Mégane Grand Tour, Focus Sportbreak y Golf Variant

Ya sea bajo el nombre Break, Grand Tour, Variant, Avant, Sportwagon... las carrocerías familiares poco a poco van ganando seguidores, por una parte, gracias a sus cada vez más atractivos diseños, y por otra, por su mayor utilidad.
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Mégane Grand Tour, Focus Sportbreak y Golf Variant
Mégane Grand Tour, Focus Sportbreak y Golf Variant

Aunque en nuestro país los familiares no sean excesivamente demandados, lo cierto es que sus cualidades prácticas hacen de ellos vehículos muy apetecibles. Ya no son tan cuadrados y poco agraciados como hace años, es más, en algunos casos aportan un plus en cuanto a diseño u originalidad, y si encima están dotados de un generoso nivel de equipamiento, como nuestros protagonistas, estamos ante productos muy válidos para casi cualquier necesidad.

En este caso hemos enfrentado a las variantes “break” de tres de los compactos con más éxito del mercado, el Focus, el Mégane y el Golf, todos ellos con motorización turbodiesel de dos litros. Estas versiones se caracterizan por su eficiencia, pues consumen poco y al mismo tiempo consiguen un nivel de prestaciones notable, siempre dentro de lo racional, pero con reservas suficientes de potencia para salir airosos de cualquier situación. El menos potente es el modelo de Ford, que se conforma con 136 CV, seguido del Volkswagen, con 140 CV, y del Renault, que llega hasta los 150 CV.

El último en llegar a los concesionarios ha sido el Golf Variant, que presenta una parte trasera muy personal. Es el único en el que los pilotos no están colocados en disposición vertical, además sus líneas son las más redondeadas del grupo. El Focus Sportbreak con el acabado S presume de una estética más deportiva, en cambio, el Mégane Grand Tour reserva su exclusividad para el interior, ya que el acabado Privilege de nuestra unidad hace gala de un buen número de extras, incluida tapicería mixta de tela y cuero.

La buena reputación de estos tres automóviles en el apartado del comportamiento se mantiene con las carrocerías familiares. Están a un nivel muy bueno en todos los casos, aunque la terminación S del Focus implica suspensión deportiva de serie, con amortiguadores y barras estabilizadoras específicos, y altura de la carrocería reducida —10 mm en el eje delantero y 8 mm en el trasero—. Nuestro vehículo de pruebas también equipaba llantas y neumáticos opcionales de la medida 225/40 ZR18 (350 €), en lugar de los de serie, que son 205/55 R17. La mayor anchura y el bajo perfil de éstos consiguen incrementar el ya de por sí alto grado de eficacia del bastidor, sobre todo en asfalto en buen estado. Queda claro que sus intenciones en este apartado van un paso más allá que en sus rivales y, además de ser el que ofrece una respuesta más directa a las órdenes del volante, también resulta un poco más equilibrado si realizamos una conducción dinámica en zonas reviradas, porque su tren trasero se muestra algo más participativo. A pesar de todo, su nivel de confort apenas se ve perjudicado.

Sin dejar de ser eficaz, el Mégane es el que menos emociona a la hora ir sentados tras sus mandos, ya que va más filtrado y nos aísla de la carretera. Esto es debido fundamentalmente a la dirección, que, además de blanda, en algunas ocasiones se siente demasiado artificial y no informa de lo que ocurre bajo las ruedas. El tacto de los pedales tampoco iguala al de sus rivales. Por otro lado, si nos pasamos de optimistas al abordar una curva, el programa electrónico de estabilidad entra en acción muy pronto, con cierta brusquedad y evitando que el coche se desmande lo más mínimo. Este sistema sólo se puede desconectar por debajo de 50 km/h. También llama la atención que en carreteras en mal estado la columna de la dirección vibra y hace algún ruido al pasar sobre baches, como si algunos revestimientos plásticos no ajustasen perfectamente. En superficies rotas es el que más atención requiere y obliga a sujetar el volante con cierta firmeza, pues la trayectoria llega a descomponerse ligeramente si mantenemos un ritmo elevado.

