Ford SportKa

Altas velocidades, comportamiento divertido e imagen agresiva. Todas estas características, propias de deportivos de alta enjundia, se dan cita en el frasco pequeño que es un Ka. Con la denominación SportKa, esta versión de 95 CV se ofrece a un precio muy bueno (12.850 euros), aunque cuenta con las limitaciones de habitabilidad que le confieren sus pequeñas dimensiones.
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Ford SportKa
Ford SportKa

Las variaciones “conceptuales” son, no obstante, más importantes. Este SportKa recibe modificaciones en dos de los aspectos más vitales para un amante de la conducción deportiva: suspensiones y dirección. Los ingenieros de Ford han ensanchado las vías para conferirle un comportamiento más aplomado y reducir, con ello, el balanceo de la carrocería. Al mismo tiempo, los muelles de la suspensión son más firmes (un 30 por ciento más delante y un 8 por ciento más detrás), con lo que se gana en efectividad al volante, sobre todo en zonas de curvas y en asfaltos en mal estado. Este conjunto se completa con una barra estabilizadora más recia, hasta un 64 por ciento más, y unos frenos más grandes y potentes (con ABS de serie, aunque con tambores detrás).

La dirección de cremallera del resto de los Ka ha sido modificada para hacerla más directa y más obediente a las órdenes que le dicte el conductor. Este punto positivo a la hora de encadenar curvas puede llegar a tornarse negativo en ciudad, puesto que la asistencia se endurece en exceso en algunas operaciones.

Llega la hora de ponernos a los mandos de este SportKa (algo que estamos deseando) y llega la primera desilusión: el interior. Dábamos por sentado que no contaríamos con mucho espacio a nuestro favor, algo que, si se mide más de 1,85 metros, es una preocupación constante, y en efecto no lo hay. Nos sentamos y descubrimos que el volante no es regulable, ni en altura ni en profundidad, y lo único que conseguimos con nuestros intentos por buscar cómo moverlo es abrir el capó (la palanca está bajo la columna de dirección). Aun así, desplazando el asiento logramos una digna postura de conducción, quedando el volante algo abajo, como si condujéramos un kart.

El salpicadero no recibe ni un toque de alegría. Se le nota el paso de los años con un diseño anticuado y los plásticos no dan muy buena impresión. Otro detalle que no nos ha gustado tampoco es la escasez de huecos para depositar objetos. El SportKa cuenta, en vez de con guantera, con un cofre mínimo y éste ya está repleto con las obligatorias bombillas de repuesto. Dejar objetos tan imprescindibles como el móvil, las gafas de sol o la cartera se convierte, por tanto, en un auténtico ejercicio de habilidad.

La misma habilidad que ha de tener el que viaje en las plazas traseras…para no sufrir el síndrome de la clase turista. Se echan de menos centímetros en todas las cotas. Además, el estar limitado legalmente a cuatro plazas y poseer un escasísimo maletero (190 litros) restringe su capacidad de transporte en viajes largos.

El mundo de los utilitarios urbanos puros ha venido marcado en los últimos años por versiones básicas que cumplían dignamente con su cometido. Eran meros “aparatos” que acataban obedientes su obligación de transportar de A a B a uno o varios ocupantes. Las prestaciones y el comportamiento no eran tan importantes en este tipo de modelos y nadie se los pedía. Pero no, los buenos aficionados no podían permitir el “ultraje” de no sentir burbujear su sangre, de olvidar las excitantes sensaciones que proporcionan los vehículos de corte deportivo. La solución era buscar la conciliación entre modelos pequeños, que sirvieran para moverse por la ciudad con agilidad gracias a su reducido tamaño, y automóviles que transmitieran pasión, que es uno de los principales motivos por los que se compran coches en el mundo o, por lo menos, en España.

Uno de los mejores exponentes de esta clase de vehículo es el SportKa, que da la razón a los que opinan que la expresión “utilitario deportivo” es posible.

El nacimiento del SportKa tiene algo de leyenda. Han tenido que pasar más de cuatro años desde el lanzamiento de la gama Ka, a la que pertenece el protagonista de nuestro análisis, para que los responsables de Ford hayan decidido lanzar esta versión lúdica y potenciada. El camino no ha sido fácil. Hace un par de años se rumoreó que el Ka, a causa de su escaso éxito de ventas, desaparecería sin más, sin pena ni gloria. Pero, para sorpresa de propios y extraños, la marca del óvalo decidió dotar de un mayor atractivo a su más pequeño utilitario con la incorporación del StreetKa, una versión roadster que ya ha pasado por nuestras manos, y de este SportKa. El objetivo era crear modelos más excitantes para el conductor. La pasión y quizás la irracionalidad volvían a vencer una batalla.

Exteriormente, las diferencias con un Ka “de los normales” no son demasiado significativas, pero sí se dejan notar. Los faros antiniebla integrados, una parrilla específica, bajos en el color de la carrocería y una mayor musculatura cambian el porte de este SportKa. Se percibe que no estamos ante un “urbano” del montón. Quizás la mayor desigualdad, siempre desde el punto de vista estético, resida en la luz de marcha atrás, situada en posición central, y unas ruedas que harán frotarse las manos a los amantes de las personalizaciones: monta un neumático de 195 de ancho y perfil bajo (45) sobre llanta de seis radios y 16 pulgadas. Recordemos, para que sea notable el abismo respecto al resto de los Ka, que, por ejemplo, el 1.3 de 70 CV monta una cubierta de 165/60 sobre llanta 14.

