BMW 320d / BMW 330d

Sencillamente, la perfección. Hay diferencias entre el mejor cuatro cilindros Diesel del mercado y la evolución de éste a seis cilindros. Diferencias de peso, prestaciones y económicas. Pero hay un incuestionable punto en común; la supremacía de BMW en este tipo de motores.
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BMW 320d / BMW 330d
BMW 320d / BMW 330d

Sólo gracias a la oportunidad de bajar de uno y subir al otro, de pasar por las mismas curvas, rectas y situaciones al volante de ambos es posible extraer conclusiones y establecer diferencias entre dos coches tan brillantes y semejantes. La inigualable satisfacción que produce cualquiera de ellos a su conductor casi anula al resto de la competencia.

En recorrido rápido, de tipo autopista, no hay mucho que matizar. Para mantener velocidades elevadas, el régimen de giro no es tan alto en el 330d y lo que se aprecia de forma inmediata es la mayor suavidad de funcionamiento del seis cilindros. Digamos que se nota que va sobrado de recursos y desborda por los cuatro costados la potencia y mayor sensación de poderío, una sensación contundente que queda corroborada por los datos obtenidos en prestaciones y muy especialmente en las recuperaciones, donde el mayor par motor, conseguido además a un régimen de giro inferior, es muy favorable al 330d. Pocos motores (ahora no recordamos ninguno), son capaces de entregar un par superior a los 400 Nm por debajo de las 2.000 rpm.

En zonas viradas y rápidas, el 320d llega a pedir a gritos una sexta velocidad. En ambos casos las cajas son de cinco marchas, de recorridos largos, pero con ese tacto preciso típico de BMW. Sin embargo, en el 320d da la sensación de que el motor se agota, mientras que en el 330d esa sensación es menor, porque siempre queda motor para seguir estirando la velocidad. Para llegar a agotar un motor como el del 320d no sólo hay que ir realmente rápido, también es necesario tener un bastidor que lo soporte y se preste a ello. Y para esto, el de la Serie 3 es único. Estables, eficaces, dinámicos, alegres y nobles de reacciones, tanto el 320d como el 330d son un juguete perfecto para el mejor volantista y el mejor compañero de viaje para el menos experimentado.

Como todo gran coche es un tracción trasera, brillante sobre cualquier superficie, con una dirección precisa y rápida que marca milimétricamente por donde pasa el coche. La dirección transmite mucha información al conductor, más aún en el 330 por sus mayores llantas y neumáticos. Pero es una información bien filtrada, nada molesta y buena para el conductor, que, en todo momento, sabe lo que ocurre entre el suelo y el coche. La elección no es nada fácil, porque ambos son lo mejor de lo mejor en cada apartado. Si se puede llegar al 330d, no hay que tener dudas. Pero si aplicamos algo de lógica a la elección, el 320d es mucho más razonable. Bien asistido por el control de tracción y correctamente equipado, la diferencia en prestaciones sólo la apreciarán los que expriman al máximo la mecánica. Y comprando un BMW 320d e invirtiendo la diferencia con el 330d en combustible, tendríamos cubiertos nada menos que 172.000 kilómetros, que no es poco.

Sólo gracias a la oportunidad de bajar de uno y subir al otro, de pasar por las mismas curvas, rectas y situaciones al volante de ambos es posible extraer conclusiones y establecer diferencias entre dos coches tan brillantes y semejantes. La inigualable satisfacción que produce cualquiera de ellos a su conductor casi anula al resto de la competencia.

En recorrido rápido, de tipo autopista, no hay mucho que matizar. Para mantener velocidades elevadas, el régimen de giro no es tan alto en el 330d y lo que se aprecia de forma inmediata es la mayor suavidad de funcionamiento del seis cilindros. Digamos que se nota que va sobrado de recursos y desborda por los cuatro costados la potencia y mayor sensación de poderío, una sensación contundente que queda corroborada por los datos obtenidos en prestaciones y muy especialmente en las recuperaciones, donde el mayor par motor, conseguido además a un régimen de giro inferior, es muy favorable al 330d. Pocos motores (ahora no recordamos ninguno), son capaces de entregar un par superior a los 400 Nm por debajo de las 2.000 rpm.

En zonas viradas y rápidas, el 320d llega a pedir a gritos una sexta velocidad. En ambos casos las cajas son de cinco marchas, de recorridos largos, pero con ese tacto preciso típico de BMW. Sin embargo, en el 320d da la sensación de que el motor se agota, mientras que en el 330d esa sensación es menor, porque siempre queda motor para seguir estirando la velocidad. Para llegar a agotar un motor como el del 320d no sólo hay que ir realmente rápido, también es necesario tener un bastidor que lo soporte y se preste a ello. Y para esto, el de la Serie 3 es único. Estables, eficaces, dinámicos, alegres y nobles de reacciones, tanto el 320d como el 330d son un juguete perfecto para el mejor volantista y el mejor compañero de viaje para el menos experimentado.

Como todo gran coche es un tracción trasera, brillante sobre cualquier superficie, con una dirección precisa y rápida que marca milimétricamente por donde pasa el coche. La dirección transmite mucha información al conductor, más aún en el 330 por sus mayores llantas y neumáticos. Pero es una información bien filtrada, nada molesta y buena para el conductor, que, en todo momento, sabe lo que ocurre entre el suelo y el coche. La elección no es nada fácil, porque ambos son lo mejor de lo mejor en cada apartado. Si se puede llegar al 330d, no hay que tener dudas. Pero si aplicamos algo de lógica a la elección, el 320d es mucho más razonable. Bien asistido por el control de tracción y correctamente equipado, la diferencia en prestaciones sólo la apreciarán los que expriman al máximo la mecánica. Y comprando un BMW 320d e invirtiendo la diferencia con el 330d en combustible, tendríamos cubiertos nada menos que 172.000 kilómetros, que no es poco.

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