El Golf consigue un buen compromiso entre comodidad y eficacia, aunque primando la facilidad de conducción sobre el dinamismo absoluto. Los tarados de la suspensión son relativamente suaves y el comportamiento no tiene pretensiones deportivas, por lo que llegada una situación delicada es el tren delantero es el que se descompone primero, quizá un poco antes de lo deseable —y de lo que es capaz de aguantar este chasis—, para no llegar a poner en apuros al conductor. En cualquier caso, el control de estabilidad cuida de que no intentemos ir más rápido de lo debido y se deja notar cuando hay excesos de optimismo. A pesar de no tener unas reacciones tan ágiles como las del Focus, se puede conseguir un ritmo de marcha similar por trazados sinuosos. Este sano carácter está complementado con una dirección de agradable tacto y por una palanca de cambios de impecable accionamiento y de recorridos ligeramente más cortos que en sus competidores.

En el apartado de frenada los tres salen bien parados y las mediciones en el paso de 140 a 0 km/h son correctas. El Golf y el Mégane casi empatan en metros, aunque los frenos del segundo aguantan peor el trato exigente y son los que antes se resienten frente al calentamiento. El Focus es el que se detiene en menos espacio, algo a lo que colabora su mayor firmeza de suspensiones, pero también es el que obliga a tener el volante más recto, e incluso a realizar algunas correcciones, para evitar movimientos indeseados del tren trasero. En líneas generales, el Golf es el que más convence a la hora de llevar a cabo una frenada de emergencia.

Mecánica excelente con matices

Aunque en nuestro país los familiares no sean excesivamente demandados, lo cierto es que sus cualidades prácticas hacen de ellos vehículos muy apetecibles. Ya no son tan cuadrados y poco agraciados como hace años, es más, en algunos casos aportan un plus en cuanto a diseño u originalidad, y si encima están dotados de un generoso nivel de equipamiento, como nuestros protagonistas, estamos ante productos muy válidos para casi cualquier necesidad.

En este caso hemos enfrentado a las variantes “break” de tres de los compactos con más éxito del mercado, el Focus, el Mégane y el Golf, todos ellos con motorización turbodiesel de dos litros. Estas versiones se caracterizan por su eficiencia, pues consumen poco y al mismo tiempo consiguen un nivel de prestaciones notable, siempre dentro de lo racional, pero con reservas suficientes de potencia para salir airosos de cualquier situación. El menos potente es el modelo de Ford, que se conforma con 136 CV, seguido del Volkswagen, con 140 CV, y del Renault, que llega hasta los 150 CV.

El último en llegar a los concesionarios ha sido el Golf Variant, que presenta una parte trasera muy personal. Es el único en el que los pilotos no están colocados en disposición vertical, además sus líneas son las más redondeadas del grupo. El Focus Sportbreak con el acabado S presume de una estética más deportiva, en cambio, el Mégane Grand Tour reserva su exclusividad para el interior, ya que el acabado Privilege de nuestra unidad hace gala de un buen número de extras, incluida tapicería mixta de tela y cuero.

La buena reputación de estos tres automóviles en el apartado del comportamiento se mantiene con las carrocerías familiares. Están a un nivel muy bueno en todos los casos, aunque la terminación S del Focus implica suspensión deportiva de serie, con amortiguadores y barras estabilizadoras específicos, y altura de la carrocería reducida —10 mm en el eje delantero y 8 mm en el trasero—. Nuestro vehículo de pruebas también equipaba llantas y neumáticos opcionales de la medida 225/40 ZR18 (350 €), en lugar de los de serie, que son 205/55 R17. La mayor anchura y el bajo perfil de éstos consiguen incrementar el ya de por sí alto grado de eficacia del bastidor, sobre todo en asfalto en buen estado. Queda claro que sus intenciones en este apartado van un paso más allá que en sus rivales y, además de ser el que ofrece una respuesta más directa a las órdenes del volante, también resulta un poco más equilibrado si realizamos una conducción dinámica en zonas reviradas, porque su tren trasero se muestra algo más participativo. A pesar de todo, su nivel de confort apenas se ve perjudicado.

