Chrysler Grand Voyager

El monovolumen más vendido de Chrysler se renueva completamente ofreciendo una nueva imagen exterior, un interior más moderno y con una gran modularidad y un equipamiento de serie muy completo. De la generación anterior del Grand Voyager sólo quedan su gama de motores y el inteligente sistema de ocultación de asientos. Ya está disponible, a partir de 40.390 euros.
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Chrysler Grand Voyager
Chrysler Grand Voyager

El Chrysler Grand Voyager estará disponible con dos mecánicas: un motor turbodiesel de 2,8 litros y 163 CV de potencia y un V6 de gasolina con 3,8 litros de cilindrada y 193 CV de potencia. Parece bastante claro –y así lo tienen asumido en la marca- que mientras que el primero de ellos será el más demandado, el otro será prácticamente testimonial.

En nuestra toma de contacto sólo pudimos conducir la versión turbodiesel. Ambas mecánicas vienen asociadas a una caja de cambios automática de seis velocidades que tiene la posibilidad de manejo tipo secuencial. La palanca está situada en el salpicadero, justo a la derecha del volante con lo que se encuentra bastante a mano del conductor y, además, permite dejar libre el hueco entre los asientos delanteros.

El motor ofrece un buen rendimiento, aunque no se puede decir que sea de los mejores que han pasado por nuestras manos. El resbalamiento del convertidor de par es bastante acusado, lo que hace que las arrancadas o cuando aceleramos a fondo para ganar velocidad de forma rápida, haya un momento en el que parece que nos falta potencia. Hasta que no pase por nuestro Centro Técnico no podremos confirmar este punto.

El cambio automático facilita bastante la vida diaria y más si ésta se hace en la ciudad. En carretera podemos hacer uso del accionamiento manual de la palanca de cambios, pero, lo cierto, es que tampoco ganamos mucho ya que sus reacciones no son demasiado rápidas. Además, el sistema cambia a una marcha superior cuando llegamos a la zona de corte, con lo que tampoco nos sirve si queremos ir apurando marchas en zonas con muchas curvas.

El comportamiento del Grand Voyager es claramente subvirador; además, sus más de cinco metros de longitud y sus más de dos toneladas de peso, nos incitan a plantearnos los viajes con mayor relax y tranquilidad, haciendo uso de la filosofía del coche: un familiar con el que disfrutar de nuestra familia y del viaje.

El Chrysler Grand Voyager estará disponible con dos mecánicas: un motor turbodiesel de 2,8 litros y 163 CV de potencia y un V6 de gasolina con 3,8 litros de cilindrada y 193 CV de potencia. Parece bastante claro –y así lo tienen asumido en la marca- que mientras que el primero de ellos será el más demandado, el otro será prácticamente testimonial.

En nuestra toma de contacto sólo pudimos conducir la versión turbodiesel. Ambas mecánicas vienen asociadas a una caja de cambios automática de seis velocidades que tiene la posibilidad de manejo tipo secuencial. La palanca está situada en el salpicadero, justo a la derecha del volante con lo que se encuentra bastante a mano del conductor y, además, permite dejar libre el hueco entre los asientos delanteros.

El motor ofrece un buen rendimiento, aunque no se puede decir que sea de los mejores que han pasado por nuestras manos. El resbalamiento del convertidor de par es bastante acusado, lo que hace que las arrancadas o cuando aceleramos a fondo para ganar velocidad de forma rápida, haya un momento en el que parece que nos falta potencia. Hasta que no pase por nuestro Centro Técnico no podremos confirmar este punto.

El cambio automático facilita bastante la vida diaria y más si ésta se hace en la ciudad. En carretera podemos hacer uso del accionamiento manual de la palanca de cambios, pero, lo cierto, es que tampoco ganamos mucho ya que sus reacciones no son demasiado rápidas. Además, el sistema cambia a una marcha superior cuando llegamos a la zona de corte, con lo que tampoco nos sirve si queremos ir apurando marchas en zonas con muchas curvas.

