Atención: el cansancio mata

Dieciséis conductores a pleno sol, horas y horas conduciendo sin parar; casi hicimos surco al circuito de El Jarama mientras que nuestros reflejos eran estudiados al milímetro por los expertos del RACE y la revista Autopista. El reto: vencer al sueño. ¿Lo conseguimos? No: sin saberlo, habíamos estado varios minutos dormidos y nuestras reacciones al volante eran como a si hubiéramos estado bebidos.

Los ojos, la espalda, los dolores de cabeza... Entre nuestros auténticos protagonistas había de todo: gente acostumbrada a conducir, “domingueros" que sólo sacan el coche para ir de vacaciones, jóvenes con pocos años de carné y automovilistas veteranos. Los conductores “ideales" tampoco salieron de rositas. El cansancio no perdona. Eso sí, no tenían la sensación de haber vivido ningún momento peligroso, algo que sí nos confensaron los integrantes del grupo de los “experimentales". Para Javier, lo peor fue la vista: “Tenía dos corchos en lugar de ojos; además yo fumo y, junto con el aire acondicionado, eso hizo que los tuviera muy resecos", asegura. Noemí, por su parte, tenía su particular calvario con el dolor de espalda: “Los ejercicios son perfectos y creo que deben hacerse tanto en viajes largos como en cortos. Con cansancio y fatiga notas que tu tiempo de reacción es mayor y que tus reflejos descienden, porque llega un momento que conduces por incercia". El experimento sirvió a muchos para descubrir nuevos y muy útiles hábitos. Así nos lo explica Estrellla: “Cuando paramos e hicimos los ejercicios de estiramiento, pensé: unos ejercicios tan simples los efectos positivos que pueden tener. Los hice a conciencia y se notó su efectividad; tenía agarrotado el cuello y noté que se relajaba". Entre el segundo grupo, las sensaciones fueron aún peores. Alfredo nos lo expresó muy gráficamente: “Tenía elevado el nivel de cansancio y aburrimiento. Estaba más confiado al dar las vueltas y, de hecho, casi me salgo en una de las curvas. No iba más rápido, pero me distraje por la confianza. Relajo cansancio confianza= accidente". Y, a medida que aumentaba el cansancio, también llegaban las prisas. Así lo vivió Patricia: “Me pasó factura la vista, tenía los ojos hechos polvo y las horas de conducción nocturna se me hicieron muy largas. La última media hora conduje más rápido porque sabía que llegaba el final de la prueba". Algo que también le paso a su compañera Teresa: “En la segunda parada, tenía la vista cansada, mucho dolor de cuello y pensé en abandonar. Pero me subí al coche y no sé por qué empecé a recuperar y la última media hora fue la que mejor hice. Quizá porque llegaba al final. Conduje más rápido. Las luces me molestaron mucho y, al final, hasta me costaba ver los laterales de la pista".

Desde el primer momento en que nos lo comentaron el asunto del experimento nos pareció una iniciativa interesante. Yo, personalmente, iba algo crecido, pues pensaba que mi experiencia conduciendo habitualmente y durante bastantes horas me serviría para sobrellevar la prueba con bastante solvencia.

Me pusieron en el grupo de los conductores negligentes, que, tras una dura y estresante jornada laboral y tras una comida frugal, inician el viaje a su lugar de descanso “del tirón". Llegamos al Circuito de El Jarama y comienzan a hacernos los tests psicotécnicos. No parecen muy difíciles, pero son tan repetitivos que cansan.

Cerca de las 19.30 comenzamos la prueba en el circuito y, al principio, resulta divertido: ¡qué amante de los coches no disfruta circulando por circuito!
Mi forma de conducir rápida, los adelantamientos y la música de la radio aderezan un poco la experiencia, que se está convirtiendo en un poco aburrida tras una docena de “pasos por meta". Tras unas dos horas y unos 160 km de recorrido, nos llaman a “boxes" a realizar nuevamente las pruebas. Mi sensación es que el tiempo de reacción es algo mayor, aunque no estoy demasiado afectado físicamente por el tiempo de conducción.
La segunda fase reconozco que fue la peor. Tras tres o cuatro horas al volante, los ojos empiezan a molestarme y los noto resecos. La combinación de un aire acondicionado a gran potencia y mis lentillas no es muy beneficiosa para las últimas. Además, el hecho de que ya es de noche y la iluminación es escasa (no se iluminó el trazado y sólo contábamos con la luz de nuestro faros) no ayudaba nada.
La espalda, los hombros y las piernas se resienten, sobre todo las últimas, que tienen que hacer frente a un mayor trabajo por tener que pisar el embrague, freno y acelerador constantemente, debido al gran número de curvas del circuito.
Al final de esta parte, tras haber conducido casi cuatro horas, el cansancio es patente. Si de mí dependiera, pararía, pero el experimento es el experimento y hay que seguir.
Recibo como agua de mayo la orden de que paremos. Aunque, no nos engañemos, de descanso nada. Vuelvo a realizar los ya irritantes tests sin saber muy bien cómo me salen. Lo único que quiero es acabar ya.
La última fase se me pasa más rápida y amena. Remonto el “bajón" de la segunda parte, sospecho que porque veo cerca el final de la prueba. Es cerca de la 1 de la madrugada y lo que más tengo ahora es sueño; estoy pagando el madrugón para ir a trabajar.

Terminamos cerca de las 2 de la mañana, tras cinco horas al volante, más de 400 kilómetros recorridos y más de 100 vueltas al circuito. Todo son caras de cansancio, adormecidas, pero no hay piedad, hay que hacer de nuevo los tests. Me pregunto: ¿cómo puedo estar tan cansado? No es la primera vez que conduzco tanto tiempo y nunca me había sentido tan fatigado. La respuesta la tiene uno de los expertos del RACE: en circuito, cada hora de conducción equivale a hora y media en carretera convencional. De esa manera, hemos estado conduciendo ¡7 horas y media!
Después de la cena, cortesía del RACE, sólo me quedan unos pocos kilómetros: los que me separan de casa.

Al día siguiente, no me encuentro demasiado bien. La sensación de cansancio no me ha abandonado a pesar de haber dormido ocho horas. Es, salvando las distancias, una sensación muy parecida a la de la resaca.