Sin dejar de ser eficaz, el Mégane es el que menos emociona a la hora ir sentados tras sus mandos, ya que va más filtrado y nos aísla de la carretera. Esto es debido fundamentalmente a la dirección, que, además de blanda, en algunas ocasiones se siente demasiado artificial y no informa de lo que ocurre bajo las ruedas. El tacto de los pedales tampoco iguala al de sus rivales. Por otro lado, si nos pasamos de optimistas al abordar una curva, el programa electrónico de estabilidad entra en acción muy pronto, con cierta brusquedad y evitando que el coche se desmande lo más mínimo. Este sistema sólo se puede desconectar por debajo de 50 km/h. También llama la atención que en carreteras en mal estado la columna de la dirección vibra y hace algún ruido al pasar sobre baches, como si algunos revestimientos plásticos no ajustasen perfectamente. En superficies rotas es el que más atención requiere y obliga a sujetar el volante con cierta firmeza, pues la trayectoria llega a descomponerse ligeramente si mantenemos un ritmo elevado.

El Golf consigue un buen compromiso entre comodidad y eficacia, aunque primando la facilidad de conducción sobre el dinamismo absoluto. Los tarados de la suspensión son relativamente suaves y el comportamiento no tiene pretensiones deportivas, por lo que llegada una situación delicada es el tren delantero es el que se descompone primero, quizá un poco antes de lo deseable —y de lo que es capaz de aguantar este chasis—, para no llegar a poner en apuros al conductor. En cualquier caso, el control de estabilidad cuida de que no intentemos ir más rápido de lo debido y se deja notar cuando hay excesos de optimismo. A pesar de no tener unas reacciones tan ágiles como las del Focus, se puede conseguir un ritmo de marcha similar por trazados sinuosos. Este sano carácter está complementado con una dirección de agradable tacto y por una palanca de cambios de impecable accionamiento y de recorridos ligeramente más cortos que en sus competidores.

En el apartado de frenada los tres salen bien parados y las mediciones en el paso de 140 a 0 km/h son correctas. El Golf y el Mégane casi empatan en metros, aunque los frenos del segundo aguantan peor el trato exigente y son los que antes se resienten frente al calentamiento. El Focus es el que se detiene en menos espacio, algo a lo que colabora su mayor firmeza de suspensiones, pero también es el que obliga a tener el volante más recto, e incluso a realizar algunas correcciones, para evitar movimientos indeseados del tren trasero. En líneas generales, el Golf es el que más convence a la hora de llevar a cabo una frenada de emergencia.

Mecánica excelente con matices

Aunque en nuestro país los familiares no sean excesivamente demandados, lo cierto es que sus cualidades prácticas hacen de ellos vehículos muy apetecibles. Ya no son tan cuadrados y poco agraciados como hace años, es más, en algunos casos aportan un plus en cuanto a diseño u originalidad, y si encima están dotados de un generoso nivel de equipamiento, como nuestros protagonistas, estamos ante productos muy válidos para casi cualquier necesidad.

En este caso hemos enfrentado a las variantes “break” de tres de los compactos con más éxito del mercado, el Focus, el Mégane y el Golf, todos ellos con motorización turbodiesel de dos litros. Estas versiones se caracterizan por su eficiencia, pues consumen poco y al mismo tiempo consiguen un nivel de prestaciones notable, siempre dentro de lo racional, pero con reservas suficientes de potencia para salir airosos de cualquier situación. El menos potente es el modelo de Ford, que se conforma con 136 CV, seguido del Volkswagen, con 140 CV, y del Renault, que llega hasta los 150 CV.

