Citroën C8 2.0 HDi SX

Un trabajado diseño interior, con toques y soluciones rompedoras, un habitáculo espacioso y una gran modularidad interior lo convierten en un modelo muy versátil. Además, su peso y dimensiones no se notan en el asfalto. Eso sí, aunque se comporta igual que un turismo, el motor 2.0 HDi -el mismo que monta el Citroën Xsara o el Peugeot 807- le queda bastante corto.
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Citroën C8 2.0 HDi SX

En el C8 se ha hecho un verdadero esfuerzo en diseño interior. Un salpicadero de formas ovaladas concentra en su parte central tres esferas, el ordenador de viaje, climatizador y la citada palanca del cambio, quedando los laterales diáfanos (con distintos huecos para llevar cosas).

Es un coche de detallitos: ¡hasta el cenicero llama la atención! Eso sí, el acabado recurre demasiado al plástico, lo que quita prestancia al vehículo.

Si exteriormente se ha optado por formas redondeadas, el habitáculo también apuesta por romper con la rectitud de líneas. Como si se hubiera proyectado a partir de un solo punto, todo el interior parece converger en el infinito: plazas centrales que se miran, ausencia de túnel central, multitud de elementos agrupados en el centro del salpicadero…

Nada más sentarse, el conductor creerá que está de suerte. El abnegado padre o madre de familia ya no tendrá el complejo de conducir una furgoneta, pero -una vez más- las apariencias engañan.

Para empezar, hay que dar multitud de vueltas para encontrar la postura correcta al volante, sobre todo si el conductor es alto. El asiento no baja lo suficiente -se va muy elevado- y, para controlar el espejo delantero, tendremos que encorvarnos. Tampoco el respaldo tiene mucha longitud y resulta un poco duro.

"Sentirse como en casa" es un mandato que puede llegar a ser contraproducente. No entendemos la moda de poner reposabrazos en el asiento del conductor: no resultan cómodos, molestan cuando no los utilizamos y, si los usamos, impiden una correcta postura al volante (descuidaremos nuestra posición y tenderemos a conducir con una sola mano o con los brazos demasiado estirados). Además, los asientos del C8 no agarran lo suficiente el cuerpo y no contamos con un reposapié (tendremos que apoyar el pie izquierdo en el paso de rueda).

Como ya hemos visto, el cambio queda muy alejado del conductor, pero no es el único elemento que no encontraremos a mano: el climatizador, los elevalunas y el ordenador de viaje también están muy adelantados (eso sí, en el sitio oportuno para que los maneje el copiloto; será que no quieren que viajemos solos).

La instrumentación tampoco es la panacea. Es muy vistosa, pero poco efectiva: una sola esfera agrupa la información sobre la gasolina y la temperatura y el cuentarrevoluciones -detrás del volante- no se controla bien. Además, a nada que da la luz, todo el salpicadero brilla, impidiendo ver los números. Sin embargo, Citroën también ha tenido muy buenas ideas para hacer más fácil la conducción.

El acabado SX -que analizamos- viene muy completito, capaz de satisfacer las necesidades de los más exigentes. Así, el conductor disfrutará de mandos al volante para controlar el equipo de sonido, bloqueo de puertas y ventanillas, luces automáticas que se encienden solas, retrovisores eléctricos que se pliegan al apagar el motor, multitud de luces de cortesía…

Tenemos que hacer un aviso para navegantes. En la unidad probada -aunque también nos pasó en el Peugeot 807-, la palanca del freno parecía destensada. Se bajaba y subía sin problemas, pero el freno continuaba echado (la luz correspondiente continuaba iluminada)… En realidad, no ocurría nada; sólo que había un truco: hay que tirar hacia arriba con fuerza -no tengas miedo de forzarlo- mientras aprietas el botón y posteriormente soltarlo. Sólo así lo desactivaremos. No hay que olvidar que el freno se coloca a la izquierda y en Citroën han diseñado este sistema para que podamos bajar la palanca y salir del coche sin problemas. Es una buena idea, pero -como todo- precisa que el conductor se habitúe.

En el C8 se ha hecho un verdadero esfuerzo en diseño interior. Un salpicadero de formas ovaladas concentra en su parte central tres esferas, el ordenador de viaje, climatizador y la citada palanca del cambio, quedando los laterales diáfanos (con distintos huecos para llevar cosas).

Es un coche de detallitos: ¡hasta el cenicero llama la atención! Eso sí, el acabado recurre demasiado al plástico, lo que quita prestancia al vehículo.

Si exteriormente se ha optado por formas redondeadas, el habitáculo también apuesta por romper con la rectitud de líneas. Como si se hubiera proyectado a partir de un solo punto, todo el interior parece converger en el infinito: plazas centrales que se miran, ausencia de túnel central, multitud de elementos agrupados en el centro del salpicadero…

Nada más sentarse, el conductor creerá que está de suerte. El abnegado padre o madre de familia ya no tendrá el complejo de conducir una furgoneta, pero -una vez más- las apariencias engañan.

Para empezar, hay que dar multitud de vueltas para encontrar la postura correcta al volante, sobre todo si el conductor es alto. El asiento no baja lo suficiente -se va muy elevado- y, para controlar el espejo delantero, tendremos que encorvarnos. Tampoco el respaldo tiene mucha longitud y resulta un poco duro.

"Sentirse como en casa" es un mandato que puede llegar a ser contraproducente. No entendemos la moda de poner reposabrazos en el asiento del conductor: no resultan cómodos, molestan cuando no los utilizamos y, si los usamos, impiden una correcta postura al volante (descuidaremos nuestra posición y tenderemos a conducir con una sola mano o con los brazos demasiado estirados). Además, los asientos del C8 no agarran lo suficiente el cuerpo y no contamos con un reposapié (tendremos que apoyar el pie izquierdo en el paso de rueda).

Como ya hemos visto, el cambio queda muy alejado del conductor, pero no es el único elemento que no encontraremos a mano: el climatizador, los elevalunas y el ordenador de viaje también están muy adelantados (eso sí, en el sitio oportuno para que los maneje el copiloto; será que no quieren que viajemos solos).

La instrumentación tampoco es la panacea. Es muy vistosa, pero poco efectiva: una sola esfera agrupa la información sobre la gasolina y la temperatura y el cuentarrevoluciones -detrás del volante- no se controla bien. Además, a nada que da la luz, todo el salpicadero brilla, impidiendo ver los números. Sin embargo, Citroën también ha tenido muy buenas ideas para hacer más fácil la conducción.

El acabado SX -que analizamos- viene muy completito, capaz de satisfacer las necesidades de los más exigentes. Así, el conductor disfrutará de mandos al volante para controlar el equipo de sonido, bloqueo de puertas y ventanillas, luces automáticas que se encienden solas, retrovisores eléctricos que se pliegan al apagar el motor, multitud de luces de cortesía…

Tenemos que hacer un aviso para navegantes. En la unidad probada -aunque también nos pasó en el Peugeot 807-, la palanca del freno parecía destensada. Se bajaba y subía sin problemas, pero el freno continuaba echado (la luz correspondiente continuaba iluminada)… En realidad, no ocurría nada; sólo que había un truco: hay que tirar hacia arriba con fuerza -no tengas miedo de forzarlo- mientras aprietas el botón y posteriormente soltarlo. Sólo así lo desactivaremos. No hay que olvidar que el freno se coloca a la izquierda y en Citroën han diseñado este sistema para que podamos bajar la palanca y salir del coche sin problemas. Es una buena idea, pero -como todo- precisa que el conductor se habitúe.

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