BMW Z4 3.0i Steptronic

BMW ha desarrollado con el Z4 un roadster que conjuga diversión con exclusividad. Hemos tenido la oportunidad de probar la versión tope de gama, dotada de un motor de 3 litros y 231 CV y un equipamiento de primera. Los resultados los podréis descubrir si seguís leyendo, sólo os adelanto algo: Nunca trabajar fue tanto un placer.
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BMW Z4 3.0i Steptronic

Hay coches de fábula, hay coches de ensueño y hay coches como el Z4. Esta es una prueba escrita desde la admiración, el asombro que me ha causado un automóvil que vivirá por siempre en mis recuerdos.

Todo comenzó cuando me encomendaron la tarea de probar el Z4 de BMW. Desde ese momento, la ansiedad y los nervios fueron la constante en mi comportamiento. Y es que coches como el Z4 son los que los niños desean conducir cuando son mayores: un descapotable, con un motor potente y bajo una marca de prestigio como es BMW. No se podía pedir nada más.

Pero también, junto a la alegría, estaba la preocupación. Nunca antes había probado un modelo tan potente (231 CV oficiales) dotado con propulsión trasera y surgieron las típicas dudas sobre cómo iba a comportarse el deportivo de BMW, dudas que el tiempo y los kilómetros se encargaron de ahuyentar. Al mismo tiempo, por qué negarlo, sentía intranquilidad por cómo cuidar el coche. A diferencia de roadsters como el Mercedes SLK o el Peugeot 206 CC, ambos con techo metálico-retráctil, el Z4 lleva como capota una lona que da la sensación de no ser un gran impedimento para los amigos de lo ajeno ni tan siquiera para el típico gamberro que quiere “castigar” al afortunado poseedor de esta criatura.

Finalmente, y esto sí que es personal, mi timidez me hacía imaginar con vergüenza lo que pasaría por la cabeza de todo aquel con el que me cruzara: “menudo desgraciado”, “mírale, el típico hijo de papá”, etc. Lo malo es que yo no podría estar continuamente explicando que ese coche no era mío (ya quisiera) y que, aunque no lo pareciera, estaba trabajando.

Y llega, por fin, el día en que me pongo a los mandos del descapotable alemán. Y mentiría si dijera que fue fácil. Con la capota puesta, una persona como yo, que supera el 1,85 m, tiene que hacer algo de contorsionismo para introducirse en el habitáculo. Una vez dentro, y después de jurar y perjurar que la próxima vez quitaré el techo de lona antes de montarme, la sensación es fantástica.

La calidad de realización y de los materiales no tiene peros. Todo está muy a mano y en el sitio en el que esperamos que esté. Destaca estéticamente un precioso volante de tres brazos con inserciones en aluminio y una pantalla escamoteable de grandes dimensiones donde recibimos la información del navegador y del ordenador de a bordo. Esta aparece cuando arrancamos y queda oculta cuando quitamos el contacto, aunque también tenemos la posibilidad de realizar estas maniobras a través de un botón. Por lo demás, el diseño es propio de los BMW de última generación, con la palanca de cambios, en este caso Steptronic, muy a mano y con inserciones en madera lacada en el salpicadero (que en ocasiones provocan reflejos molestos). Es curioso, por otra parte, que en los relojes que incorpora este Z4 no se haya incluido el analógico del consumo instantáneo, algo característico de los modelos de la marca de Baviera.

Acostumbrado a la proliferación constante en los automóviles de huecos para depositar objetos, sorprende un poco que en el Z4, por muy roadster que sea, se haya obviado esto. Hay una guantera de dimensiones convencionales y un cajón entre los dos asientos (que sirve para albergar el cargador de CD’s y el navegador) donde se puede dejar algo, aunque no demasiado: un par de carátulas de CD y el móvil, no más.

La postura de conducción es muy baja, como el propio coche, y se encuentra muy fácilmente gracias a la regulación eléctrica de los asientos y a la posibilidad de mover la columna de dirección en altura y profundidad. Tanto personas altas como bajas no tendrán problemas en acomodarse, ya que el espacio para los dos únicos ocupantes es notable. Los asientos recogen bien el cuerpo, pero no son tan cómodos como cabría esperar. No quiero decir que sean incómodos, pero la combinación con unas suspensiones muy duras (suspensión deportiva M opcional) y la falta de regulación lumbar no es lo mejor para nuestros riñones, que se resienten con el paso de los kilómetros. El habitáculo, con la capota puesta, es algo claustrofóbico y la visibilidad del tráfico que nos rodea no es de las mejores, sobre todo a la hora de incorporarnos a vías rápidas.

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