El último en llegar a los concesionarios ha sido el Golf Variant, que presenta una parte trasera muy personal. Es el único en el que los pilotos no están colocados en disposición vertical, además sus líneas son las más redondeadas del grupo. El Focus Sportbreak con el acabado S presume de una estética más deportiva, en cambio, el Mégane Grand Tour reserva su exclusividad para el interior, ya que el acabado Privilege de nuestra unidad hace gala de un buen número de extras, incluida tapicería mixta de tela y cuero.

La buena reputación de estos tres automóviles en el apartado del comportamiento se mantiene con las carrocerías familiares. Están a un nivel muy bueno en todos los casos, aunque la terminación S del Focus implica suspensión deportiva de serie, con amortiguadores y barras estabilizadoras específicos, y altura de la carrocería reducida —10 mm en el eje delantero y 8 mm en el trasero—. Nuestro vehículo de pruebas también equipaba llantas y neumáticos opcionales de la medida 225/40 ZR18 (350 €), en lugar de los de serie, que son 205/55 R17. La mayor anchura y el bajo perfil de éstos consiguen incrementar el ya de por sí alto grado de eficacia del bastidor, sobre todo en asfalto en buen estado. Queda claro que sus intenciones en este apartado van un paso más allá que en sus rivales y, además de ser el que ofrece una respuesta más directa a las órdenes del volante, también resulta un poco más equilibrado si realizamos una conducción dinámica en zonas reviradas, porque su tren trasero se muestra algo más participativo. A pesar de todo, su nivel de confort apenas se ve perjudicado.

Sin dejar de ser eficaz, el Mégane es el que menos emociona a la hora ir sentados tras sus mandos, ya que va más filtrado y nos aísla de la carretera. Esto es debido fundamentalmente a la dirección, que, además de blanda, en algunas ocasiones se siente demasiado artificial y no informa de lo que ocurre bajo las ruedas. El tacto de los pedales tampoco iguala al de sus rivales. Por otro lado, si nos pasamos de optimistas al abordar una curva, el programa electrónico de estabilidad entra en acción muy pronto, con cierta brusquedad y evitando que el coche se desmande lo más mínimo. Este sistema sólo se puede desconectar por debajo de 50 km/h. También llama la atención que en carreteras en mal estado la columna de la dirección vibra y hace algún ruido al pasar sobre baches, como si algunos revestimientos plásticos no ajustasen perfectamente. En superficies rotas es el que más atención requiere y obliga a sujetar el volante con cierta firmeza, pues la trayectoria llega a descomponerse ligeramente si mantenemos un ritmo elevado.

El Golf consigue un buen compromiso entre comodidad y eficacia, aunque primando la facilidad de conducción sobre el dinamismo absoluto. Los tarados de la suspensión son relativamente suaves y el comportamiento no tiene pretensiones deportivas, por lo que llegada una situación delicada es el tren delantero es el que se descompone primero, quizá un poco antes de lo deseable —y de lo que es capaz de aguantar este chasis—, para no llegar a poner en apuros al conductor. En cualquier caso, el control de estabilidad cuida de que no intentemos ir más rápido de lo debido y se deja notar cuando hay excesos de optimismo. A pesar de no tener unas reacciones tan ágiles como las del Focus, se puede conseguir un ritmo de marcha similar por trazados sinuosos. Este sano carácter está complementado con una dirección de agradable tacto y por una palanca de cambios de impecable accionamiento y de recorridos ligeramente más cortos que en sus competidores.

En el apartado de frenada los tres salen bien parados y las mediciones en el paso de 140 a 0 km/h son correctas. El Golf y el Mégane casi empatan en metros, aunque los frenos del segundo aguantan peor el trato exigente y son los que antes se resienten frente al calentamiento. El Focus es el que se detiene en menos espacio, algo a lo que colabora su mayor firmeza de suspensiones, pero también es el que obliga a tener el volante más recto, e incluso a realizar algunas correcciones, para evitar movimientos indeseados del tren trasero. En líneas generales, el Golf es el que más convence a la hora de llevar a cabo una frenada de emergencia.