Las variaciones “conceptuales” son, no obstante, más importantes. Este SportKa recibe modificaciones en dos de los aspectos más vitales para un amante de la conducción deportiva: suspensiones y dirección. Los ingenieros de Ford han ensanchado las vías para conferirle un comportamiento más aplomado y reducir, con ello, el balanceo de la carrocería. Al mismo tiempo, los muelles de la suspensión son más firmes (un 30 por ciento más delante y un 8 por ciento más detrás), con lo que se gana en efectividad al volante, sobre todo en zonas de curvas y en asfaltos en mal estado. Este conjunto se completa con una barra estabilizadora más recia, hasta un 64 por ciento más, y unos frenos más grandes y potentes (con ABS de serie, aunque con tambores detrás).

La dirección de cremallera del resto de los Ka ha sido modificada para hacerla más directa y más obediente a las órdenes que le dicte el conductor. Este punto positivo a la hora de encadenar curvas puede llegar a tornarse negativo en ciudad, puesto que la asistencia se endurece en exceso en algunas operaciones.

Llega la hora de ponernos a los mandos de este SportKa (algo que estamos deseando) y llega la primera desilusión: el interior. Dábamos por sentado que no contaríamos con mucho espacio a nuestro favor, algo que, si se mide más de 1,85 metros, es una preocupación constante, y en efecto no lo hay. Nos sentamos y descubrimos que el volante no es regulable, ni en altura ni en profundidad, y lo único que conseguimos con nuestros intentos por buscar cómo moverlo es abrir el capó (la palanca está bajo la columna de dirección). Aun así, desplazando el asiento logramos una digna postura de conducción, quedando el volante algo abajo, como si condujéramos un kart.

El salpicadero no recibe ni un toque de alegría. Se le nota el paso de los años con un diseño anticuado y los plásticos no dan muy buena impresión. Otro detalle que no nos ha gustado tampoco es la escasez de huecos para depositar objetos. El SportKa cuenta, en vez de con guantera, con un cofre mínimo y éste ya está repleto con las obligatorias bombillas de repuesto. Dejar objetos tan imprescindibles como el móvil, las gafas de sol o la cartera se convierte, por tanto, en un auténtico ejercicio de habilidad.

La misma habilidad que ha de tener el que viaje en las plazas traseras…para no sufrir el síndrome de la clase turista. Se echan de menos centímetros en todas las cotas. Además, el estar limitado legalmente a cuatro plazas y poseer un escasísimo maletero (190 litros) restringe su capacidad de transporte en viajes largos.

El mundo de los utilitarios urbanos puros ha venido marcado en los últimos años por versiones básicas que cumplían dignamente con su cometido. Eran meros “aparatos” que acataban obedientes su obligación de transportar de A a B a uno o varios ocupantes. Las prestaciones y el comportamiento no eran tan importantes en este tipo de modelos y nadie se los pedía. Pero no, los buenos aficionados no podían permitir el “ultraje” de no sentir burbujear su sangre, de olvidar las excitantes sensaciones que proporcionan los vehículos de corte deportivo. La solución era buscar la conciliación entre modelos pequeños, que sirvieran para moverse por la ciudad con agilidad gracias a su reducido tamaño, y automóviles que transmitieran pasión, que es uno de los principales motivos por los que se compran coches en el mundo o, por lo menos, en España.

Uno de los mejores exponentes de esta clase de vehículo es el SportKa, que da la razón a los que opinan que la expresión “utilitario deportivo” es posible.

El nacimiento del SportKa tiene algo de leyenda. Han tenido que pasar más de cuatro años desde el lanzamiento de la gama Ka, a la que pertenece el protagonista de nuestro análisis, para que los responsables de Ford hayan decidido lanzar esta versión lúdica y potenciada. El camino no ha sido fácil. Hace un par de años se rumoreó que el Ka, a causa de su escaso éxito de ventas, desaparecería sin más, sin pena ni gloria. Pero, para sorpresa de propios y extraños, la marca del óvalo decidió dotar de un mayor atractivo a su más pequeño utilitario con la incorporación del StreetKa, una versión roadster que ya ha pasado por nuestras manos, y de este SportKa. El objetivo era crear modelos más excitantes para el conductor. La pasión y quizás la irracionalidad volvían a vencer una batalla.

Exteriormente, las diferencias con un Ka “de los normales” no son demasiado significativas, pero sí se dejan notar. Los faros antiniebla integrados, una parrilla específica, bajos en el color de la carrocería y una mayor musculatura cambian el porte de este SportKa. Se percibe que no estamos ante un “urbano” del montón. Quizás la mayor desigualdad, siempre desde el punto de vista estético, resida en la luz de marcha atrás, situada en posición central, y unas ruedas que harán frotarse las manos a los amantes de las personalizaciones: monta un neumático de 195 de ancho y perfil bajo (45) sobre llanta de seis radios y 16 pulgadas. Recordemos, para que sea notable el abismo respecto al resto de los Ka, que, por ejemplo, el 1.3 de 70 CV monta una cubierta de 165/60 sobre llanta 14.

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