Mini John Cooper Works

Esta versión del deseado Mini pone los pelos de punta a quién tiene la oportunidad de conducirlo. Aunque 211 CV no es una cifra exagerada, la inmediatez de sus reacciones y la precisa puesta a punto del bastidor hacen de él un GTI de pura raza, capaz de acelerar el pulso a cualquiera.
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Mini John Cooper Works
Mini John Cooper Works

En 1946 nace Cooper Cars, una empresa especializada en automóviles de competición. Años después y tras haber sido cautivado por el potencial del Mini, su fundador John Cooper, crea una versión de competición denominada Cooper, que que pisaría el asfalto en 1961. Durante la década de los ‘60, los triunfos en competición de los Mini preparados por Cooper se sucederían con un éxito sin precedentes.

Si quieres saber sobre este coche y todas sus versiones no te pierdas todas las informaciones de Mini: noticias, pruebas y novedades.

En pleno siglo XXI, el cuento ha cambiado mucho si bien, la versión más deportiva del Mini actual, homenajea con justicia al mítico preparador. Bajo las iniciales del nombre de este «ingeniero de carreras», tal como deseaba ser recordado John Cooper, se esconde la versión más deportiva del pequeño Mini.

A diferencia de la anterior generación, el Mini JCW -John Cooper Works- es una versión única, -y no un kit opcional para el Cooper o el Cooper S- con una envoltura no menos apetecible que su mecánica. Ofrece un abanico de posibilidades de personalización muy amplio, con el que podemos diseñar nuestro coche a capricho. Eso sí, los precios de las opciones también son «un capricho».

El JCW está basado en el Cooper S, con el mismo motor, pero con modificaciones suficientes como para convertirlo en un auténtico «mata gigantes» y pasar de los 175 CV a los 211 CV oficiales. Por tanto, sigue siendo el mismo 1.6 turbo desarrollado por BMW y PSA, con la presión del turbo incrementada hasta los 1,3 bar -0,9 bar en el Cooper S- y con un sistema de escape y de admisión específicos, con los que mejora la respiración de este cuatro cilindros.

Es un coche de sobresaliente, aunque su elevado precio le resta algo de puntuación

También se ha modificado la relación de compresión, que de 10,1:1 pasa a 10,5:1. Muchas de las sensaciones que nos ha transmitido este modelo se justifican observando la curva de potencia. Y es que los casi 232 CV que ha dado en nuestro banco de potencia -nada menos que 20 CV de regalo-, es una cifra que no tiene nada que envidiar a la de los compactos GTI más deseados.

Este poderoso cuatro cilindros permite también que en los desplazamientos por ciudad, y en conducción relajada por carretera, apenas haya que subir el motor de vueltas. El par a bajo régimen es sobrado, consiguiendo con ello que los consumos no se disparen y que el empuje sea más que suficiente.

Las relaciones de cambio elegidas están bien escalonadas, con un tacto de la palanca suficientemente preciso, rápido y... algo duro. Quién piense comprarse un Mini JCW sólo por su personalizado y deportivo diseño, que se olvide. Esta versión es sólo apta para los que de verdad busquen un modelo muy deportivo, un GTI de pura cepa, fundamentalmente por dos aspectos.

El primero de ellos es la dirección, directa y precisa, a la que muchos conductores tendrán que acostumbrarse, algo que, por otro lado, será cuestión de horas al volante. La segunda es la presencia de una suspensión de tarado duro y enérgico, pero demasiado incómoda para el día a día. Y más, si montamos la opcional suspensión deportiva -nuestra unidad de pruebas la llevaba -que es todavía más dura que la de serie-, y nos parece excesivamente firme para un coche pensado para circular fuera de circuitos, lugar idóneo para explotar todo el potencial del Mini JCW.

Con esta opción -chasis John Cooper Works- además de muelles más firmes, se rebaja la altura de la carrocería en 10 mm, mientras que las estabilizadoras delantera y trasera son 0,5 y 1 mm más gruesas respectivamente.

No debemos olvidar que los neumáticos que monta el Mini de serie, en cualquiera de sus versiones, son de tipo Runflat, es decir, preparados para rodar pinchados, por lo que los hombros del mismo son más rígidos. Esto, unido a una medida de 205/45 R17 de bajo perfil, hace que cualquier irregularidad del asfalto sea percibida por los ocupantes inevitablemente.

