Ford Mondeo ST 220 / Lexus IS SportCross / Subaru Impreza 2.0T WRX

Tracción delantera, trasera o total. Eso para empezar. Pero no acaba ahí, cada uno de estos tres familiares tiene su propia personalidad, de tal forma que convierte a su rival en complementario ¿Una elección? Difícil. ¿Una solución? Los tres.
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Ford Mondeo ST 220 / Lexus IS SportCross / Subaru Impreza 2.0T WRX
Ford Mondeo ST 220 / Lexus IS SportCross / Subaru Impreza 2.0T WRX

No son los más radicales ni los que tienen las mejores prestaciones, pero valen para todo y transmiten muchas sensaciones de dinamismo. El Lexus va dirigido a un público que valora las prestaciones y la deportividad siempre que eso no suponga una merma de confort, comodidad e imagen. Y a la vista está. Una carrocería familiar en la que el espacio no es primordial, y que mantiene la elegancia de la estirpe de la casa, con unas formas que pueden gustar incluso a los alérgicos a las versiones familiares. El maletero debería pagar la libertad concedida al diseñador, pero la realidad es otra. Parece pequeño desde fuera y al abrir el portón, pero el piso del maletero tiene dos niveles y en la posición más baja alcanza -en nuestras mediciones habituales por bolas- la nada despreciable cifra de 460 litros. Y eso que cuenta con una rueda de repuesto grande, de las de verdad. Peor parado en este apartado sale el Impreza, cuyo diseño no resulta tan estudiado y su capacidad se queda en 360 litros con rueda de repuesto de emergencia. El Mondeo, más grande, con carrocería familiar de las que acaban en vertical no deja títere con cabeza en lo que a espacio se refiere. Vence en todo.

Pero además de las particulares carrocerías, la razón de sus existencias se encuentra bajo el capó. Un V6 para el Mondeo, un seis en línea para el Lexus y un cuatro cilindros opuestos turbo para el Impreza. El del Mondeo da un resultado magnífico. Resulta suave, sin vibraciones y estira mucho, proporcionando las mejores sensaciones una vez que se superan las 4.500 rpm. De ahí hasta las 6.500 rpm del corte empuja con rabia, acompañado por un sonido de fondo embriagador. A cambio, a bajo régimen no tiene la garra que se espera de él, pero tampoco se queja. Se limita a ir entregando la fuerza a medida que sube de vueltas con regularidad y sin baches. En un primer momento no impresiona, pero poco a poco se va tirando de él para llevarlo arriba y sacarle el partido que lleva dentro. El cronómetro no engaña, y ahí están las cifras de prestaciones para sacar de dudas a quienes la linealidad del motor les ha transmitido un mensaje erróneo.

Por su parte, los seis pistones del Lexus trabajan de una forma perfectamente armónica y coordinada, haciendo gala de la suavidad característica de la marca. Suavidad, refinamiento, lujo interior, tacto inmejorable, pero no sólo eso. El Lexus esconde una segunda personalidad que comienza por el cambio automático con manejo secuencial en el volante que resulta más rápido que el Tiptronic de Audi o el Steptronic de BMW. En manual mantiene la marcha sin pasar a la siguiente, pero conserva la función "kick down" para salvar de un descuido a su conductor en un adelantamiento confiado. Hace lo que se espera que haga, que es lo mejor que se puede decir en un cambio de estas características. Los botones del volante resultan intuitivos y fáciles de manejar y el motor es una delicia por la alegría con que entrega los caballos. El convertidor del cambio apenas resbala y la sensación es casi la de un cambio mecánico tradicional con embrague pilotado.

