Mini One D 88 CV

Ahora que queda poco para su renovación, la gama Mini gana atractivo con la incorporación de una nueva, y más capaz, mecánica Diesel de 88 CV
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('http://multimedia.terra.es/viewer/portada.cfm?cod_media=8693&mapnivel1=MUS','','width=765,height=470') ">Mini One D

El Mini ha sido un coche que, desde su nacimiento en 1959, ha contado con una gran personalidad y una muy buena aceptación por parte del público. Ahora, bastantes años después, el Mini ha cambiado. Es más moderno, más grande y más capaz y, ahora, acaba de estrenar una nueva motorización Diesel de 88 CV que sustituye al anterior de 75 CV.

Se trata de un propulsor de origen Toyota, que lo ha estrenado en la última generación del Yaris. Fabricado en aluminio, incorpora lo más avanzado en lo que a tecnología se refiere: sistema de conducto común de alta presión (1.600 bares) e inyecciones múltiples y turbo de geometría variable. En la práctica, esto se traduce en un motor mucho más desahogado que el anterior 1.4 de 75 CV, que permite al Mini abandonar los recorridos urbanos con mayor solvencia. Si nos dedicamos a comparar cuidadosamente las cifras de uno y otro, los 13 CV oficiales extras son definitivos. En todas las mediciones, el nuevo propulsor hace valer sus 88 CV y lo demuestra siendo más de dos segundos más rápido en la aceleración 0 a 100 km/h y sacando más de tres segundos en las recuperaciones de 80 a 120 km/h en cuarta y quinta velocidad.

Las sensaciones al volante son mejores y más agradables. Me explico, la respuesta que obtenemos al pisar el acelerador es más inmediata y como no necesitamos exprimir el motor al máximo para obtener prestaciones suficientes, encontramos una mayor calidad acústica y un menor consumo.

El motor del Mini es bastante silencioso, teniendo en cuenta la rumorosidad a la que nos tienen acostumbradas las mecánicas de gasóleo. Este hecho, junto a una más que aceptable insonorización del habitáculo, hacen que el ruido que llega al interior sea bastante contenido.

No proporciona unas prestaciones demasiado destacadas, pero ofrece un correcto rendimiento, sobre todo en el medio y alto régimen (aunque su nivel de revoluciones máximo es de 4.750 rpm). A pocas vueltas nos ha sorprendido que no tiene el empuje que se le presupone a un vehículo de carácter urbano y, encima, Diesel. La sorpresa es mayor si lo comparamos con el anterior propulsor de 75 CV, que carecía de esta pereza.

En cuanto al consumo, el propulsor que protagoniza nuestra prueba se muestra bastante frugal. De media, no llega a los 6 litros cada 100 kilómetros, lo que dentro de su segmento no está nada mal, aunque no es un consumo de récord. Respecto a su antecesor, el gasto es mayor, aunque sólo 0,4 litros cada 100 km, lo que hace que merezca la pena si valoramos el incremento prestacional.

El Mini posee el halo de ser un coche casi de capricho, porque da la sensación de que vale más de lo que, supuestamente, ofrece. Si entramos a valorar el espacio, tiene todas las de perder frente a la competencia. De primeras, el coche sólo está homologado para cuatro pasajeros y sólo está disponible con carrocería de tres puertas. Ambos factores le penalizan a la hora de transportar adultos, pues a la falta de espacio detrás, hay que sumar que el acceso a las plazas posteriores es mejorable. Luego, si miramos la competencia, hay coches de similar o menor precio que conceden más y mejores centímetros a sus ocupantes y mayor capacidad del maletero, pues los 150 litros del Mini son testimoniales.

No obstante, el potencial comprador del Mini le da mayor importancia a otros aspectos, como la estética, el simbolismo del coche y la diversión al volante.

Si los dos primeros aspectos son discutibles, el segundo no lo es, en nuestra opinión. El Mini One D es un coche que ofrece una conducción muy satisfactoria. Es ágil como pocos, con una dirección muy precisa y directa, que le convierte casi en un kart, y que hace que se inscriba en las curvas con una facilidad pasmosa. (Si nos ha encantado el reglaje de la dirección para carreteras abiertas, no nos ha parecido tan aceptable cuando tenemos que afrontar maniobras a baja velocidad en ciudad, como aparcamientos. En estas situaciones, nos parece que su dureza es excesiva).

Un bastidor excelente y con tintes deportivos completa el conjunto. La suspensión multibrazo trasera, un lujo para el segmento, mantiene el coche “pegado” a la carretera y le dota de una elevada estabilidad a la hora de afrontar las curvas más cerradas, donde saca a relucir su carácter de tracción delantera, con una ligera tendencia a irse de delante. La amortiguación nos parece algo seca en ocasiones, sobre todo en terrenos rotos, pero en carreteras convencionales no condiciona demasiado el confort de los ocupantes.

Los frenos ofrecen un rendimiento muy bueno. Las distancias de frenado son aceptables (desde 140 km/h a parado en 73,1 metros), pero lo que verdaderamente destaca de este elemento es su tacto, su mordiente y su resistencia a la fatiga. Además, la seguridad viene incrementada con la inclusión como equipamiento de serie del control de estabilidad, que no es demasiado intrusivo y sólo actúa cuando realmente es necesario.

