El ruso Tcherniakov debuta en Londres con 'Simon Boccanegra'

La English National Opera ha recurrido al joven director ruso Dmitri Tcherniakov para su nueva producción de 'Simon Boccanegra', de Giuseppe Verdi, que puede verse hasta el 9 de julio en el coliseo londinense.

Muy admirado, entre otros, por el director artístico del Teatro Real, de Madrid, Gérard Mortier, Tcherniakov es un director conocido por el gran trabajo psicológico con los actores.

Invitado al Teatro Mariinsky, de San Petersburgo, colaboró allí con el director de orquesta Valery Gergiev en obras como 'Una vida por el Zar', de Glinka y 'Tristan e Isolda, de Wagner, y ha hecho también 'Boris Godunov', de Mussorgsky, con Daniel Barenboim, además de 'El Jugador', de Prokofiev o un 'Macbeth' para la Opéra-Bastille.

En el caso de 'Simon Boccanegra', una de las óperas más sombrías de Verdi, Tcherniakov sitúa la acción en un lugar indefinido, pero que no es la Génova del siglo XIV, con sus luchas entre güelfos y gibelinos, del guión original.

Boccanegra y sus aliados plebeyos son gentes de nuestros días, vestidos con gabardinas y, como en el caso del pirata protagonista, con chaqueta de cuero en su primera aparición en escena.

El prólogo de la tan enrevesada historia se desarrolla junto a un callejón de una ciudad innominada en el que se ha parado un viejo automóvil con las luces de emergencia y del que sale de pronto el pirata Boccanegra.

Mientras discuten Boccanegra y Paolo, que propone al primero presentarse como candidato de los plebeyos al gobierno de Génova frente al patricio Jacopo Fiesco, otras figuras ocupan el bar de la esquina en una escena que podría estar sacada de un cuadro de Edward Hopper si no fuera porque dentro hay toda una multitud y no un par de personajes solitarios.

De uno de los edificios emerge Fiesco, que, escandalizado por su affaire con Boccanegra, ha encerrado allí a su hija, María, y, tras una discusión sobre la hija de esa relación, y sin saber que esa misma noche ha muerto allí mismo María, el pirata trata de entrar en la casa para descubrir sólo el cadáver, momento de desesperación que coincide con la noticia de que ha sido elegido dux de la ciudad.

Transcurren veinticinco años hasta el primer acto y, como siempre al comienzo de cada escena y en una brillante ocurrencia del director, se le explica al espectador lo sucedido entre tanto y la nueva situación proyectando sobre un texto sobre el telón, como si lo escribiese el teclado de una máquina de escribir.

La acción pasa luego a un interior totalmente aséptico donde una muchacha de aspecto alternativo, que resulta ser Amelia, la hija perdida de Boccanegra y María, se reúne con su enamorado, el patricio Adorno, que aparece vestido de motero, y donde, más tarde, en una típica escena de reconocimiento, Boccanegra anunciará a la joven que es su padre.

El siguiente decorado será una moderna con mobiliario moderno -varias filas de sillas, una mesa y una pizarra-, que puede ser lo mismo el lugar donde los ejecutivos de una empresa multinacional exponen su estrategia con ayuda del 'power point' que el salón de gobierno de la ciudad.

Al margen de la siempre interesante escenografía, si algo hay que destacar sobre todo en esta producción es el intenso trabajo de Tcherniakov con todos y cada uno de los intérpretes.

Uno de ellos, el bajo Brindley Sherratt, ha descrito así su método de trabajo: 'La acción está siempre conectada a alguien, uno está en todo momento mirando a otra persona. Lo importante en esta producción es el drama, las relaciones entre los personajes'.

El resultado es, todo hay que decirlo, una puesta en escena fría, incluso en los momentos culminantes de la trama, como la escena del reconocimiento entre padre e hija, que no llega a conmover como tal vez se esperaría, pero que sorprende siempre por la profundización psicológica y la abundancia de ideas escénicas.

Desde el punto de vista musical, Edward Gardner hace por su parte un gran trabajo al frente de la orquesta, sobre todo en los momentos más introspectivos del drama, aunque en algún pasaje pueda echarse de menos algo más de energía.

Entre los cantantes, el barítono irlandés de origen italiano Bruno Caproni hace un Boccanegra muy noble, la soprano norteamericana Rena Harms convence en el papel de la desorientada Amelia, y hay que destacar al joven tenor Peter Auty como su enamorado Adorno, y al bajo Sherratt, como Fiesco.

Por Joaquín Rábago