Fiat Stilo Multijet Dynamic 3p

Un turbodiésel Multijet de última generación con 140 CV, unas dimensiones cómodas para ciudad y un comportamiento agradable y divertido en carretera, principales ingredientes de este “plato” con sabor mediterráneo.
Autopista -
Fiat Stilo Multijet Dynamic 3p
Fiat Stilo Multijet Dynamic 3p

El Fiat Stilo es un coche especial para mí. Su presentación mundial en Barcelona hace tres años fue mi debut en la prensa del motor. Guardo de este modelo, por tanto, un agradable recuerdo. Cuando supe que el siguiente vehículo que tenía que analizar a fondo sería este Stilo, me alegré bastante.

Sentimentalismos aparte, los primeros compases de mi “relación” con este Stilo fueron, como casi siempre, a “mata caballo”. Llegaba tarde a una reunión en la otra punta de la ciudad, así que la primera toma de contacto con el coche no fue especialmente reflexiva. Es decir, apenas si hubo tiempo para detenerme analizando el interior.

Tardé muy poco –con las prisas- en colocar el asiento, en reglar los espejos (eléctricos) y asientos (manuales); en buscar en definitiva una cómoda y segura posición al volante.

Giré la llave para salir apresuradamente del aparcamiento y comprobé, nada más llegar a la “jungla urbana”, su agilidad de movimientos por las atascadas calles de Madrid. También verifiqué que la dirección asistida eléctrica con dos posibilidades (city o normal) ha cambiado –a mejor- en este Stilo, pero aún no termina de gustarme.

El primer semáforo en rojo me sirve para familiarizarme con los mandos. Abrumador. Éste es el concepto que mejor define el salpicadero del Stilo. Parece que hay cientos y cientos de botones, una auténtica galaxia de dispositivos.

Me pitan en el semáforo, porque me he quedado “embobada” con tanto botón. El coche que ha hecho sonar el claxon queda, en unos segundos, lejos en el retrovisor. El modelo tiene una rápida salida desde parado. El empuje desde bajas vueltas (10,02 mkg a 1.000 rpm) contribuye a este agradable comportamiento.

Atasco. Aprovecho para investigar con el navegador, aún no sé exactamente dónde voy. Compruebo, con inquietud, que no es nada intuitivo; será mejor apagarlo e ir a la aventura –no tengo tiempo para detenerme y buscar el destino-.

En la puerta, a la izquierda encuentro los alzacristales, la regulación de los espejos retrovisores y el cierre centralizado. Los he utilizado todos ya, señal de que la colocación es intuitiva. Continúo el recorrido, a la izquierda del volante encuentro, debajo de la tobera de salida de aire, la regulación de la altura de los faros, el control de velocidad de crucero (en opción, por 260 euros) y las luces de niebla y de párking. Demasiada información, creo yo.

El volante es multifunción (un elemento opcional que cuesta 315 euros), incluye el claxon, cambio de fuente de sonido (de radio a cd o viceversa), volumen de la radio, control del teléfono móvil, salto entre canciones o emisoras de radio, mandos del navegador...

Continúo hacia la izquierda con mi ojeada. La consola central tiene dos grandes núcleos: la pantalla del navegador (de la radio, del cd y del teléfono móvil) y el climatizador. El manejo de éste (opción que suma al precio base otros 1.350 euros) es, sin duda, el más intuitivo de todos los dispositivos que hasta ahora hemos encontrado en el salpicadero. Al navegador, que tiene un coste adicional de 1.350 euros, en cambio, nos acostumbramos peor.

Todo estaba claro. Nada, a priori, podría empañar las conclusiones de nuestra primera toma de contacto con el Stilo. Era el tiempo de la dinámica. A este Stilo le quedaba un recorrido por autovía y después una sesión de curvas, frenadas, aceleraciones... La prueba dinámica más pura.
La sorpresa llega unos segundos después de girar la llave. Comprobando estado... Pitido. Luz amarilla. Avería de motor. Apago el motor... A lo mejor reiniciando, como Windows... Arranco otra vez. Se repite la misma historia. Desisto.
Echo mano del libro de instrucciones para intentar averiguar qué le pasa exactamente al protagonista de nuestra prueba. Al parecer, el sistema de escape necesita una revisión. Es posible, dice el libro, que esta avería sea transitoria y que de pronto, sin saber cómo ni por qué, desaparezca el error. En ese caso quedará grabada en la memoria con el objetivo de que en la próxima revisión mecánica se eche un vistazo al problema.
Efectivamente, 24 horas más tarde decido arrancar y llevar el coche a Fiat sin subir de 2.000 rpm y a una velocidad moderada entre 90-100 km/h. Comprobando estado. Nivel de aceite... Ok. Comprobación... Ok. Ni rastro del problema, ni luz amarilla, ni pitido... Nada, ni rastro. En los cuatro días siguientes... nada, ningún problema. ¿Sospechoso? ¿Curioso? Sobre todo, sorprendente.

