La industria, en crisis, vende más que nunca

El mes de julio fue histórico para la automoción española. Los 164.398 coches vendidos supusieron un récord absoluto en ventas mensuales. Sin embargo, lejos de la boyantía, las empresas del ramo nos bombardean con ajustes de plantilla y recortes de gastos. Apelan a una crisis que no tiene reflejo en los datos puramente comerciales. ¿Qué sucede realmente en la industria automovilística?

La industria, en crisis, vende más que nunca
La industria, en crisis, vende más que nunca

La respuesta, como casi siempre en este negocio, hay que localizarla en Estados Unidos. Locomotora de una industria centenaria, la automoción de aquel país vive momentos de zozobra. General Motors y Ford están enredadas en sendos planes de reflote muy parecidos al que ejecutó hace unos meses DaimlerChrysler.

Lógicamente, cuando las cosas van mal en casa, se pliegan velas. Las divisiones europeas de General Motors y Ford ya ven las tijeras en el horizonte. Se recortarán gastos y se controlarán las plantillas para maquillar y mejorar en lo posible las cuentas globales de resultados.

Esta es una de las fuentes de los problemas que padecen la automoción europea y la española en concreto. Esto explica conflictos como el de Opel en la planta de Figueruelas, que vive en la cuerda floja por culpa de los recortes presupuestarios de su matriz General Motors. También explica la continua duda que envuelve a la planta de Ford en Valencia, siempre rodeada de rumores y con sus planes de futuro bastante limitados. Las plantas de Dagenham (cerrada por Ford en Inglaterra) y la de Luton, sentenciada por GM en aquel mismo país), son buenos ejemplos de esta política "neo-colonial".

Coches caros de fabricar
Lo que no explica todo esto, claro, es por qué el resto de empresas no hace más que lamentarse cuando vende más coches que nunca.

La respuesta puede partir, una vez más, de Estados Unidos. Sin embargo, ahora sólo es una respuesta parcial. El dólar, la divisa estadounidense, mantiene una fortaleza frente al euro que amenaza con agriar la fiesta de nacimiento de la moneda única europea.

Esta debilidad es buena para las exportaciones, pues se venden muchos coches. Pero lesiona severamente las compras de piezas y, sobre todo, de energía. La crisis del petróleo ha encarecido el presupuesto energético de los fabricantes en un 22 por ciento. Eso por no hablar de las compañías que compran los coches a terceros países para luego revenderlos, caso de algunas japonesas.

Este encarecimiento de los costes de producción tiene una consecuencia funesta sobre los resultados: fabricar los coches es más caro, pero los precios no pueden subir. Y no puede porque la competencia, más dura cada día, lo impide.

Esto provoca que los márgenes de beneficio sean cada año más escuetos y que muchas compañías vivan en el estrecho límite que separa las pérdidas de los beneficios.

Desde Anfac, la patronal de los fabricantes españoles, surgen amargas quejas por este problema. Año tras año denuncian que cada vez ganan menos y piden al Gobierno medidas que ayuden a cambiar esta situación. Histórica es ya su reivindicación de la abolición del impuesto de matriculaciones.

También señalan que en Europa hay ya un exceso de capacidad instalada y que el mercado puede llegar a saturarse: más de 30 marcas con fuerte producción ponen en la calle casi 15 millones de coches cada año.

Guerras de precios, publicidad, lanzamientos, descuentos, regalos, promociones, financiaciones de por vida... Todas estas tácticas venden coches, pero hacen que descienda el beneficio. Al final, los ingresos casi no cubren gastos.

Por si fuera poco, las redes comerciales son cada vez más extensas, con lo que eso tiene de gravoso para los costes: stocks, exposiciones, personal... Internet se ofrece como herramienta de futuro para minimizar el impacto de las redes comerciales en las cuentas de resultados, pero no sirve para salir del paso actual.

El gasto en I D, enorme en las multinacionales, tiene una gran importancia y, en la actualidad, está muy comprometido por esta falta de ganancias.

La industria española, de las mejores
Afortunadamente para España, su industria está entre las más competitivas de Europa. Quinto fabricante mundial, España cuenta con una decena de fábricas que trabajan a un ritmo formidable. Así, un estudio publicado por la empresa británica The Economist Intelligence Unit sitúa a las plantas españolas entre las mejores del continente, con una productividad que está en 64,3 coches por empleado como media, cinco vehículos por encima de la tónica general en el continente.

La fábrica que Volkswagen tiene en Landaben, Navarra, produce 80 unidades por cada empleado, con lo que es la segunda detrás de la que Nissan tiene en el Reino Unido, donde se montan 105 coches por obrero.

Figueruelas, tan puesta en entredicho, es la sexta factoría del continente, con 67 coches por trabajador.

Estos datos confirman la buena salud de la industria nacional. Sin embargo, España ha dejado de ser un país periférico en lo industrial y ya se la sitúa como semiperiférico. Es decir, está en la órbita económica de las principales potencias y eso es peligroso para su tejido industrial. Los salarios crecen, los trabajadores quieren más medidas de protección social y mejores condiciones laborales. Todo esto asusta al inversor extranjero, que prefiere llevarse las fábricas a países alejados de conflictos laborales.

Para defenderse de esta migración industrial, la industria local tiene que presentar buenos números a la "metrópoli". Para hacerlo, en estas condiciones de costes y competencia, tiene que vender muchos coches, lo que implica bajar los precios y, por ende, los beneficios. Difícil dilema.

En 1999, la industria española vendió más coches que nunca, con 1,4 millones de unidades matriculadas. En 2000 no llegaron tan alto, pero no perdieron mucha comba. 2001 empezó con malos augurios. Enero, en plena crisis del petróleo, no fue un buen mes. Después, con altibajos, las ventas se recuperaron y julio ya situó el listón en un récord histórico.

Pese a tan buenas ventas, los fabricantes siguen quejándose y apretando las tuercas a las plantillas.