Mecánica excelente con matices

Aunque en nuestro país los familiares no sean excesivamente demandados, lo cierto es que sus cualidades prácticas hacen de ellos vehículos muy apetecibles. Ya no son tan cuadrados y poco agraciados como hace años, es más, en algunos casos aportan un plus en cuanto a diseño u originalidad, y si encima están dotados de un generoso nivel de equipamiento, como nuestros protagonistas, estamos ante productos muy válidos para casi cualquier necesidad.

En este caso hemos enfrentado a las variantes “break” de tres de los compactos con más éxito del mercado, el Focus, el Mégane y el Golf, todos ellos con motorización turbodiesel de dos litros. Estas versiones se caracterizan por su eficiencia, pues consumen poco y al mismo tiempo consiguen un nivel de prestaciones notable, siempre dentro de lo racional, pero con reservas suficientes de potencia para salir airosos de cualquier situación. El menos potente es el modelo de Ford, que se conforma con 136 CV, seguido del Volkswagen, con 140 CV, y del Renault, que llega hasta los 150 CV.

El último en llegar a los concesionarios ha sido el Golf Variant, que presenta una parte trasera muy personal. Es el único en el que los pilotos no están colocados en disposición vertical, además sus líneas son las más redondeadas del grupo. El Focus Sportbreak con el acabado S presume de una estética más deportiva, en cambio, el Mégane Grand Tour reserva su exclusividad para el interior, ya que el acabado Privilege de nuestra unidad hace gala de un buen número de extras, incluida tapicería mixta de tela y cuero.

La buena reputación de estos tres automóviles en el apartado del comportamiento se mantiene con las carrocerías familiares. Están a un nivel muy bueno en todos los casos, aunque la terminación S del Focus implica suspensión deportiva de serie, con amortiguadores y barras estabilizadoras específicos, y altura de la carrocería reducida —10 mm en el eje delantero y 8 mm en el trasero—. Nuestro vehículo de pruebas también equipaba llantas y neumáticos opcionales de la medida 225/40 ZR18 (350 €), en lugar de los de serie, que son 205/55 R17. La mayor anchura y el bajo perfil de éstos consiguen incrementar el ya de por sí alto grado de eficacia del bastidor, sobre todo en asfalto en buen estado. Queda claro que sus intenciones en este apartado van un paso más allá que en sus rivales y, además de ser el que ofrece una respuesta más directa a las órdenes del volante, también resulta un poco más equilibrado si realizamos una conducción dinámica en zonas reviradas, porque su tren trasero se muestra algo más participativo. A pesar de todo, su nivel de confort apenas se ve perjudicado.

Sin dejar de ser eficaz, el Mégane es el que menos emociona a la hora ir sentados tras sus mandos, ya que va más filtrado y nos aísla de la carretera. Esto es debido fundamentalmente a la dirección, que, además de blanda, en algunas ocasiones se siente demasiado artificial y no informa de lo que ocurre bajo las ruedas. El tacto de los pedales tampoco iguala al de sus rivales. Por otro lado, si nos pasamos de optimistas al abordar una curva, el programa electrónico de estabilidad entra en acción muy pronto, con cierta brusquedad y evitando que el coche se desmande lo más mínimo. Este sistema sólo se puede desconectar por debajo de 50 km/h. También llama la atención que en carreteras en mal estado la columna de la dirección vibra y hace algún ruido al pasar sobre baches, como si algunos revestimientos plásticos no ajustasen perfectamente. En superficies rotas es el que más atención requiere y obliga a sujetar el volante con cierta firmeza, pues la trayectoria llega a descomponerse ligeramente si mantenemos un ritmo elevado.