El Fiat Stilo es un coche especial para mí. Su presentación mundial en Barcelona hace tres años fue mi debut en la prensa del motor. Guardo de este modelo, por tanto, un agradable recuerdo. Cuando supe que el siguiente vehículo que tenía que analizar a fondo sería este Stilo, me alegré bastante.

Sentimentalismos aparte, los primeros compases de mi “relación” con este Stilo fueron, como casi siempre, a “mata caballo”. Llegaba tarde a una reunión en la otra punta de la ciudad, así que la primera toma de contacto con el coche no fue especialmente reflexiva. Es decir, apenas si hubo tiempo para detenerme analizando el interior.

Tardé muy poco –con las prisas- en colocar el asiento, en reglar los espejos (eléctricos) y asientos (manuales); en buscar en definitiva una cómoda y segura posición al volante.

Giré la llave para salir apresuradamente del aparcamiento y comprobé, nada más llegar a la “jungla urbana”, su agilidad de movimientos por las atascadas calles de Madrid. También verifiqué que la dirección asistida eléctrica con dos posibilidades (city o normal) ha cambiado –a mejor- en este Stilo, pero aún no termina de gustarme.

El primer semáforo en rojo me sirve para familiarizarme con los mandos. Abrumador. Éste es el concepto que mejor define el salpicadero del Stilo. Parece que hay cientos y cientos de botones, una auténtica galaxia de dispositivos.

Me pitan en el semáforo, porque me he quedado “embobada” con tanto botón. El coche que ha hecho sonar el claxon queda, en unos segundos, lejos en el retrovisor. El modelo tiene una rápida salida desde parado. El empuje desde bajas vueltas (10,02 mkg a 1.000 rpm) contribuye a este agradable comportamiento.

Atasco. Aprovecho para investigar con el navegador, aún no sé exactamente dónde voy. Compruebo, con inquietud, que no es nada intuitivo; será mejor apagarlo e ir a la aventura –no tengo tiempo para detenerme y buscar el destino-.

En la puerta, a la izquierda encuentro los alzacristales, la regulación de los espejos retrovisores y el cierre centralizado. Los he utilizado todos ya, señal de que la colocación es intuitiva. Continúo el recorrido, a la izquierda del volante encuentro, debajo de la tobera de salida de aire, la regulación de la altura de los faros, el control de velocidad de crucero (en opción, por 260 euros) y las luces de niebla y de párking. Demasiada información, creo yo.

El volante es multifunción (un elemento opcional que cuesta 315 euros), incluye el claxon, cambio de fuente de sonido (de radio a cd o viceversa), volumen de la radio, control del teléfono móvil, salto entre canciones o emisoras de radio, mandos del navegador...

Continúo hacia la izquierda con mi ojeada. La consola central tiene dos grandes núcleos: la pantalla del navegador (de la radio, del cd y del teléfono móvil) y el climatizador. El manejo de éste (opción que suma al precio base otros 1.350 euros) es, sin duda, el más intuitivo de todos los dispositivos que hasta ahora hemos encontrado en el salpicadero. Al navegador, que tiene un coste adicional de 1.350 euros, en cambio, nos acostumbramos peor.

Todo estaba claro. Nada, a priori, podría empañar las conclusiones de nuestra primera toma de contacto con el Stilo. Era el tiempo de la dinámica. A este Stilo le quedaba un recorrido por autovía y después una sesión de curvas, frenadas, aceleraciones... La prueba dinámica más pura.
La sorpresa llega unos segundos después de girar la llave. Comprobando estado... Pitido. Luz amarilla. Avería de motor. Apago el motor... A lo mejor reiniciando, como Windows... Arranco otra vez. Se repite la misma historia. Desisto.
Echo mano del libro de instrucciones para intentar averiguar qué le pasa exactamente al protagonista de nuestra prueba. Al parecer, el sistema de escape necesita una revisión. Es posible, dice el libro, que esta avería sea transitoria y que de pronto, sin saber cómo ni por qué, desaparezca el error. En ese caso quedará grabada en la memoria con el objetivo de que en la próxima revisión mecánica se eche un vistazo al problema.
Efectivamente, 24 horas más tarde decido arrancar y llevar el coche a Fiat sin subir de 2.000 rpm y a una velocidad moderada entre 90-100 km/h. Comprobando estado. Nivel de aceite... Ok. Comprobación... Ok. Ni rastro del problema, ni luz amarilla, ni pitido... Nada, ni rastro. En los cuatro días siguientes... nada, ningún problema. ¿Sospechoso? ¿Curioso? Sobre todo, sorprendente.

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