El Subaru es el más temperamental. Esta unidad de la versión familiar ha realizado peores registros que la berlina que ensayamos hace tiempo, con diferencias de seis y siete décimas en el 0-100 km/h y 1.000 metros, pero sobre todo con unas recuperaciones más lentas. Pero que nadie se desilusione. Empuja, corre y responde con una energía impresionante. Para compensar la pérdida de esos tiempos, los frenos han resultado impecables por distancias y tacto de pedal, mientras que el manejo del cambio resultó más áspero que el de la berlina. El sonido no destila la melodía de los seis cilindros, pero una ligera ronquera al ralentí nos adelanta el bufido a alto régimen del motor boxer.

No son los más radicales ni los que tienen las mejores prestaciones, pero valen para todo y transmiten muchas sensaciones de dinamismo. El Lexus va dirigido a un público que valora las prestaciones y la deportividad siempre que eso no suponga una merma de confort, comodidad e imagen. Y a la vista está. Una carrocería familiar en la que el espacio no es primordial, y que mantiene la elegancia de la estirpe de la casa, con unas formas que pueden gustar incluso a los alérgicos a las versiones familiares. El maletero debería pagar la libertad concedida al diseñador, pero la realidad es otra. Parece pequeño desde fuera y al abrir el portón, pero el piso del maletero tiene dos niveles y en la posición más baja alcanza -en nuestras mediciones habituales por bolas- la nada despreciable cifra de 460 litros. Y eso que cuenta con una rueda de repuesto grande, de las de verdad. Peor parado en este apartado sale el Impreza, cuyo diseño no resulta tan estudiado y su capacidad se queda en 360 litros con rueda de repuesto de emergencia. El Mondeo, más grande, con carrocería familiar de las que acaban en vertical no deja títere con cabeza en lo que a espacio se refiere. Vence en todo.

Pero además de las particulares carrocerías, la razón de sus existencias se encuentra bajo el capó. Un V6 para el Mondeo, un seis en línea para el Lexus y un cuatro cilindros opuestos turbo para el Impreza. El del Mondeo da un resultado magnífico. Resulta suave, sin vibraciones y estira mucho, proporcionando las mejores sensaciones una vez que se superan las 4.500 rpm. De ahí hasta las 6.500 rpm del corte empuja con rabia, acompañado por un sonido de fondo embriagador. A cambio, a bajo régimen no tiene la garra que se espera de él, pero tampoco se queja. Se limita a ir entregando la fuerza a medida que sube de vueltas con regularidad y sin baches. En un primer momento no impresiona, pero poco a poco se va tirando de él para llevarlo arriba y sacarle el partido que lleva dentro. El cronómetro no engaña, y ahí están las cifras de prestaciones para sacar de dudas a quienes la linealidad del motor les ha transmitido un mensaje erróneo.

Por su parte, los seis pistones del Lexus trabajan de una forma perfectamente armónica y coordinada, haciendo gala de la suavidad característica de la marca. Suavidad, refinamiento, lujo interior, tacto inmejorable, pero no sólo eso. El Lexus esconde una segunda personalidad que comienza por el cambio automático con manejo secuencial en el volante que resulta más rápido que el Tiptronic de Audi o el Steptronic de BMW. En manual mantiene la marcha sin pasar a la siguiente, pero conserva la función "kick down" para salvar de un descuido a su conductor en un adelantamiento confiado. Hace lo que se espera que haga, que es lo mejor que se puede decir en un cambio de estas características. Los botones del volante resultan intuitivos y fáciles de manejar y el motor es una delicia por la alegría con que entrega los caballos. El convertidor del cambio apenas resbala y la sensación es casi la de un cambio mecánico tradicional con embrague pilotado.

El Subaru es el más temperamental. Esta unidad de la versión familiar ha realizado peores registros que la berlina que ensayamos hace tiempo, con diferencias de seis y siete décimas en el 0-100 km/h y 1.000 metros, pero sobre todo con unas recuperaciones más lentas. Pero que nadie se desilusione. Empuja, corre y responde con una energía impresionante. Para compensar la pérdida de esos tiempos, los frenos han resultado impecables por distancias y tacto de pedal, mientras que el manejo del cambio resultó más áspero que el de la berlina. El sonido no destila la melodía de los seis cilindros, pero una ligera ronquera al ralentí nos adelanta el bufido a alto régimen del motor boxer.