Dejando a un lado el apartado del confort de marcha, la eficacia del bastidor del Mini está fuera de toda duda. Durante los kilómetros que realizamos en el circuito de pruebas, la combinación del 1.6 de 211 CV con la suspensión deportiva conformaba un dúo perfecto. Tanto es así que, siendo muy exigentes, el control de estabilidad nunca llega a entrar en funcionamiento.

No ocurre lo mismo con el control electrónico de tracción que sí tiene que trabajar con frecuencia en conducción deportiva, cuando aceleramos a fondo a la salida de las curvas. La dosificación sobre el pedal del acelerador sería una solución, pero más efectiva es la que han encontrado los ingenieros de la marca alemana: en lugar del costoso -y efectivo- diferencial autoblocante mecánico de la anterior generación, se ha optado por uno electrónico denominado EDLC, que frena la rueda delantera que pierda adherencia realizando una acción similar a la de un autoblocante tarado al 50 por ciento -el mecánico del Cooper S está tarado al 30 por ciento-.

En la práctica es preferible a un control electrónico de tracción convencional, puesto que frena la rueda, pero nos hubiese gustado que, al menos como opción, se hubiera podido elegir un diferencial autoblocante mecánico, dado el carácter extremadamente deportivo de esta versión. Por último, existe la posibilidad de configurar el modo de conducción deportiva mediante la tecla Sport, situada al lado de la palanca de cambios.

Con este programa activado, el grado de asistencia de la dirección disminuye, mientras que la respuesta del pedal del acelerador se vuelve más instantánea, lo que se aprecia claramente nada más acariciar el pedal. Esta versión del Mini no hay que interpretarla como una variante más del Cooper S, sino como una alternativa a modelos deportivos pensados, casi en exclusiva, para el placer y disfrute de la conducción en su estado más puro. Los que se lo quieran comprar por moda o diseño, que se abstengan, porque con el Cooper o el Cooper S tendrán de sobra, con mejor confort de marcha y por menos precio. Por el contrario, para los que como nosotros son apasionados de la conducción, la deportividad y los coches, nuestro consejo es que empiecen a ahorrar, o a echar a muchas «Primitivas». No se arrepentirán.

Con traje familiar Mini

En 1946 nace Cooper Cars, una empresa especializada en automóviles de competición. Años después y tras haber sido cautivado por el potencial del Mini, su fundador John Cooper, crea una versión de competición denominada Cooper, que que pisaría el asfalto en 1961. Durante la década de los ‘60, los triunfos en competición de los Mini preparados por Cooper se sucederían con un éxito sin precedentes.

Si quieres saber sobre este coche y todas sus versiones no te pierdas todas las informaciones de Mini: noticias, pruebas y novedades.

En pleno siglo XXI, el cuento ha cambiado mucho si bien, la versión más deportiva del Mini actual, homenajea con justicia al mítico preparador. Bajo las iniciales del nombre de este «ingeniero de carreras», tal como deseaba ser recordado John Cooper, se esconde la versión más deportiva del pequeño Mini.

A diferencia de la anterior generación, el Mini JCW -John Cooper Works- es una versión única, -y no un kit opcional para el Cooper o el Cooper S- con una envoltura no menos apetecible que su mecánica. Ofrece un abanico de posibilidades de personalización muy amplio, con el que podemos diseñar nuestro coche a capricho. Eso sí, los precios de las opciones también son «un capricho».

El JCW está basado en el Cooper S, con el mismo motor, pero con modificaciones suficientes como para convertirlo en un auténtico «mata gigantes» y pasar de los 175 CV a los 211 CV oficiales. Por tanto, sigue siendo el mismo 1.6 turbo desarrollado por BMW y PSA, con la presión del turbo incrementada hasta los 1,3 bar -0,9 bar en el Cooper S- y con un sistema de escape y de admisión específicos, con los que mejora la respiración de este cuatro cilindros.

