.000 euros menos. También le falta algo de equipamiento, como llantas de aleación, control de crucero, radio y faros de niebla. Nada importante. Más necesario es el ABS, que no está disponible como opción. Evidentemente, el motor —el mismo que el del Mini, pero con los 115 CV de la versión Cooper— no responde con la misma contundencia que el dos litros, pero se defiende mejor de lo que se espera a tenor de su peso (1.403 kg) y potencia, 121 CV reales. Pero, como en el Mini, el régimen bueno se sitúa entre 4.000 y 6.000 rpm y los desarrollos de cuarta y quinta se muestran demasiado largos, con mucho salto entre tercera y cuarta. Además suena bastante en marchas cortas y con un sonido algo áspero. Pero si se utiliza el cambio, se le saca bastante provecho y se defiende muy bien. Lo suficiente como para que sea proporcionalmente más recomendable que el dos litros. Y eso que hay diferencias abultadas de prestaciones. En aceleración la versión dos litros le saca 1,5 segundos en el 0-100 km/h y 1,6 s en los 1.000 m. Pero lo más crítico es el ejercicio de adelantamiento en quinta en el 1.6, que es 10,6 s más lento. Mucha diferencia que sólo se solventa moviendo el cambio y subiendo el régimen del motor. A pesar de todo, para el que le guste el PT Cruiser y no busque prestaciones, éste es el suyo.

Nos queda el VW New Beetle V5, que es todo lo contrario a los otros dos, ya que se trata de la versión más caprichosa del caprichoso modelo. Ni más ni menos que 170 CV sin ninguna seña que lo identifique y diferencie de las básicas como no sean las medidas de los neumáticos y un alerón sobre la luneta que se despliega a partir de 150 km/h. Es casi 6.000 euros más caro que la versión 1.6, si bien el equipamiento es más generoso, aunque todavía con lagunas. Por ejemplo, el V5 incluye aire acondicionado, pero no climatizador. Y tampoco dispone de ordenador de a bordo ni un reloj de temperatura de agua, sólo una luz que se ilumina en azul cuando el refrigerante está frío.

Pero resulta que esta versión no es tan cara si la comparamos con la dos litros de 115 CV (1.920 euros más barato) o la 1.8 Turbo (720 euros menos). Sobre todo porque nos ofrece un motor brillante en todo momento, que empuja desde cualquier régimen con contundencia y lo hace acompañado por un discreto sonido ronco bastante sugerente. Aunque, todo hay que decirlo, no tiene unas prestaciones superiores a las del Turbo, al que gana en aceleración y frente al que pierde en recuperaciones. Pero es un motor todavía más suave y progresivo, aunque también consume más.

Tampoco se ha querido acentuar un exagerado carácter deportivo en el comportamiento. Se siguen apreciando rebotes de suspensión en las ondulaciones de las autovías, aunque esto no representa ninguna preocupación en cuanto a seguridad, sólo algo de molestia. Además el ESP de serie nos guarda las espaldas. El diseño tan evocador también se paga en una visibilidad mediocre porque se pierden las referencias de la carrocería, en una aerodinámica poco eficaz cifrada en un 0,38 de Cx —que genera ruidos a alta velocidad— y un consumo elevado si se explota el potencial del motor. Una velocidad máxima de 211 km/h oficiales para un coche de 170 CV dice bastante de la lucha que mantiene contra el aire.

En definitiva, cada uno en su estilo, los tres representan opciones diferentes para los que quieren algo más que un coche que les transporte de un sitio a otro. Aunque ese aspecto diferenciador se pague en algunos inconvenientes intrínsecos a su diseño.

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