Experiencia TodoTerreno Villa del Carbón, Edo. de México

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La plazuela del Villa del Carbón nos dio la bienvenida muy tempranito, alrededor de ella la caravana tomó su lugar, para que una vez completado el contingente los ocupantes de cada vehículo se reunieran a los pies del kiosco central, donde recibirían las instrucciones para hacer de esta ruta una aventura segura y divertida.

 

Llegaba el momento de hacer girar las llaves en el encendido y poner a rodar los autos sobre las calles del pueblo que nos conducirían al inicio de la ruta. Muy pronto el asfalto dio paso a la terracería de un camino que comenzaría a mostrarse sinuoso.

 

Poco antes de llegar a la presa del Llano se haría la última parada para ajustar asientos, calibrar llantas, probar frecuencias de radio y ¡a rodar!

 

El verdor del paisaje inundaba la vista, algunas bajadas de agua indicaban que la lluvia había tenido lugar en días recientes y enfrentar algunos riachuelos o condiciones lodosas era posible. Pronto la duda se despejó y los autos cruzaron entre salpicones el pequeño arroyo que antecedía a la primera subida de poder que enfrentarían en el recorrido.

 

Las gotas de agua cristalina volaban por el aire aún fresco de la mañana y la terracería que unía el arroyo con la pendiente pronto se tornó lodosa, aumentando así la dificultad de maniobra.

 

El camino que se extendía frente a los autos era cada vez más estrecho, la vegetación se cerraba sobre los vehículos y el viento reciente había dejado una senda deslavada que exigía cálculo y conocimiento de las dimensiones de cada vehículo para que la pisada de sus neumáticos fuera la adecuada. El tránsito durante este paso fue lento, las llantas pasaban al borde del camino que de un lado ofrecía troncos caídos con gruesas astillas y del otro, la amenaza latente de resbalar por la ladera.

 

 

Tras este paso lento la caravana se internó de lleno en el bosque, en una brecha trazada entre pinos y ramas que a manera de slalom hicieron de este camino un laberinto de difícil maniobra para quienes manejaban vehículos de mayores dimensiones.

 

Para cuando la caravana superó este obstáculo la hora de comer ya estaba próxima, solo había que controlar el empinado descenso por la colina para llegar a un valle de pinos en dónde la comida aguardaba bajo un sol que lucía en todo lo alto, condición que hizo a más de uno alejarse un poco para comer bajo la sombra de un árbol.

 

La ruta todavía tenía algunos kilómetros que ofrecer y la caravana conservaba energía para enfrentarlos; El desafío inmediato se trataba de una bajada de considerable inclinación entre hojarasca que aumentaba la dificultad de manejo y agarre de los autos.

 

En adelante el camino era plano y de tierra suelta, esto formaba entre los autos espesas nubes de polvo que por momentos dificultaban la visión. La ruta estaba llegando a su fin y cualquier desnivel, zanja o grieta era una oportunidad de diversión imposible de perder.

 

Así que el vehículo guía puso el ejemplo y al ver frente a sí una cresta que se extendía por varios metros, decidió recorrerla pisando únicamente con las llantas derechas, provocando que el auto se elevara cada vez más sobre uno solo de sus lados y como en ese juego de niños en el que lo que hace la mano hace la tras, la caravana entera recorrió los últimos metros manejando de lado.

 

Así concluimos la ruta… regresamos a casa igual que niños mal criados, cubiertos de polvo y con nuestros juguetes llenos de raspones.

 

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