Es un coche de sobresaliente, aunque su elevado precio le resta algo de puntuación

También se ha modificado la relación de compresión, que de 10,1:1 pasa a 10,5:1. Muchas de las sensaciones que nos ha transmitido este modelo se justifican observando la curva de potencia. Y es que los casi 232 CV que ha dado en nuestro banco de potencia -nada menos que 20 CV de regalo-, es una cifra que no tiene nada que envidiar a la de los compactos GTI más deseados.

Este poderoso cuatro cilindros permite también que en los desplazamientos por ciudad, y en conducción relajada por carretera, apenas haya que subir el motor de vueltas. El par a bajo régimen es sobrado, consiguiendo con ello que los consumos no se disparen y que el empuje sea más que suficiente.

Las relaciones de cambio elegidas están bien escalonadas, con un tacto de la palanca suficientemente preciso, rápido y... algo duro. Quién piense comprarse un Mini JCW sólo por su personalizado y deportivo diseño, que se olvide. Esta versión es sólo apta para los que de verdad busquen un modelo muy deportivo, un GTI de pura cepa, fundamentalmente por dos aspectos.

El primero de ellos es la dirección, directa y precisa, a la que muchos conductores tendrán que acostumbrarse, algo que, por otro lado, será cuestión de horas al volante. La segunda es la presencia de una suspensión de tarado duro y enérgico, pero demasiado incómoda para el día a día. Y más, si montamos la opcional suspensión deportiva -nuestra unidad de pruebas la llevaba -que es todavía más dura que la de serie-, y nos parece excesivamente firme para un coche pensado para circular fuera de circuitos, lugar idóneo para explotar todo el potencial del Mini JCW.

Con esta opción -chasis John Cooper Works- además de muelles más firmes, se rebaja la altura de la carrocería en 10 mm, mientras que las estabilizadoras delantera y trasera son 0,5 y 1 mm más gruesas respectivamente.

No debemos olvidar que los neumáticos que monta el Mini de serie, en cualquiera de sus versiones, son de tipo Runflat, es decir, preparados para rodar pinchados, por lo que los hombros del mismo son más rígidos. Esto, unido a una medida de 205/45 R17 de bajo perfil, hace que cualquier irregularidad del asfalto sea percibida por los ocupantes inevitablemente.

Dejando a un lado el apartado del confort de marcha, la eficacia del bastidor del Mini está fuera de toda duda. Durante los kilómetros que realizamos en el circuito de pruebas, la combinación del 1.6 de 211 CV con la suspensión deportiva conformaba un dúo perfecto. Tanto es así que, siendo muy exigentes, el control de estabilidad nunca llega a entrar en funcionamiento.

No ocurre lo mismo con el control electrónico de tracción que sí tiene que trabajar con frecuencia en conducción deportiva, cuando aceleramos a fondo a la salida de las curvas. La dosificación sobre el pedal del acelerador sería una solución, pero más efectiva es la que han encontrado los ingenieros de la marca alemana: en lugar del costoso -y efectivo- diferencial autoblocante mecánico de la anterior generación, se ha optado por uno electrónico denominado EDLC, que frena la rueda delantera que pierda adherencia realizando una acción similar a la de un autoblocante tarado al 50 por ciento -el mecánico del Cooper S está tarado al 30 por ciento-.

En la práctica es preferible a un control electrónico de tracción convencional, puesto que frena la rueda, pero nos hubiese gustado que, al menos como opción, se hubiera podido elegir un diferencial autoblocante mecánico, dado el carácter extremadamente deportivo de esta versión. Por último, existe la posibilidad de configurar el modo de conducción deportiva mediante la tecla Sport, situada al lado de la palanca de cambios.

Con este programa activado, el grado de asistencia de la dirección disminuye, mientras que la respuesta del pedal del acelerador se vuelve más instantánea, lo que se aprecia claramente nada más acariciar el pedal. Esta versión del Mini no hay que interpretarla como una variante más del Cooper S, sino como una alternativa a modelos deportivos pensados, casi en exclusiva, para el placer y disfrute de la conducción en su estado más puro. Los que se lo quieran comprar por moda o diseño, que se abstengan, porque con el Cooper o el Cooper S tendrán de sobra, con mejor confort de marcha y por menos precio. Por el contrario, para los que como nosotros son apasionados de la conducción, la deportividad y los coches, nuestro consejo es que empiecen a ahorrar, o a echar a muchas «Primitivas». No se arrepentirán.

