Mini Cooper SD

En plena época del 'downsizing' resulta cuanto menos curioso encontrarnos con este deportivo turbodiésel de 2 litros y 143 CV, que se convierte en el Mini de mayor cilindrada y par motor. La gama Diesel se completa por debajo con los D y Cooper D, de 90 y 110 CV, ambos de 1,6 litros.
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Mini Cooper SD
Mini Cooper SD

Desde que salió al mercado el Cooper S, esta deportiva versión del Mini se ha ganado un puesto de honor en la lista de nuestros coches preferidos. Por ello, teníamos cierto recelo inicial hacia un Diesel bautizado con el mismo apellido. Siendo críticos, hasta hace poco los motores de gasóleo ofrecidos en su gama no se encontraban precisamente entre los factores que han elevado al Mini a la categoría de modelo aspiracional, pues un coche de capricho se merecía un motor de capricho —por muy Diesel que sea—, algo que, en un principio, no tenía. No obstante, tras el último restyling, los nuevos 1.6 desarrollados por BMW consiguen ese tacto especial y agrado de conducción que faltaba, trasladando al Mini las buenas sensaciones que han valido la fama —y algún que otro premio— a los 4 cilindros Diesel de la casa bávara. Sin duda, más de lo que se podría pedir en un coche de su segmento. En el caso del Mini Cooper SD, la mecánica es de sobra conocida, ya que se trata del mismo 2 litros (código interno N47) que anima a gran parte de los modelos de BMW. Eso sí, en su versión intermedia de 143 CV, una fórmula perfecta para convertir al ligero Mini en un prestacional automóvil repleto de buenas cualidades. Para la ocasión se ha pasado por alto la tendencia actual de emplear motores cada vez más pequeños, lo que ha dado lugar al Mini con mayor cilindrada del momento. Ha tenido que ser todo un desafío técnico acoplar esta mecánica en su reducido vano motor, un esfuerzo que podría dejar la puerta abierta a futuras variantes más radicales firmadas por John Cooper Works, pues en la nueva Serie 1 de BMW este propulsor llega a los 184 CV con un solo turbo —en el Mini no parece que haya espacio para el biturbo de 204 CV del primer BMW Serie 1—. ¿Un pecado para puristas o una brillante idea de marketing? El tiempo lo dirá.

Su imagen apenas difiere del Mini Cooper S de gasolina. Cuenta con todos sus elementos específicos, entre ellos el indispensable doble escape central, o la decorativa —y falsa— toma de aire del capó, un adorno que empeora el Cx pero que aporta un toque estético muy acertado. Tampoco faltan los logotipos S, junto a los intermitentes laterales, y Cooper S en el marco inferior de las puertas. Únicamente en la tapa del maletero podemos leer Cooper SD. El diseño interior resulta igual de sugerente, con muy buenos materiales y personalizable a golpe de talonario gracias a las múltiples opciones disponibles, desde inserciones y tapicerías específicas, hasta luces ambientales tipo LED de distintos colores que se reflejan en las superficies de aluminio. Lástima que la regulación del respaldo sea por palanca y no permita la misma precisión que una rueda como la que ofrecen los baquets opcionales del John Cooper Works. Aun así la postura al volante es muy buena, aunque no podrán decir lo mismo los pasajeros de las dos plazas traseras, debido al reducido espacio para las piernas. Nada que no conociésemos, al igual que el maletero, excesivamente pequeño, y una suspensión que dosifica el confort con cuentagotas, sobre todo en el tren posterior, y más con los neumáticos 205/45 R17 de nuestra unidad (de serie 195/55 R16).

Frente a las versiones de gasolina, el propulsor del Mini Cooper SD transmite más vibraciones al habitáculo, tanto al arrancar como en movimiento, aunque no llega a ser molesto. También resulta algo más sonoro, pero dentro de unos límites perfectamente asumibles. Su respuesta es muy inmediata, lo que se traduce en un alto agrado de conducción desde prácticamente el ralentí, ya que su banda de uso comienza muy pronto. Se puede callejear sin superar las 2.000 rpm, pues desde aproximadamente 1.200 vueltas empieza a entregar una notable cantidad de par, aunque es a partir de 2.000 rpm cuando la entrega se vuelve contundente de verdad al pisar a fondo el acelerador. Sólo 500 vueltas más arriba la inmediatez en la respuesta es casi de motor atmosférico y a 3.000 rpm llega lo mejor de esta mecánica, que no desfallece hasta superadas las 4.000 vueltas, momento óptimo para pasar a la siguiente marcha, pese a que todavía faltan 1.000 revoluciones para la zona roja. El motor no tiene puntos flacos. A la hora de buscar la máxima aceleración la 1ª y la 2ª se acaban rapidísimo, pero el preciso cambio manual está a la altura de las circunstancias y permite insertar sin dilación la siguiente velocidad, sin dar tiempo a que el turbo pierda inercia. A partir de ahí, ojo con el velocímetro, porque el resto de marchas también se terminan pronto. Excepto en la maniobra de adelantamiento en 4ª, el Mini Cooper S es ligeramente más prestacional, pero el SD permite unos ritmos de escándalo con un consumo muy contenido.

Respecto a su homólogo de gasolina el SD pesa en nuestra báscula 20 kg más, que, en su mayoría, reposan sobre el tren delantero. A pesar de ello sigue siendo prácticamente igual de ágil, pero en cambios de apoyo muy bruscos y justo antes de llegar al límite de adherencia en curva, se produce algo más de balanceo. Por lo demás es igual de divertido y dinámico, muy estable, pero con una trasera juguetona que se adapta a nuestro tipo de conducción y a las insinuaciones del pie derecho. La dirección es muy directa e informa con fidelidad, y bajo aceleración apenas se producen tirones, a pesar del tremendo par disponible. Gracias a las buenas capacidades del bastidor y a la ayuda del control de tracción en casos extremos, el tren delantero no se desmanda en ningún momento. Al pulsar el botón Sport el acelerador brinda una mayor respuesta al inicio de su recorrido y la dirección se endurece ligeramente para proporcionar más sensación de aplomo y confianza. Por otro lado, en la lista de extras hay disponible una función de "autoblocante" electrónico (159 €) que, además de mejorar la tracción y permitir una salida más rápida de las curvas, modifica el tarado del DSC, haciéndolo bastante más permisivo. Esta opción, que debería ser de serie, es muy recomendable a la hora de exprimir el potencial de este deportivo Mini en zonas reviradas, ya que eleva el nivel de eficacia un escalón más. Estamos, sin duda, ante el Diesel más divertido de conducir del mercado.

  • Motor impecable
  • Comportamiento
  • Prestaciones
  • Maletero pequeño
  • Confort limitado
  • Precio elevado

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