El Golf consigue un buen compromiso entre comodidad y eficacia, aunque primando la facilidad de conducción sobre el dinamismo absoluto. Los tarados de la suspensión son relativamente suaves y el comportamiento no tiene pretensiones deportivas, por lo que llegada una situación delicada es el tren delantero es el que se descompone primero, quizá un poco antes de lo deseable —y de lo que es capaz de aguantar este chasis—, para no llegar a poner en apuros al conductor. En cualquier caso, el control de estabilidad cuida de que no intentemos ir más rápido de lo debido y se deja notar cuando hay excesos de optimismo. A pesar de no tener unas reacciones tan ágiles como las del Focus, se puede conseguir un ritmo de marcha similar por trazados sinuosos. Este sano carácter está complementado con una dirección de agradable tacto y por una palanca de cambios de impecable accionamiento y de recorridos ligeramente más cortos que en sus competidores.

En el apartado de frenada los tres salen bien parados y las mediciones en el paso de 140 a 0 km/h son correctas. El Golf y el Mégane casi empatan en metros, aunque los frenos del segundo aguantan peor el trato exigente y son los que antes se resienten frente al calentamiento. El Focus es el que se detiene en menos espacio, algo a lo que colabora su mayor firmeza de suspensiones, pero también es el que obliga a tener el volante más recto, e incluso a realizar algunas correcciones, para evitar movimientos indeseados del tren trasero. En líneas generales, el Golf es el que más convence a la hora de llevar a cabo una frenada de emergencia.

Mecánica excelente con matices

Aunque en nuestro país los familiares no sean excesivamente demandados, lo cierto es que sus cualidades prácticas hacen de ellos vehículos muy apetecibles. Ya no son tan cuadrados y poco agraciados como hace años, es más, en algunos casos aportan un plus en cuanto a diseño u originalidad, y si encima están dotados de un generoso nivel de equipamiento, como nuestros protagonistas, estamos ante productos muy válidos para casi cualquier necesidad.

En este caso hemos enfrentado a las variantes “break” de tres de los compactos con más éxito del mercado, el Focus, el Mégane y el Golf, todos ellos con motorización turbodiesel de dos litros. Estas versiones se caracterizan por su eficiencia, pues consumen poco y al mismo tiempo consiguen un nivel de prestaciones notable, siempre dentro de lo racional, pero con reservas suficientes de potencia para salir airosos de cualquier situación. El menos potente es el modelo de Ford, que se conforma con 136 CV, seguido del Volkswagen, con 140 CV, y del Renault, que llega hasta los 150 CV.

El último en llegar a los concesionarios ha sido el Golf Variant, que presenta una parte trasera muy personal. Es el único en el que los pilotos no están colocados en disposición vertical, además sus líneas son las más redondeadas del grupo. El Focus Sportbreak con el acabado S presume de una estética más deportiva, en cambio, el Mégane Grand Tour reserva su exclusividad para el interior, ya que el acabado Privilege de nuestra unidad hace gala de un buen número de extras, incluida tapicería mixta de tela y cuero.

La buena reputación de estos tres automóviles en el apartado del comportamiento se mantiene con las carrocerías familiares. Están a un nivel muy bueno en todos los casos, aunque la terminación S del Focus implica suspensión deportiva de serie, con amortiguadores y barras estabilizadoras específicos, y altura de la carrocería reducida —10 mm en el eje delantero y 8 mm en el trasero—. Nuestro vehículo de pruebas también equipaba llantas y neumáticos opcionales de la medida 225/40 ZR18 (350 €), en lugar de los de serie, que son 205/55 R17. La mayor anchura y el bajo perfil de éstos consiguen incrementar el ya de por sí alto grado de eficacia del bastidor, sobre todo en asfalto en buen estado. Queda claro que sus intenciones en este apartado van un paso más allá que en sus rivales y, además de ser el que ofrece una respuesta más directa a las órdenes del volante, también resulta un poco más equilibrado si realizamos una conducción dinámica en zonas reviradas, porque su tren trasero se muestra algo más participativo. A pesar de todo, su nivel de confort apenas se ve perjudicado.