Con traje familiar Mini

En 1946 nace Cooper Cars, una empresa especializada en automóviles de competición. Años después y tras haber sido cautivado por el potencial del Mini, su fundador John Cooper, crea una versión de competición denominada Cooper, que que pisaría el asfalto en 1961. Durante la década de los ‘60, los triunfos en competición de los Mini preparados por Cooper se sucederían con un éxito sin precedentes.

Si quieres saber sobre este coche y todas sus versiones no te pierdas todas las informaciones de Mini: noticias, pruebas y novedades.

En pleno siglo XXI, el cuento ha cambiado mucho si bien, la versión más deportiva del Mini actual, homenajea con justicia al mítico preparador. Bajo las iniciales del nombre de este «ingeniero de carreras», tal como deseaba ser recordado John Cooper, se esconde la versión más deportiva del pequeño Mini.

A diferencia de la anterior generación, el Mini JCW -John Cooper Works- es una versión única, -y no un kit opcional para el Cooper o el Cooper S- con una envoltura no menos apetecible que su mecánica. Ofrece un abanico de posibilidades de personalización muy amplio, con el que podemos diseñar nuestro coche a capricho. Eso sí, los precios de las opciones también son «un capricho».

El JCW está basado en el Cooper S, con el mismo motor, pero con modificaciones suficientes como para convertirlo en un auténtico «mata gigantes» y pasar de los 175 CV a los 211 CV oficiales. Por tanto, sigue siendo el mismo 1.6 turbo desarrollado por BMW y PSA, con la presión del turbo incrementada hasta los 1,3 bar -0,9 bar en el Cooper S- y con un sistema de escape y de admisión específicos, con los que mejora la respiración de este cuatro cilindros.

Es un coche de sobresaliente, aunque su elevado precio le resta algo de puntuación

También se ha modificado la relación de compresión, que de 10,1:1 pasa a 10,5:1. Muchas de las sensaciones que nos ha transmitido este modelo se justifican observando la curva de potencia. Y es que los casi 232 CV que ha dado en nuestro banco de potencia -nada menos que 20 CV de regalo-, es una cifra que no tiene nada que envidiar a la de los compactos GTI más deseados.

Este poderoso cuatro cilindros permite también que en los desplazamientos por ciudad, y en conducción relajada por carretera, apenas haya que subir el motor de vueltas. El par a bajo régimen es sobrado, consiguiendo con ello que los consumos no se disparen y que el empuje sea más que suficiente.

Las relaciones de cambio elegidas están bien escalonadas, con un tacto de la palanca suficientemente preciso, rápido y... algo duro. Quién piense comprarse un Mini JCW sólo por su personalizado y deportivo diseño, que se olvide. Esta versión es sólo apta para los que de verdad busquen un modelo muy deportivo, un GTI de pura cepa, fundamentalmente por dos aspectos.

El primero de ellos es la dirección, directa y precisa, a la que muchos conductores tendrán que acostumbrarse, algo que, por otro lado, será cuestión de horas al volante. La segunda es la presencia de una suspensión de tarado duro y enérgico, pero demasiado incómoda para el día a día. Y más, si montamos la opcional suspensión deportiva -nuestra unidad de pruebas la llevaba -que es todavía más dura que la de serie-, y nos parece excesivamente firme para un coche pensado para circular fuera de circuitos, lugar idóneo para explotar todo el potencial del Mini JCW.

Con esta opción -chasis John Cooper Works- además de muelles más firmes, se rebaja la altura de la carrocería en 10 mm, mientras que las estabilizadoras delantera y trasera son 0,5 y 1 mm más gruesas respectivamente.

No debemos olvidar que los neumáticos que monta el Mini de serie, en cualquiera de sus versiones, son de tipo Runflat, es decir, preparados para rodar pinchados, por lo que los hombros del mismo son más rígidos. Esto, unido a una medida de 205/45 R17 de bajo perfil, hace que cualquier irregularidad del asfalto sea percibida por los ocupantes inevitablemente.

