Hyundai Grandeur 2.2 CRDi

En un país como el nuestro, donde el significado de berlinas de lujo tiene a los parámetros alemanes como principal protagonismo, los coreanos de Hyundai se atreven a introducir su Grandeur, con un equipamiento muy completo pero a un precio no especialmente barato. La mecánica de 155 CV es digna pero no puede competir con las realizaciones más modernas de nuestro continente.
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Hyundai Grandeur 2.2 CRDi
Hyundai Grandeur 2.2 CRDi

Mientras la gama de modelos pequeños y compactos de Hyundai recibe claras influencias europeas a la hora de consumar su diseño, sus berlinas media y alta –este Grandeur- vienen perfumadas con claro olor norteamericano, allí donde sus cifras de ventas se cuentan por decenas de millares. En consecuencia, los valores principales en los que sustenta su oferta se diferencian sensiblemente con relación a lo habitual en las grandes berlinas gestadas aquí. Dado que, tanto en su lugar de procedencia, como en el mercado americano, las prestaciones no cuentan –de hecho, allí, en las características del coche se obvian- el esfuerzo es satisfacer a los usuarios con un confort de primera y un equipamiento más que generoso.

En la anterior frase encontramos el mejor Grandeur. Un coche que no desentona en su imagen externa, pues incluye algunos detalles originales, como la zaga en descenso, para recalcar su personalidad frente al Sonata, con el que comparte algunos otros trazos. El habitáculo es muy luminoso, con grandes superficies acristaladas, y se presenta con unos atractivos asientos tapizados en piel. Lo mejor del caso es que, además, son muy confortables y disponen de regulaciones eléctricas. Este tipo de reglaje se traslada al volante, que se puede ajustar al milímetro trabajando sobre un pequeño mando situado a la izquierda de la columna de dirección. Curiosamente, sus formas, junto con otras que aparecen en distintos lugares del habitáculo, demuestran un alto interés de los diseñadores por las ideas y formas que Lexus incluye en sus modelos.

En consecuencia, encontrar una posición ideal de conducción es sencillo, sobre todo, si tenemos en cuenta la desaparición del pedal del embrague, normalmente el que lo complica casi todo. Y no está porque este Grandeur se ofrece exclusivamente con un cambio automático de cinco relaciones, que sólo puede manejarse manualmente en un pasillo situado a la derecha de la rejilla. Es lógico que no se hayan incorporado palancas tras el volante, porque la filosofía del coche –y del tipo de conductor al que va dirigido- no requiere de dichos artilugios. De hecho, lo más conveniente es olvidarse de mover la palanca y dejar que la gestión realice los cambios a su aire. Y eso que ésta no es de nuestra total devoción, porque se apunta demasiadas veces a bajar el régimen de motor casi al ralentí y también se olvida de reducir ante una disminución de velocidad, como lo haría un europeo de reciente generación.

Por cierto, emparentado con esto último, debemos mencionar una laguna. Se trata del sistema de control de velocidad de crucero, que no dispone de relación con los frenos. De esta manera, en bajadas de cierta entidad, el Grandeur supera hasta con mucha holgura –si la pendiente es acentuada- la velocidad elegida. Si ésta está cercana al límite de la vía –lo habitual- habrá que estar atento y frenar –desconectando el sistema, lo que nos obligará de conectarlo después de nuevo- puesto que si, casualmente, estamos en el punto de mira de un radar, la denuncia es matemática.

Sus prestaciones, la dirección y el precio son los capítulos que habría que optimizar mientras que destaca por todo aquello relacionado con el confort y capacidad viajera, que en un modelo como éste es lo más importante.

Ya puestos a quejarnos, otro pequeño comentario negativo para un sistema automático, como es el sensor de encendido de luces, que se muestra algo perezoso. Así, en túneles de pequeña longitud, las enciende cuando avistamos ya la salida. Estas dos lamentaciones, en realidad, no llegan a desmoronar un edificio de confort de más que buen nivel. Los cambios de marcha se realizan con suavidad y la suspensión pisa con gentileza el asfalto, excepto cuando éste está en mal estado, momento en el que la amortiguación demuestra que su responsabilidad en la conducta del coche es mucha.

Viajar es un placer

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