Sin dejar de ser eficaz, el Mégane es el que menos emociona a la hora ir sentados tras sus mandos, ya que va más filtrado y nos aísla de la carretera. Esto es debido fundamentalmente a la dirección, que, además de blanda, en algunas ocasiones se siente demasiado artificial y no informa de lo que ocurre bajo las ruedas. El tacto de los pedales tampoco iguala al de sus rivales. Por otro lado, si nos pasamos de optimistas al abordar una curva, el programa electrónico de estabilidad entra en acción muy pronto, con cierta brusquedad y evitando que el coche se desmande lo más mínimo. Este sistema sólo se puede desconectar por debajo de 50 km/h. También llama la atención que en carreteras en mal estado la columna de la dirección vibra y hace algún ruido al pasar sobre baches, como si algunos revestimientos plásticos no ajustasen perfectamente. En superficies rotas es el que más atención requiere y obliga a sujetar el volante con cierta firmeza, pues la trayectoria llega a descomponerse ligeramente si mantenemos un ritmo elevado.

El Golf consigue un buen compromiso entre comodidad y eficacia, aunque primando la facilidad de conducción sobre el dinamismo absoluto. Los tarados de la suspensión son relativamente suaves y el comportamiento no tiene pretensiones deportivas, por lo que llegada una situación delicada es el tren delantero es el que se descompone primero, quizá un poco antes de lo deseable —y de lo que es capaz de aguantar este chasis—, para no llegar a poner en apuros al conductor. En cualquier caso, el control de estabilidad cuida de que no intentemos ir más rápido de lo debido y se deja notar cuando hay excesos de optimismo. A pesar de no tener unas reacciones tan ágiles como las del Focus, se puede conseguir un ritmo de marcha similar por trazados sinuosos. Este sano carácter está complementado con una dirección de agradable tacto y por una palanca de cambios de impecable accionamiento y de recorridos ligeramente más cortos que en sus competidores.

En el apartado de frenada los tres salen bien parados y las mediciones en el paso de 140 a 0 km/h son correctas. El Golf y el Mégane casi empatan en metros, aunque los frenos del segundo aguantan peor el trato exigente y son los que antes se resienten frente al calentamiento. El Focus es el que se detiene en menos espacio, algo a lo que colabora su mayor firmeza de suspensiones, pero también es el que obliga a tener el volante más recto, e incluso a realizar algunas correcciones, para evitar movimientos indeseados del tren trasero. En líneas generales, el Golf es el que más convence a la hora de llevar a cabo una frenada de emergencia.

Mecánica excelente con matices

Aunque en nuestro país los familiares no sean excesivamente demandados, lo cierto es que sus cualidades prácticas hacen de ellos vehículos muy apetecibles. Ya no son tan cuadrados y poco agraciados como hace años, es más, en algunos casos aportan un plus en cuanto a diseño u originalidad, y si encima están dotados de un generoso nivel de equipamiento, como nuestros protagonistas, estamos ante productos muy válidos para casi cualquier necesidad.

En este caso hemos enfrentado a las variantes “break” de tres de los compactos con más éxito del mercado, el Focus, el Mégane y el Golf, todos ellos con motorización turbodiesel de dos litros. Estas versiones se caracterizan por su eficiencia, pues consumen poco y al mismo tiempo consiguen un nivel de prestaciones notable, siempre dentro de lo racional, pero con reservas suficientes de potencia para salir airosos de cualquier situación. El menos potente es el modelo de Ford, que se conforma con 136 CV, seguido del Volkswagen, con 140 CV, y del Renault, que llega hasta los 150 CV.

