BMW Z4 3.0i Steptronic

BMW ha desarrollado con el Z4 un roadster que conjuga diversión con exclusividad. Hemos tenido la oportunidad de probar la versión tope de gama, dotada de un motor de 3 litros y 231 CV y un equipamiento de primera. Los resultados los podréis descubrir si seguís leyendo, sólo os adelanto algo: Nunca trabajar fue tanto un placer.
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BMW Z4 3.0i Steptronic

La caja de cambios automática es una de las bazas de este roadster, puesto que podemos adaptar su funcionamiento al tipo de conducción que queramos practicar. Así, para ir por ciudad en el continuo atasco que se vive en las grandes ciudades, es mucho mejor optar por la comodidad del automático, dejando que sea la máquina la que decida por nosotros los cambios de marcha. Para los grandes viajes y el mantenimiento de cruceros, también nos decantamos por el automático puro y por la ayuda, opcional, del control de velocidad de crucero. A la hora de realizar adelantamientos en escasos metros, no hay ningún problema, ya que se pisa a fondo el acelerador y el sistema “kick-down” funciona a la perfección, reduciendo las relaciones necesarias para favorecer esta maniobra.

Sin embargo, los amantes de la conducción pura, y de los trazados virados elegirán sin duda, el modo secuencial, en el que el conductor es el que varia la marcha a su antojo, con el fin de extraer todo el potencial del motor. Al mismo tiempo, BMW ofrece, como opción, el control dinámico de la conducción FDC, que, a través de la pulsación de un botón junto al pomo de la caja de cambios, permite al conductor variar el comportamiento del motor. Es decir, la centralita revoluciona más el motor en cada marcha, endurece considerablemente la dirección y consigue que el cambio de marchas, en modo secuencial, sea más rápido. Nuestra unidad de pruebas contaba con este elemento y he de reconocer que funcionaba a la perfección, dando una respuesta más viva, si cabe, al motor y mejorando su comportamiento en curvas enlazadas, cuando es importante acelerar y frenar con rapidez.

Ni que decir tiene que circular por trazados sinuosos es muy divertido a los mandos de este Z4, aunque no es un juego de niños. La zaga se suele insinuar cuando variamos la trayectoria o pisamos el freno levantamos el pie del acelerador de forma súbita en mitad del giro, pero no hay que asustarse: si nuestras manos no son lo suficientemente rápidas, el control de estabilidad se encargará de corregir nuestros excesos (no todos, evidentemente) al volante. La suspensión deportiva M, que equipaba nuestra unidad de pruebas y que podemos adquirir opcionalmente por 432 euros (una opción interesante para quien busque la máxima deportividad, pero quizá excesiva para un uso más lúdico) logra que el coche vire plano y la carrocería no oscile ni un milímetro. Por el contrario, esta extraordinaria dureza la paga nuestro cuerpo, que termina exhausto y dolorido resentido tras una sesión de “curvitas”.

En asfaltos rotos es donde peor se comporta este Z4. La extrema firmeza de las suspensiones y su menor rigidez en comparación con un modelo cerrado le pasa factura y se deja notar algún que otro crujido, aunque mucho menos que en otros automóviles de similares características. Los frenos no son un problema en el Z4, ya que se consiguen excelentes distancias de frenado (menos de 70 metros desde 140 km/h) y no encontré destacables muestras de fatiga en los mismos, a pesar de todo el trabajo que les di. Sólo en situaciones de extrema dureza acusan algo de desfallecimiento que provoca mayor recorrido del pedal. El tacto, al mismo tiempo, me ha gustado mucho, ya que se puede dosificar muy bien la frenada, no teniendo demasiada mordiente en el primer tramo de la pisada.

La dotación de seguridad de serie es bastante completa. Se incluye airbag de conductor, pasajero y lateral, control de estabilidad, de tracción y, como novedad, neumáticos tipo “runflat”, que, según la marca alemana, pueden circular pinchados durante 150 kilómetros a una velocidad máxima de 80 km/h.

¡Buf! Impresionado como estoy, tras disfrutar de este coche, sólo me queda averiguar lo que debe desembolsar cualquier mortal para conseguirlo. El precio de tarifa de la versión de 3.0i litros con caja de cambios automática Steptronic es de 48.153 euros (más de 8 millones de las antiguas pesetas) y la verdad es que goza de un equipamiento básico bastante completo en el que no falta el climatizador, los asientos regulables eléctricamente, las llantas de aleación, los faros antiniebla, el ordenador de a bordo, la tapicería de cuero o los citados elementos de seguridad. Para terminar de completarlo, existe una amplísima dotación opcional en la que se incluye sistema de navegación (2.353 euros), faros de xenón (718 euros), asientos calefactables (420 euros), control de velocidad de crucero (310 euros) e incluso televisión (1.113 euros).

La verdad es que es un precio respetable, pero el nivel prestacional, dinámico y de prestigio que confiere puede llegar a justificarlo. Evidentemente, su utilidad para el día a día es discutible, ya que sólo cuenta con dos plazas y presenta bastantes limitaciones. Bien mirado, es un capricho, un segundo coche para disfrutar de la conducción y del cielo sobre nuestras cabezas. Eso sí, un capricho caro no accesible para la gran mayoría de las economías españolas. Ni para la mía. Una pena.

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