Mercedes CLC 200 Kompressor

Su diseño diferente y la exclusividad que supone llevar la estrella en el frontal son algunos de los atractivos que ofrece este compacto premium, pero también su conducción, que destaca por un logrado equilibrio dinámico y unos elevados niveles de confort y suavidad de marcha.
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Mercedes CLC 200 Kompressor
Mercedes CLC 200 Kompressor
  • Comportamiento
  • Motor
  • Suavidad de marcha
  • Dirección dura
  • Precio elevado
  • Distancia de frenado

Basado en la plataforma del anterior Clase C, el CLC es la apuesta de Mercedes para hacer frente a un segmento compacto en el que cada vez hay más modelos de carácter aspiracional. No hace falta decir que la competencia es dura, y que no lo tiene fácil para mantener su hueco en el mercado, pero sigue siendo una alternativa con encantos suficientes para conquistar a sus seguidores. Su carrocería en forma de cuña le identifica desde el primer momento y, aunque no disponga de las tan de moda luces diurnas de tipo LED, su personal aspecto sigue estando vigente.

El interior del Mercedes CLC sorprende por un diseño atractivo y por un alto nivel de equipamiento, en este caso incrementado con un techo panorámico practicable que aporta luminosidad y sensación de desahogo. No faltan inserciones de aluminio, superficies de cuidado aspecto revestidas en tela, ni asientos con tapicería mixta de piel y tela con reglajes eléctricos de serie. Sin embargo, fijándonos más en profundidad encontramos detalles que denotan cierta veteranía del modelo, como por ejemplo plásticos poco vistosos en los mandos de las luces, o el tacto de algunos interruptores, algo que, junto con el manejo del ordenador de viaje, ha experimentado una evolución en los últimos modelos de Mercedes.

En cuanto a amplitud, la cota de altura de la parte posterior es el punto más crítico, así como el espacio para las piernas de los dos pasajeros traseros, que es correcto, pero menor que en algunos de sus rivales. El acceso a dichas plazas se realiza sin mayor complicación, aunque la banqueta del asiento delantero no desliza cuando desplazamos su respaldo hacia delante. El puesto de conducción, por su parte, está bien conseguido gracias a las generosas posibilidades de regulación de asiento y volante, este último con mucho recorrido longitudinal y en altura. Nada más arrancar llama la atención que la dirección no está demasiado asistida, lo que hace más incómodas las maniobras de aparcamiento. La visibilidad trasera, algo reducida por el diseño del portón, tampoco ayuda a este cometido. Por otro lado, y como es habitual en Mercedes, el freno de estacionamiento es por pedal.

El bastidor del Mercedes CLC proporciona un gran compromiso entre confort y capacidades dinámicas, y es una de las cosas que proporciona más satisfacción en este modelo. En su puesta a punto se ha preferido primar la facilidad de conducción por encima de la eficacia pura y la velocidad de paso por curva, pero no por ello deja de ser un coche con el que se puede ir muy rápido. De hecho, sus maneras no desentonan con el apellido Sportcoupé heredado de su antecesor, respecto al que no deja de ser una puesta al día. En conducción muy deportiva o en situaciones complicadas, como llegar a una curva a más velocidad de la que nos dicta la lógica y sobrepasar el límite de adherencia, el tren delantero deriva ligeramente, con lo que se contrarresta la tendencia natural del eje trasero a redondear los giros, dando como resultado unas reacciones muy neutras y asequibles, acompañadas siempre de una progresividad encomiable, a pesar de su condición de propulsión trasera y equilibrado reparto de pesos. La única pega la encontramos en las mediciones de frenada, con unas distancias más largas de lo deseable, como se puede ver en los 78,3 metros que necesita para pasar de 140 a 0 km/h.

Por otro lado, los amortiguadores del Mercedes CLC asimilan sin problemas las irregularidades, incluso en carreteras deterioradas, en las que se mantiene una muy buena calidad de rodadura sin que el comportamiento se descomponga en caso de avivar la marcha. El ESP es poco intrusivo, pero eficaz cuando se necesita. No es posible desconectarlo por completo, ya que permanece siempre en modo latente, aunque sí cuenta con un modo algo más permisivo que permite explorar mejor las bondades del bastidor a quienes busquen un toque extra de deportividad. Sin embargo, la opción de cambio automático de cinco velocidades de nuestra unidad —de serie monta una caja manual de 6— perjudica las posibilidades dinámicas, en parte por el resbalamiento del convertidor de par, pero sobre todo por el separado escalonamiento de las marchas, que no siempre permite mantener la aguja del cuentavueltas en la zona óptima del motor. Además, carece de un modo manual propiamente dicho, ya que la única posibilidad que nos deja para tener un mayor control de la situación es limitar la marcha más alta —moviendo la palanca lateralmente—. Su manejo es intuitivo, aunque el tiempo de respuesta es algo lento, por lo que dependiendo de las circunstancias puede resultar más conveniente no intervenir y dejar que el cambio actúe de forma automática, ya sea en modo S (standard) o en modo C (confort). La mayor ventaja de esta transmisión es la suavidad que aporta, que repercute directamente en la comodidad y el agrado de uso, aunque a estas alturas se echa de menos una marcha más.

El motor del Mercedes CLC es muy uniforme en su funcionamiento y prácticamente no transmite vibraciones al habitáculo, ya que cuenta con árboles contrarrotantes de equilibrado. Este refinamiento hay que unirlo a un interior muy bien insonorizado, en el que no hace falta elevar la voz para hablar, sea cual sea la velocidad que llevemos. En este apartado consigue una ventaja clara frente a sus rivales BMW Serie 1 y VW Scirocco, en cuyos habitáculos se percibe más rumorosidad —salvo al ralentí—, pero no llega a igualar al Volvo C30, que es un poco más silencioso si cabe. Puede que el techo panorámico de nuestra unidad haya influido negativamente en el resultado.

En definitiva, estamos ante un coche que va mostrando sus talentos a medida que lo vamos conduciendo, aunque su precio puede parecer disuasorio para lo que ofrece realmente. Si encima incorporamos algún extra, como faros de xenón, techo panorámico o navegador, nos adentraremos en terreno de segmentos superiores. Es el precio de la exclusividad.

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