El comportamiento del Grand Voyager es claramente subvirador; además, sus más de cinco metros de longitud y sus más de dos toneladas de peso, nos incitan a plantearnos los viajes con mayor relax y tranquilidad, haciendo uso de la filosofía del coche: un familiar con el que disfrutar de nuestra familia y del viaje.

El Chrysler Grand Voyager estará disponible con dos mecánicas: un motor turbodiesel de 2,8 litros y 163 CV de potencia y un V6 de gasolina con 3,8 litros de cilindrada y 193 CV de potencia. Parece bastante claro –y así lo tienen asumido en la marca- que mientras que el primero de ellos será el más demandado, el otro será prácticamente testimonial.

En nuestra toma de contacto sólo pudimos conducir la versión turbodiesel. Ambas mecánicas vienen asociadas a una caja de cambios automática de seis velocidades que tiene la posibilidad de manejo tipo secuencial. La palanca está situada en el salpicadero, justo a la derecha del volante con lo que se encuentra bastante a mano del conductor y, además, permite dejar libre el hueco entre los asientos delanteros.

El motor ofrece un buen rendimiento, aunque no se puede decir que sea de los mejores que han pasado por nuestras manos. El resbalamiento del convertidor de par es bastante acusado, lo que hace que las arrancadas o cuando aceleramos a fondo para ganar velocidad de forma rápida, haya un momento en el que parece que nos falta potencia. Hasta que no pase por nuestro Centro Técnico no podremos confirmar este punto.

El cambio automático facilita bastante la vida diaria y más si ésta se hace en la ciudad. En carretera podemos hacer uso del accionamiento manual de la palanca de cambios, pero, lo cierto, es que tampoco ganamos mucho ya que sus reacciones no son demasiado rápidas. Además, el sistema cambia a una marcha superior cuando llegamos a la zona de corte, con lo que tampoco nos sirve si queremos ir apurando marchas en zonas con muchas curvas.

El comportamiento del Grand Voyager es claramente subvirador; además, sus más de cinco metros de longitud y sus más de dos toneladas de peso, nos incitan a plantearnos los viajes con mayor relax y tranquilidad, haciendo uso de la filosofía del coche: un familiar con el que disfrutar de nuestra familia y del viaje.

El Chrysler Grand Voyager estará disponible con dos mecánicas: un motor turbodiesel de 2,8 litros y 163 CV de potencia y un V6 de gasolina con 3,8 litros de cilindrada y 193 CV de potencia. Parece bastante claro –y así lo tienen asumido en la marca- que mientras que el primero de ellos será el más demandado, el otro será prácticamente testimonial.

En nuestra toma de contacto sólo pudimos conducir la versión turbodiesel. Ambas mecánicas vienen asociadas a una caja de cambios automática de seis velocidades que tiene la posibilidad de manejo tipo secuencial. La palanca está situada en el salpicadero, justo a la derecha del volante con lo que se encuentra bastante a mano del conductor y, además, permite dejar libre el hueco entre los asientos delanteros.

El motor ofrece un buen rendimiento, aunque no se puede decir que sea de los mejores que han pasado por nuestras manos. El resbalamiento del convertidor de par es bastante acusado, lo que hace que las arrancadas o cuando aceleramos a fondo para ganar velocidad de forma rápida, haya un momento en el que parece que nos falta potencia. Hasta que no pase por nuestro Centro Técnico no podremos confirmar este punto.

El cambio automático facilita bastante la vida diaria y más si ésta se hace en la ciudad. En carretera podemos hacer uso del accionamiento manual de la palanca de cambios, pero, lo cierto, es que tampoco ganamos mucho ya que sus reacciones no son demasiado rápidas. Además, el sistema cambia a una marcha superior cuando llegamos a la zona de corte, con lo que tampoco nos sirve si queremos ir apurando marchas en zonas con muchas curvas.

El comportamiento del Grand Voyager es claramente subvirador; además, sus más de cinco metros de longitud y sus más de dos toneladas de peso, nos incitan a plantearnos los viajes con mayor relax y tranquilidad, haciendo uso de la filosofía del coche: un familiar con el que disfrutar de nuestra familia y del viaje.