Dejando a un lado el apartado del confort de marcha, la eficacia del bastidor del Mini está fuera de toda duda. Durante los kilómetros que realizamos en el circuito de pruebas, la combinación del 1.6 de 211 CV con la suspensión deportiva conformaba un dúo perfecto. Tanto es así que, siendo muy exigentes, el control de estabilidad nunca llega a entrar en funcionamiento.

No ocurre lo mismo con el control electrónico de tracción que sí tiene que trabajar con frecuencia en conducción deportiva, cuando aceleramos a fondo a la salida de las curvas. La dosificación sobre el pedal del acelerador sería una solución, pero más efectiva es la que han encontrado los ingenieros de la marca alemana: en lugar del costoso -y efectivo- diferencial autoblocante mecánico de la anterior generación, se ha optado por uno electrónico denominado EDLC, que frena la rueda delantera que pierda adherencia realizando una acción similar a la de un autoblocante tarado al 50 por ciento -el mecánico del Cooper S está tarado al 30 por ciento-.

En la práctica es preferible a un control electrónico de tracción convencional, puesto que frena la rueda, pero nos hubiese gustado que, al menos como opción, se hubiera podido elegir un diferencial autoblocante mecánico, dado el carácter extremadamente deportivo de esta versión. Por último, existe la posibilidad de configurar el modo de conducción deportiva mediante la tecla Sport, situada al lado de la palanca de cambios.

Con este programa activado, el grado de asistencia de la dirección disminuye, mientras que la respuesta del pedal del acelerador se vuelve más instantánea, lo que se aprecia claramente nada más acariciar el pedal. Esta versión del Mini no hay que interpretarla como una variante más del Cooper S, sino como una alternativa a modelos deportivos pensados, casi en exclusiva, para el placer y disfrute de la conducción en su estado más puro. Los que se lo quieran comprar por moda o diseño, que se abstengan, porque con el Cooper o el Cooper S tendrán de sobra, con mejor confort de marcha y por menos precio. Por el contrario, para los que como nosotros son apasionados de la conducción, la deportividad y los coches, nuestro consejo es que empiecen a ahorrar, o a echar a muchas «Primitivas». No se arrepentirán.

Con traje familiar Mini

En 1946 nace Cooper Cars, una empresa especializada en automóviles de competición. Años después y tras haber sido cautivado por el potencial del Mini, su fundador John Cooper, crea una versión de competición denominada Cooper, que que pisaría el asfalto en 1961. Durante la década de los ‘60, los triunfos en competición de los Mini preparados por Cooper se sucederían con un éxito sin precedentes.

Si quieres saber sobre este coche y todas sus versiones no te pierdas todas las informaciones de Mini: noticias, pruebas y novedades.

En pleno siglo XXI, el cuento ha cambiado mucho si bien, la versión más deportiva del Mini actual, homenajea con justicia al mítico preparador. Bajo las iniciales del nombre de este «ingeniero de carreras», tal como deseaba ser recordado John Cooper, se esconde la versión más deportiva del pequeño Mini.

A diferencia de la anterior generación, el Mini JCW -John Cooper Works- es una versión única, -y no un kit opcional para el Cooper o el Cooper S- con una envoltura no menos apetecible que su mecánica. Ofrece un abanico de posibilidades de personalización muy amplio, con el que podemos diseñar nuestro coche a capricho. Eso sí, los precios de las opciones también son «un capricho».

El JCW está basado en el Cooper S, con el mismo motor, pero con modificaciones suficientes como para convertirlo en un auténtico «mata gigantes» y pasar de los 175 CV a los 211 CV oficiales. Por tanto, sigue siendo el mismo 1.6 turbo desarrollado por BMW y PSA, con la presión del turbo incrementada hasta los 1,3 bar -0,9 bar en el Cooper S- y con un sistema de escape y de admisión específicos, con los que mejora la respiración de este cuatro cilindros.

Es un coche de sobresaliente, aunque su elevado precio le resta algo de puntuación

También se ha modificado la relación de compresión, que de 10,1:1 pasa a 10,5:1. Muchas de las sensaciones que nos ha transmitido este modelo se justifican observando la curva de potencia. Y es que los casi 232 CV que ha dado en nuestro banco de potencia -nada menos que 20 CV de regalo-, es una cifra que no tiene nada que envidiar a la de los compactos GTI más deseados.