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El Mini ha sido un coche que, desde su nacimiento en 1959, ha contado con una gran personalidad y una muy buena aceptación por parte del público. Ahora, bastantes años después, el Mini ha cambiado. Es más moderno, más grande y más capaz y, ahora, acaba de estrenar una nueva motorización Diesel de 88 CV que sustituye al anterior de 75 CV.

Se trata de un propulsor de origen Toyota, que lo ha estrenado en la última generación del Yaris. Fabricado en aluminio, incorpora lo más avanzado en lo que a tecnología se refiere: sistema de conducto común de alta presión (1.600 bares) e inyecciones múltiples y turbo de geometría variable. En la práctica, esto se traduce en un motor mucho más desahogado que el anterior 1.4 de 75 CV, que permite al Mini abandonar los recorridos urbanos con mayor solvencia. Si nos dedicamos a comparar cuidadosamente las cifras de uno y otro, los 13 CV oficiales extras son definitivos. En todas las mediciones, el nuevo propulsor hace valer sus 88 CV y lo demuestra siendo más de dos segundos más rápido en la aceleración 0 a 100 km/h y sacando más de tres segundos en las recuperaciones de 80 a 120 km/h en cuarta y quinta velocidad.

Las sensaciones al volante son mejores y más agradables. Me explico, la respuesta que obtenemos al pisar el acelerador es más inmediata y como no necesitamos exprimir el motor al máximo para obtener prestaciones suficientes, encontramos una mayor calidad acústica y un menor consumo.

El motor del Mini es bastante silencioso, teniendo en cuenta la rumorosidad a la que nos tienen acostumbradas las mecánicas de gasóleo. Este hecho, junto a una más que aceptable insonorización del habitáculo, hacen que el ruido que llega al interior sea bastante contenido.

No proporciona unas prestaciones demasiado destacadas, pero ofrece un correcto rendimiento, sobre todo en el medio y alto régimen (aunque su nivel de revoluciones máximo es de 4.750 rpm). A pocas vueltas nos ha sorprendido que no tiene el empuje que se le presupone a un vehículo de carácter urbano y, encima, Diesel. La sorpresa es mayor si lo comparamos con el anterior propulsor de 75 CV, que carecía de esta pereza.

En cuanto al consumo, el propulsor que protagoniza nuestra prueba se muestra bastante frugal. De media, no llega a los 6 litros cada 100 kilómetros, lo que dentro de su segmento no está nada mal, aunque no es un consumo de récord. Respecto a su antecesor, el gasto es mayor, aunque sólo 0,4 litros cada 100 km, lo que hace que merezca la pena si valoramos el incremento prestacional.

El Mini posee el halo de ser un coche casi de capricho, porque da la sensación de que vale más de lo que, supuestamente, ofrece. Si entramos a valorar el espacio, tiene todas las de perder frente a la competencia. De primeras, el coche sólo está homologado para cuatro pasajeros y sólo está disponible con carrocería de tres puertas. Ambos factores le penalizan a la hora de transportar adultos, pues a la falta de espacio detrás, hay que sumar que el acceso a las plazas posteriores es mejorable. Luego, si miramos la competencia, hay coches de similar o menor precio que conceden más y mejores centímetros a sus ocupantes y mayor capacidad del maletero, pues los 150 litros del Mini son testimoniales.

No obstante, el potencial comprador del Mini le da mayor importancia a otros aspectos, como la estética, el simbolismo del coche y la diversión al volante.

Si los dos primeros aspectos son discutibles, el segundo no lo es, en nuestra opinión. El Mini One D es un coche que ofrece una conducción muy satisfactoria. Es ágil como pocos, con una dirección muy precisa y directa, que le convierte casi en un kart, y que hace que se inscriba en las curvas con una facilidad pasmosa. (Si nos ha encantado el reglaje de la dirección para carreteras abiertas, no nos ha parecido tan aceptable cuando tenemos que afrontar maniobras a baja velocidad en ciudad, como aparcamientos. En estas situaciones, nos parece que su dureza es excesiva).

Un bastidor excelente y con tintes deportivos completa el conjunto. La suspensión multibrazo trasera, un lujo para el segmento, mantiene el coche “pegado” a la carretera y le dota de una elevada estabilidad a la hora de afrontar las curvas más cerradas, donde saca a relucir su carácter de tracción delantera, con una ligera tendencia a irse de delante. La amortiguación nos parece algo seca en ocasiones, sobre todo en terrenos rotos, pero en carreteras convencionales no condiciona demasiado el confort de los ocupantes.

Los frenos ofrecen un rendimiento muy bueno. Las distancias de frenado son aceptables (desde 140 km/h a parado en 73,1 metros), pero lo que verdaderamente destaca de este elemento es su tacto, su mordiente y su resistencia a la fatiga. Además, la seguridad viene incrementada con la inclusión como equipamiento de serie del control de estabilidad, que no es demasiado intrusivo y sólo actúa cuando realmente es necesario.

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