El último en llegar a los concesionarios ha sido el Golf Variant, que presenta una parte trasera muy personal. Es el único en el que los pilotos no están colocados en disposición vertical, además sus líneas son las más redondeadas del grupo. El Focus Sportbreak con el acabado S presume de una estética más deportiva, en cambio, el Mégane Grand Tour reserva su exclusividad para el interior, ya que el acabado Privilege de nuestra unidad hace gala de un buen número de extras, incluida tapicería mixta de tela y cuero.

La buena reputación de estos tres automóviles en el apartado del comportamiento se mantiene con las carrocerías familiares. Están a un nivel muy bueno en todos los casos, aunque la terminación S del Focus implica suspensión deportiva de serie, con amortiguadores y barras estabilizadoras específicos, y altura de la carrocería reducida —10 mm en el eje delantero y 8 mm en el trasero—. Nuestro vehículo de pruebas también equipaba llantas y neumáticos opcionales de la medida 225/40 ZR18 (350 €), en lugar de los de serie, que son 205/55 R17. La mayor anchura y el bajo perfil de éstos consiguen incrementar el ya de por sí alto grado de eficacia del bastidor, sobre todo en asfalto en buen estado. Queda claro que sus intenciones en este apartado van un paso más allá que en sus rivales y, además de ser el que ofrece una respuesta más directa a las órdenes del volante, también resulta un poco más equilibrado si realizamos una conducción dinámica en zonas reviradas, porque su tren trasero se muestra algo más participativo. A pesar de todo, su nivel de confort apenas se ve perjudicado.

Sin dejar de ser eficaz, el Mégane es el que menos emociona a la hora ir sentados tras sus mandos, ya que va más filtrado y nos aísla de la carretera. Esto es debido fundamentalmente a la dirección, que, además de blanda, en algunas ocasiones se siente demasiado artificial y no informa de lo que ocurre bajo las ruedas. El tacto de los pedales tampoco iguala al de sus rivales. Por otro lado, si nos pasamos de optimistas al abordar una curva, el programa electrónico de estabilidad entra en acción muy pronto, con cierta brusquedad y evitando que el coche se desmande lo más mínimo. Este sistema sólo se puede desconectar por debajo de 50 km/h. También llama la atención que en carreteras en mal estado la columna de la dirección vibra y hace algún ruido al pasar sobre baches, como si algunos revestimientos plásticos no ajustasen perfectamente. En superficies rotas es el que más atención requiere y obliga a sujetar el volante con cierta firmeza, pues la trayectoria llega a descomponerse ligeramente si mantenemos un ritmo elevado.

El Golf consigue un buen compromiso entre comodidad y eficacia, aunque primando la facilidad de conducción sobre el dinamismo absoluto. Los tarados de la suspensión son relativamente suaves y el comportamiento no tiene pretensiones deportivas, por lo que llegada una situación delicada es el tren delantero es el que se descompone primero, quizá un poco antes de lo deseable —y de lo que es capaz de aguantar este chasis—, para no llegar a poner en apuros al conductor. En cualquier caso, el control de estabilidad cuida de que no intentemos ir más rápido de lo debido y se deja notar cuando hay excesos de optimismo. A pesar de no tener unas reacciones tan ágiles como las del Focus, se puede conseguir un ritmo de marcha similar por trazados sinuosos. Este sano carácter está complementado con una dirección de agradable tacto y por una palanca de cambios de impecable accionamiento y de recorridos ligeramente más cortos que en sus competidores.

En el apartado de frenada los tres salen bien parados y las mediciones en el paso de 140 a 0 km/h son correctas. El Golf y el Mégane casi empatan en metros, aunque los frenos del segundo aguantan peor el trato exigente y son los que antes se resienten frente al calentamiento. El Focus es el que se detiene en menos espacio, algo a lo que colabora su mayor firmeza de suspensiones, pero también es el que obliga a tener el volante más recto, e incluso a realizar algunas correcciones, para evitar movimientos indeseados del tren trasero. En líneas generales, el Golf es el que más convence a la hora de llevar a cabo una frenada de emergencia.

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