No son los más radicales ni los que tienen las mejores prestaciones, pero valen para todo y transmiten muchas sensaciones de dinamismo. El Lexus va dirigido a un público que valora las prestaciones y la deportividad siempre que eso no suponga una merma de confort, comodidad e imagen. Y a la vista está. Una carrocería familiar en la que el espacio no es primordial, y que mantiene la elegancia de la estirpe de la casa, con unas formas que pueden gustar incluso a los alérgicos a las versiones familiares. El maletero debería pagar la libertad concedida al diseñador, pero la realidad es otra. Parece pequeño desde fuera y al abrir el portón, pero el piso del maletero tiene dos niveles y en la posición más baja alcanza -en nuestras mediciones habituales por bolas- la nada despreciable cifra de 460 litros. Y eso que cuenta con una rueda de repuesto grande, de las de verdad. Peor parado en este apartado sale el Impreza, cuyo diseño no resulta tan estudiado y su capacidad se queda en 360 litros con rueda de repuesto de emergencia. El Mondeo, más grande, con carrocería familiar de las que acaban en vertical no deja títere con cabeza en lo que a espacio se refiere. Vence en todo.

Pero además de las particulares carrocerías, la razón de sus existencias se encuentra bajo el capó. Un V6 para el Mondeo, un seis en línea para el Lexus y un cuatro cilindros opuestos turbo para el Impreza. El del Mondeo da un resultado magnífico. Resulta suave, sin vibraciones y estira mucho, proporcionando las mejores sensaciones una vez que se superan las 4.500 rpm. De ahí hasta las 6.500 rpm del corte empuja con rabia, acompañado por un sonido de fondo embriagador. A cambio, a bajo régimen no tiene la garra que se espera de él, pero tampoco se queja. Se limita a ir entregando la fuerza a medida que sube de vueltas con regularidad y sin baches. En un primer momento no impresiona, pero poco a poco se va tirando de él para llevarlo arriba y sacarle el partido que lleva dentro. El cronómetro no engaña, y ahí están las cifras de prestaciones para sacar de dudas a quienes la linealidad del motor les ha transmitido un mensaje erróneo.

Por su parte, los seis pistones del Lexus trabajan de una forma perfectamente armónica y coordinada, haciendo gala de la suavidad característica de la marca. Suavidad, refinamiento, lujo interior, tacto inmejorable, pero no sólo eso. El Lexus esconde una segunda personalidad que comienza por el cambio automático con manejo secuencial en el volante que resulta más rápido que el Tiptronic de Audi o el Steptronic de BMW. En manual mantiene la marcha sin pasar a la siguiente, pero conserva la función "kick down" para salvar de un descuido a su conductor en un adelantamiento confiado. Hace lo que se espera que haga, que es lo mejor que se puede decir en un cambio de estas características. Los botones del volante resultan intuitivos y fáciles de manejar y el motor es una delicia por la alegría con que entrega los caballos. El convertidor del cambio apenas resbala y la sensación es casi la de un cambio mecánico tradicional con embrague pilotado.

El Subaru es el más temperamental. Esta unidad de la versión familiar ha realizado peores registros que la berlina que ensayamos hace tiempo, con diferencias de seis y siete décimas en el 0-100 km/h y 1.000 metros, pero sobre todo con unas recuperaciones más lentas. Pero que nadie se desilusione. Empuja, corre y responde con una energía impresionante. Para compensar la pérdida de esos tiempos, los frenos han resultado impecables por distancias y tacto de pedal, mientras que el manejo del cambio resultó más áspero que el de la berlina. El sonido no destila la melodía de los seis cilindros, pero una ligera ronquera al ralentí nos adelanta el bufido a alto régimen del motor boxer.

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