El Chrysler Grand Voyager estará disponible con dos mecánicas: un motor turbodiesel de 2,8 litros y 163 CV de potencia y un V6 de gasolina con 3,8 litros de cilindrada y 193 CV de potencia. Parece bastante claro –y así lo tienen asumido en la marca- que mientras que el primero de ellos será el más demandado, el otro será prácticamente testimonial.

En nuestra toma de contacto sólo pudimos conducir la versión turbodiesel. Ambas mecánicas vienen asociadas a una caja de cambios automática de seis velocidades que tiene la posibilidad de manejo tipo secuencial. La palanca está situada en el salpicadero, justo a la derecha del volante con lo que se encuentra bastante a mano del conductor y, además, permite dejar libre el hueco entre los asientos delanteros.

El motor ofrece un buen rendimiento, aunque no se puede decir que sea de los mejores que han pasado por nuestras manos. El resbalamiento del convertidor de par es bastante acusado, lo que hace que las arrancadas o cuando aceleramos a fondo para ganar velocidad de forma rápida, haya un momento en el que parece que nos falta potencia. Hasta que no pase por nuestro Centro Técnico no podremos confirmar este punto.

El cambio automático facilita bastante la vida diaria y más si ésta se hace en la ciudad. En carretera podemos hacer uso del accionamiento manual de la palanca de cambios, pero, lo cierto, es que tampoco ganamos mucho ya que sus reacciones no son demasiado rápidas. Además, el sistema cambia a una marcha superior cuando llegamos a la zona de corte, con lo que tampoco nos sirve si queremos ir apurando marchas en zonas con muchas curvas.

El comportamiento del Grand Voyager es claramente subvirador; además, sus más de cinco metros de longitud y sus más de dos toneladas de peso, nos incitan a plantearnos los viajes con mayor relax y tranquilidad, haciendo uso de la filosofía del coche: un familiar con el que disfrutar de nuestra familia y del viaje.

El Chrysler Grand Voyager estará disponible con dos mecánicas: un motor turbodiesel de 2,8 litros y 163 CV de potencia y un V6 de gasolina con 3,8 litros de cilindrada y 193 CV de potencia. Parece bastante claro –y así lo tienen asumido en la marca- que mientras que el primero de ellos será el más demandado, el otro será prácticamente testimonial.

En nuestra toma de contacto sólo pudimos conducir la versión turbodiesel. Ambas mecánicas vienen asociadas a una caja de cambios automática de seis velocidades que tiene la posibilidad de manejo tipo secuencial. La palanca está situada en el salpicadero, justo a la derecha del volante con lo que se encuentra bastante a mano del conductor y, además, permite dejar libre el hueco entre los asientos delanteros.

El motor ofrece un buen rendimiento, aunque no se puede decir que sea de los mejores que han pasado por nuestras manos. El resbalamiento del convertidor de par es bastante acusado, lo que hace que las arrancadas o cuando aceleramos a fondo para ganar velocidad de forma rápida, haya un momento en el que parece que nos falta potencia. Hasta que no pase por nuestro Centro Técnico no podremos confirmar este punto.

El cambio automático facilita bastante la vida diaria y más si ésta se hace en la ciudad. En carretera podemos hacer uso del accionamiento manual de la palanca de cambios, pero, lo cierto, es que tampoco ganamos mucho ya que sus reacciones no son demasiado rápidas. Además, el sistema cambia a una marcha superior cuando llegamos a la zona de corte, con lo que tampoco nos sirve si queremos ir apurando marchas en zonas con muchas curvas.

El comportamiento del Grand Voyager es claramente subvirador; además, sus más de cinco metros de longitud y sus más de dos toneladas de peso, nos incitan a plantearnos los viajes con mayor relax y tranquilidad, haciendo uso de la filosofía del coche: un familiar con el que disfrutar de nuestra familia y del viaje.

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