Este poderoso cuatro cilindros permite también que en los desplazamientos por ciudad, y en conducción relajada por carretera, apenas haya que subir el motor de vueltas. El par a bajo régimen es sobrado, consiguiendo con ello que los consumos no se disparen y que el empuje sea más que suficiente.

Las relaciones de cambio elegidas están bien escalonadas, con un tacto de la palanca suficientemente preciso, rápido y... algo duro. Quién piense comprarse un Mini JCW sólo por su personalizado y deportivo diseño, que se olvide. Esta versión es sólo apta para los que de verdad busquen un modelo muy deportivo, un GTI de pura cepa, fundamentalmente por dos aspectos.

El primero de ellos es la dirección, directa y precisa, a la que muchos conductores tendrán que acostumbrarse, algo que, por otro lado, será cuestión de horas al volante. La segunda es la presencia de una suspensión de tarado duro y enérgico, pero demasiado incómoda para el día a día. Y más, si montamos la opcional suspensión deportiva -nuestra unidad de pruebas la llevaba -que es todavía más dura que la de serie-, y nos parece excesivamente firme para un coche pensado para circular fuera de circuitos, lugar idóneo para explotar todo el potencial del Mini JCW.

Con esta opción -chasis John Cooper Works- además de muelles más firmes, se rebaja la altura de la carrocería en 10 mm, mientras que las estabilizadoras delantera y trasera son 0,5 y 1 mm más gruesas respectivamente.

No debemos olvidar que los neumáticos que monta el Mini de serie, en cualquiera de sus versiones, son de tipo Runflat, es decir, preparados para rodar pinchados, por lo que los hombros del mismo son más rígidos. Esto, unido a una medida de 205/45 R17 de bajo perfil, hace que cualquier irregularidad del asfalto sea percibida por los ocupantes inevitablemente.

Dejando a un lado el apartado del confort de marcha, la eficacia del bastidor del Mini está fuera de toda duda. Durante los kilómetros que realizamos en el circuito de pruebas, la combinación del 1.6 de 211 CV con la suspensión deportiva conformaba un dúo perfecto. Tanto es así que, siendo muy exigentes, el control de estabilidad nunca llega a entrar en funcionamiento.

No ocurre lo mismo con el control electrónico de tracción que sí tiene que trabajar con frecuencia en conducción deportiva, cuando aceleramos a fondo a la salida de las curvas. La dosificación sobre el pedal del acelerador sería una solución, pero más efectiva es la que han encontrado los ingenieros de la marca alemana: en lugar del costoso -y efectivo- diferencial autoblocante mecánico de la anterior generación, se ha optado por uno electrónico denominado EDLC, que frena la rueda delantera que pierda adherencia realizando una acción similar a la de un autoblocante tarado al 50 por ciento -el mecánico del Cooper S está tarado al 30 por ciento-.

En la práctica es preferible a un control electrónico de tracción convencional, puesto que frena la rueda, pero nos hubiese gustado que, al menos como opción, se hubiera podido elegir un diferencial autoblocante mecánico, dado el carácter extremadamente deportivo de esta versión. Por último, existe la posibilidad de configurar el modo de conducción deportiva mediante la tecla Sport, situada al lado de la palanca de cambios.

Con este programa activado, el grado de asistencia de la dirección disminuye, mientras que la respuesta del pedal del acelerador se vuelve más instantánea, lo que se aprecia claramente nada más acariciar el pedal. Esta versión del Mini no hay que interpretarla como una variante más del Cooper S, sino como una alternativa a modelos deportivos pensados, casi en exclusiva, para el placer y disfrute de la conducción en su estado más puro. Los que se lo quieran comprar por moda o diseño, que se abstengan, porque con el Cooper o el Cooper S tendrán de sobra, con mejor confort de marcha y por menos precio. Por el contrario, para los que como nosotros son apasionados de la conducción, la deportividad y los coches, nuestro consejo es que empiecen a ahorrar, o a echar a muchas «Primitivas». No se arrepentirán.

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